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Opinión del Lector

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Gustavo Beliz

Gustavo Beliz

Hace 76 años, el pueblo argentino emergía al escenario nacional poniendo en marcha una etapa de transformación social, económica y productiva con profundas raíces en nuestra identidad. De modo inesperado para el sistema establecido de entonces, que sólo tergiversaba el profundo proceso de cambio que encarnaba el General Perón, multitudes entusiastas dijeron presente en la Plaza de Mayo con un grito liberador. A partir de entonces, el justicialismo es protagonista ineludible de la historia patria.

Queda preguntarnos cuáles son las enseñanzas de aquella historia gloriosa de cara a nuestro presente y nuestro futuro, cuando el mundo de la post-pandemia nos llama a la construcción de una síntesis superadora que trascienda gastados paradigmas.

La centralidad del trabajo como eje ordenador de la vida social. No en vano el General Perón eligió una por entonces ignota área departamental laboral del Estado argentino, y con su visión comenzó a dotarla de una significación acorde con lo que luego se denominaría Estado de Bienestar de la post-guerra. Hoy tenemos desafíos de similar magnitud: reconfigurar el concepto de productividad a la luz del cambio tecnológico; adaptar las convenciones colectivas de trabajo a las nuevas modalidades de empleo híbrido; poner en el centro de la escena el rol educador de los institutos de formación profesional gremial articulados con el sistema educativo formal; establecer un puente entre planes sociales de emergencia y empleos formales y dignos de calidad; rescatar las expresiones de economía del cuidado; cerrar las brechas de género que continúan discriminando en representaciones, ingresos y habilidades. La centralidad del trabajo no resulta ajena a la centralidad del empresario como trabajador genuino, que recentre a la empresa como comunidad de co-creación de riqueza, genere dimensiones de participación obrera en sus diferentes instancias, pactos de productividad, asociatividad para compartir ganancias y, por sobre todas las cosas, comprenda que el compromiso con el crecimiento no consiste en fugar recursos a paraísos fiscales sino reinvertirlos para una mejor competitividad --ajena de monopolios y cartelizaciones--, porque sólo con un mercado popular robusto el desarrollo resulta sostenible.

La importancia de la soberanía económica para tomar decisiones en un mundo glocal (local+global), que impone reglas rígidas pero que también comienza a discutir temas hasta hace poco tiempo impensados, como el impuesto mínimo global a las grandes corporaciones, y el uso de los derechos especiales de giro como inyección de liquidez inédita para la recuperación productiva. La moratoria de patentes para asumir la pandemia; el canje de deuda externa por acción climática; la banca ética asociada a la transición energética; el cuestionamiento del rol de las agencias calificadoras de riesgo que constituyen un oligopolio inaceptable para la salud financiera planetaria; y los adelantos tecnológicos asociados al cambio ecológico considerados como bienes públicos globales, son otros tantos elementos que desde el justicialismo permiten actualizar su práctica y programa a la luz de la crisis de deuda externa más severa de su historia. Un solo dato a este último respecto revela la magnitud del despropósito de endeudamiento contaminante que asumió nuestro país: se le prestó en un año la mitad de todos los recursos (57.000 millones de dólares) que el planeta ha comprometido para una década (100.000 millones de dólares, meta sin cumplir aún) para atender la crisis climática global. Como lo señala Mariana Mazzucato, la lúcida economista asesora externa del Consejo Económico y Social, el mundo requiere un nuevo consenso económico global, que evite la catástrofe de la desigualdad, el desastre ambiental y la crisis de deuda externa sistémica. Se trata de advertir que marchamos hacia modos de producción económica híbridos (digitales y materiales a la vez), con industrializaciones novedosas que hoy implican un achicamiento de las cadenas de producción global con múltiples cuellos de botella. Todo lo cual debería también despertar en nuestra hoja de ruta la enorme oportunidad de consolidar un regionalismo aggiornado en América Latina, con agregación de valor, diversificación de exportaciones y comercio intra-regional que potencie oportunidades productivas y alianzas tecnológicas para la sustitución de importaciones.

La innovación como motor de la inclusión comunitaria. No podemos ser una pieza de museo que se emocione sólo frente a efemérides del pasado. Tampoco la reiteración de letanías pretéritas bajo una cámara de eco que sólo convence a una secta. Se trata de encarar la revolución de la implementación, basada en ideas que inspiren, entusiasmen, movilicen e interpelen a los nuevos tiempos, trascendiendo a la vez la consigna que sólo se queda en el papel y no transforma la realidad. Nunca fuimos el statu quo. Hay innovación en expresiones de la economía popular, del cuidado, del cooperativismo, de la agricultura familiar y la agroecología, de múltiples colectivos y expresiones de derechos humanos surgidos a la intemperie de la crisis. Hay innovación en miles de jóvenes protagonistas del mundo científico y tecnológico que marcan su paso en alianzas público-privadas en las áreas de biotecnología, agricultura de precisión, economía del conocimiento, telemedicina, satélites, nanotecnología, genética y contenidos audiovisuales. Hay innovación en sectores gremiales que acuerdan condiciones de ingreso y capacitación para el crecimiento en alianzas con los sectores productivos. Hay innovación en la base de la pirámide social y hay innovación en los núcleos más acomodados: establecer un puente entre ambos sectores supone revalorizar la educación del futuro entendiendo que es una conjunción de habilidades “blandas” y “duras”, donde la solidaridad necesita ir de la mano de la ciencia y la experimentación. Tenemos que consolidar la economía de conocimiento como política de Estado --iniciada en 2003 por la clarividencia del gobierno kirchnerista al promover la industria del software-- entendiendo que no existe la mano mágica del mercado para los grandes rumbos transformadores, sino que sólo una visión estatal estratégica es la nave insignia para motorizar acuerdos perdurables para el bien común, en base a reglas claras, incentivos y regulaciones adecuadas y un principio de subsidiariedad que también reconoce la creatividad en la ejecución de políticas de las escalas descentralizadas de la administración. Todo cual nos convoca a reconocer la importancia de una administración pública profesionalizada, adecuada a los desafíos del big data, la revolución digital y el conocimiento profundo que no confunde la agitación partidaria con la ejecutividad imprescindible de un Estado inteligente. Recordemos una vez más que la impronta de Juan Perón al llegar al poder fue la construcción de un sólido sistema estadístico nacional y la puesta en marcha de consejos de planificación para evitar toda improvisación. La evidencia científica y la organización constituyen las grandes aliadas de todo proceso de cambio profundo con sentido popular.

La democracia como soberanía popular reinventada también nos debería llevar a recordar que el justicialismo es un movimiento, que se expresa hoy en un multidimensional frente político. Policlasista, amplio, inclusivo, dinámico y federal. La unidad en la diversidad no solo requiere ser una eficaz propuesta electoral sino una armónica fuerza de gestión. Las PASO como herramienta que promueva la participación interna; el necesario recambio de cuadros dirigentes a través de procesos de formación académica rigurosos; la discusión franca sin temor cuando se trata de alternativas de políticas públicas; y la búsqueda de formas deliberativas que conjuguen la democracia representativa con mecanismos de democracia semi directa previstos en nuestra Constitución, también hacen al racimo de nuevos desafíos a enfrentar. Recordar para siempre que ni la judicialización de la política ni la politización de la justicia tienen que ver con la calidad institucional, constituye otro de los anclajes de cara al futuro. El único modo de transitar un camino eficaz para luchar contra la metástasis del crimen organizado y desorganizado y las estructuras que colonizan decisiones, es reconocer que la corrupción sistémicano es una mera cuestión estética: es un tango que se baila de a dos, y que la mejor manera de consolidar la independencia económica es dar el ejemplo en el ejercicio del poder, no encadenarse a conflictos de intereses y sostener desde la coherencia de vida que el justicialismo vino a cuestionar los privilegios, no a consolidarlos. La opción preferencial por los pobres que debe hacer a nuestra identidad no es compatible con la falta de transparencia, frente a la cual no hay excusa que valga.

El justicialismo tiene hoy una referencia de dimensión universal --que desborda por cierto las fronteras partidistas y pertenece a toda la humanidad--. El Papa Francisco constituye un faro ineludible rumbo a misiones movilizadoras, con una prédica que nos recuerda que la doctrina social es la base de la doctrina justicialista. Tierra, techo y trabajo son las causas a las cuales estamos convocados. Rediscutir el mejor empleo de las tierras fiscales con fines productivos sustentables; avanzar en una urbanización oportuna de los barrios populares, invertir estratégicamente para repoblar la Argentina con un sentido federal armónico; y reorganizar los planes de asistencia social rumbo a un ingreso básico que sea puente de dignidad hacia empleos formales, son objetivos para transitar los próximos años de transformaciones. No pertenecen por cierto sólo a los peronistas, sino a la fraternidad pendiente de los argentinos en su conjunto.

Todo lo anterior --que no agota por cierto la amplia agenda de cuestiones que tenemos por delante-- nos hace rememorar que la esencia del justicialismo se conjuga en “dos 17”. El de octubre de 1945 y el de noviembre de 1972. En ambos casos, fue el pueblo organizado quien superó las barreras que procuraban silenciar su voz. El primero significó una década de despegue nacional, luego reencontrada a comienzos del siglo XXI a partir del 25 de mayo de 2003. El segundo, el mensaje de Perón al volver al país para impulsar el pacto social, la superación de los odios, el apotegma convocante de que “a la Argentina la salvamos entre todos o no la salva nadie”. Allí están nuestras banderas. Si otros nos continúan considerando “el hecho maldito del país burgués”, es nuestra tarea construir la sobria utopía de la amistad social para forjar una cultura del encuentro que, lejos de domesticarnos, nos permita crecer como expresión política. No deberíamos quedarnos petrificados en los prejuicios aún subyacentes de rancios gorilismos agazapados en tantas dimensiones, que pretenden nuestra invisibilidad o desaparición. Sólo poniendo amor se saca amor. No un amor ingenuo que desatienda las agresiones, sino un amor social profundo y edificante que no nos desenfoque sobre cómo mejor emplear nuestras pulsiones, energías, palabras y tiempo. Crecer más allá de los preconceptos paralizantes no es negar las contradicciones de intereses, sino tener la sabiduría de construir alianzas sociales donde el interés nacional sea la prioridad. Perón lo hizo cuando soñó la convocatoria del radicalismo, porque era consciente de que la corriente popular de la Argentina también está conformada por amplios sectores de la clase media, cuya expectativas y sensibilidades también resulta imprescindible saber interpretar a la luz de los nuevos tiempos.

Necesitamos una mística de ojos abiertos, que no caiga en el conformismo de negar nuestros errores ni evite la autocrítica imprescindible en momentos de tempestad. Necesitamos estar menos pendientes de la agenda mediática que nos sofoca y aturde y nos enreda en un universo tóxico de redes sociales y post-verdad. Necesitamos más escucha y menos suposición. Más imaginación, menos atención a los meros espacios de poder. Más vocación de servir, menos conformismo. Más incomodidad frente al escándalo de la pobreza estructural, menos comodidad en los despachos burocráticos. Más movilización con un solo rumbo: la opción preferencial por las periferias y los descartados. Corriendo la frontera de lo posible, con unidad en la multiplicidad de miradas. Sólo si primero somos capaces de dar ese ejemplo, seremos capaces de consolidar una unidad nacional consistente. Como diría el Papa Francisco caracterizando a este momento de la post-pandemia, de toda crisis se sale mejor o peor, nunca igual. Se trata, ni más ni menos, de tener la audaz esperanza de saber escuchar humildemente al pueblo. En esto reside nuestra genuina lealtad.

Gustavo Beliz es secretario de Asuntos Estratégicos.

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