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Opinión del Lector

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Las cosas como son

HERNANDO KLEIMANS

HERNANDO KLEIMANS

Tras la cumbre del G-20 en Bali, quedó más marcado el conflicto existente entre el mundo anglosajón y otras potencias como Rusia y China.

En verdad, me preparé para escribir esta nota. Reuní información histórica. Recorrí medios rusos, norteamericanos, franceses, chinos. Hablé con colegas aquí y allí… Luego resolví que la realidad había sido ampliamente derrotada por la falsedad y que, por lo tanto, de nada valía plantear detallados y documentados análisis y comentarios.

Aguardé a escribir hasta tener la declaración final de la reunión del G-20 en Bali. Tenía esperanzas de que ella fuera algo más que una declaración final en un mundo que necesita acción concreta e inmediata… Fue una declaración que casi declara el final del grupo, atravesado por el enfrentamiento entre el bloque anglosajón y los países de los nuevos polos mundiales. Ambigüedad y evanescencia. Una cumbre donde se reúnen para no reunirse. O, como señala el “Global Times”, vocero extraoficial del partido comunista chino, un lugar adonde Washington concurre dispuesto a enfrentarse y no a conciliar.

Confieso que la desenfrenada e histérica (no puedo calificarla de otro modo) campaña mediática respecto de la guerra en el Donbass terminó por convencerme y obligó a que tirara al tacho de basura toda la documentada preparación que, como dije, ya había hecho.

Mientras los grandes medios monopólicos de información insisten en calificar el conflicto en el Donbass como una agresión rusa, el frente de batalla se va llenando de “mercenarios”, en realidad soldados efectivos de Polonia, Rumania e Inglaterra, que poco a poco les privan a los ucranianos de la conducción de la batalla. En el norte de la línea de combate, más de 5.000 polacos participan activamente en el enfrentamiento.

Por fin, Moscú se despoja de la ambigüedad y califica la “operación militar especial” como lo que es: un frente de batalla donde se enfrenta con la OTAN. Expertos israelíes incluso aconsejan a Rusia aplicar la misma táctica de prevención que ellos aplican cuando presumen que serán atacados: asestan golpes de anticipación. Los israelíes son maestros en asumir lo que en verdad ocurre.

La deformación de la realidad impide u oculta la misma. Nadie niega pero nadie dice del apetito polaco por ocupar todas las tierras occidentales ucranianas, antes propiedad de la Recz Pospolita, el bi-imperio polaco letón, ni de las aspiraciones rumanas de apoderarse de la Transcarpatia ucraniana y anexar Moldavia, algo así como la refundación del imperio austrohúngaro.

Todo se envuelve en un frágil modelo antirruso, en el que Rusia es apenas un pretexto para encubrir los verdaderos objetivos. En todo caso, el intento es fragmentar el territorio europeo del antiguo imperio zarista y repartirse los pedazos, como ocurrió en 1991 en Yugoslavia. Algo muy querido por Londres aunque París y Berlín miren esto con bastante recelo. En todo caso, Inglaterra por las dudas entrena miles de “reclutas” ucranianos, una carne de cañón lista para ser tirada en el fuego.

Winston Churchill fue el ideólogo de la política de balcanización. El “divide y reinarás” de su antecesor victoriano Benjamín Disraeli. Como primer ministro de Gran Bretaña, Churchill ordenó apenas terminada la Segunda Guerra Mundial que no se desarmara a los prisioneros alemanes y se los tuviera preparados para, ocasionalmente, lanzarlos a una nueva guerra, esta vez contra la Unión Soviética… Mientras procuraba impedir que Polonia se convirtiera en un estado independiente, llamaba a destruir la Argentina considerándola un peligro para el imperio. Churchill consideraba a Perón como su enemigo personal.

Un simple ejemplo de este juego de espejos: el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, reconoce que los recientes misiles caídos sobre una aldea polaca son ucranianos. De inmediato agrega que, de cualquier modo la culpa es… ¡de Rusia!

Interesante cuadro, realmente discepoliano. Este economista, que en sus años mozos fue activo dirigente del ala marxista de la juventud socialdemócrata noruega, incluido además en la lista de agentes del KGB soviético, ahora es el principal puntero en la marcha hacia una confrontación abierta con Moscú. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Bueno, tampoco es para que nos rasguemos las vestiduras. Tenemos sobrados ejemplos locales de doble o triple circulación sin que nadie sienta algo de vergüenza o recato. Ciertas mujeres “bravas” que también comenzaron a la izquierda de la izquierda y terminan como desenfrenadas abanderadas de una derecha adocenada y violenta.

El episodio no sería demasiado grave dada la calidad del interviniente escandinavo, y no ameritaría un desarrollo periodístico a partir de ese exabrupto. Tampoco darían para más la fake-tapa de Clarín: “Alerta y crisis en Europa: un misil ruso cae en Polonia y mata a dos personas” o el fake-epígrafe de tapa de “La Nación”, que exhibe “el lugar del impacto del misil ruso”… Lo grave es no enfrentar y vencer el verdadero objetivo de esta campaña: disfrazar el saqueo para saquear con mayor impunidad y presentar al victimario como víctima para continuar con la violencia.

Agreguemos al cambalache discepoliano las declaraciones del propio presidente polaco, el abogado Andrzej Duda, antes y después de la confesión sobre el origen ucraniano de los misiles. En la alocada noche varsoviana anunció urbis et orbis que los misiles eran rusos y airado convocó al embajador de Moscú en Polonia para expresarle su patriótica indignación. Ya por la mañana, disipadas las efervescencias bélicas, calificó la agresión ucraniana como “un desgraciado incidente que no se repetirá”…

La palma se la lleva, ¡cuando no!, el comediante de Kíev. Suelto de cuerpo, Zelensky conminó en la noche del martes a la OTAN a poner en marcha el artículo 5 de su estatuto, que prevé acciones bélicas conjuntas contra un agresor foráneo a la organización, y le exigió que “comience a actuar”. ¡El mismo que ordenó el ataque misilístico!

¿Pero qué es lo que mantiene este absurdo status quo entre la banda de Kíev y la realidad? ¿Cómo no relacionarlo con el reciente escándalo de la quiebra de FTX, el gigante de criptomonedas, sospechado de haber lavado los ingentes dineros que Kíev recibía de Washington, devolviéndolos “limpios” a sus orígenes demócratas? Miles de millones de dólares disimulados en afirmaciones de solidaridad y respaldo a un delito que ya cobró decenas de miles de vidas ucranianas.

El hecho es que todo suma: la campaña mediática, las acciones políticas, las presiones económicas, los desplazamientos militares están orientadas a preservar el “orden basado en normas” dictadas por el poder hegemónico unipolar y a impedir la consolidación de las numerosas y cada vez más potentes expresiones del multipolarismo.

El neoglobalismo liberal se ahoga y no cumple con la demanda de ideologías aceptables que le reclama ese poder y, pese a sus intentos, no impide que esas expresiones multipolares confluyan en una auténtica postura de resistencia a los dictados hegemónicos.

Días antes del G-20 en Nusa Dua, al sur de la espléndida isla de Bali, en la cumbre de la ANSEAN en Nom Pen, la capital cambodiana, los países de la cuenca sudasiática priorizaron sus lazos claves con China, la India y, por elevación con Rusia para impedir que el documento final fuera una nueva declamación de amor eterno hacia el régimen de Kíev. Al mismo tiempo, puntualizaron su rechazo a toda sanción que impida el intercambio económico entre las naciones. Acompañaron la resistencia con concretos acuerdos sobre utilización de canastas de divisas nacionales para su intercambio comercial.

Ello no obstó para que el anciano ocupante de la Casa Blanca alardeara con sus “firmes posturas” de confrontación en la primera reunión que tuvo con el presidente chino. Washington pasó definitivamente a la política de activo enfrentamiento con Pekín. Para lo cual intentó incluir a los países de la región indo-pacífica y también a Europa.

El intento era elevar la apuesta y obligar a China a ceder posiciones o, en el caso más extremo, a provocar una operación militar contra Taiwán. Joe Biden recibió, como correspondía, el gentil cachetazo de Xi Jinping, quien le advirtió que no debía cruzar una línea roja que pasa por el reconocimiento de Taiwán como estado independiente. El abrumador despliegue militar de Beijing impidió que las bravatas de Nancy Pelosi fueran el marco del avance de la OTAN en el Mar de China, repitiendo la agresión “extra-ONU” en Yugoslavia en 1991, en Afganistán en 2001, en Irak en 2003, en Libia en 2011…

Washington ya no exhibe la lamentable cápsula con no se qué de Colin Powell como evidencia de unas inexistentes armas de exterminio masivo para justificar la invasión de Irak. Ahora apenas puede ocultar la existencia en Ucrania de numerosos laboratorios de guerra bacteriológica e impedir que sean realmente investigados por la ONU.

La misma línea roja que el Kremlin, en diciembre de 2021, le plantó a Washington y a la OTAN, en referencia al incremento de la agresión de Kíev sobre la población del Donbass, atormentada por casi 8 años de matanza. El 24 de febrero la “operación militar especial” se adelantó por dos semanas a la ofensiva de Kíev y la OTAN para aniquilar las dos repúblicas independientes del Donbass y ocupar toda la línea costera rusa del Mar Negro hasta el estratégico puerto petrolero de Novorossiisk.

La misma determinación de Teherán, que no se somete al chantaje nuclear y establece una estrecha alianza estratégica con Pekín y Moscú. O la misma astuta política de Recep Tayyip Erdoğan, el presidente turco que convirtió a su país en balancín entre ese nuevo mundo multipolar y la vieja y agotada Europa. Mientras impide el paso de navíos de guerra de la OTAN por los estrechos del Bósforo, acuerda con su “amigo” Putin el armado de un “hub” que proveerá de gas a todo el sur europeo con vistas a llegar a Alemania y arma en Samarcanda la Organización de Estados Turcómanos con la participación de las ex repúblicas del Asia Central soviética: Azerbaidzhán, Kazajstán, Kirguizia, Uzbekistán y Turkmenistán pero además Chipre del Norte y Hungría…

Dice Erdogan: “Rusia no es un estado común, es un estado fuerte. Por supuesto Occidente, en especial Norteamérica, ataca a Rusia casi en forma ilimitada”. Es una clara advertencia acerca precisamente de los límites que el nuevo orden multipolar pretende establecer: evitar el uso de la confrontación y la agresión como herramientas políticas.

La reciente votación en la Asamblea General de la ONU, de condena a la “agresión rusa en Ucrania” apenas reunió algunos votos más por la afirmativa, en contraposición con las abstenciones y votos en contra. Y de todas formas, su aprobación lo fue por menos de la mitad de los miembros de la Organización. La Argentina fue uno de los votantes a favor.

Tanto la India como Brasil, en las recientes cumbres, volvieron a remarcar la necesidad de una ONU que refleje las nuevas realidades mundiales. Desde el Consejo de Seguridad hasta la Asamblea General y sus organizaciones colaterales como la OMC, así como el FMI y el Banco Mundial, el reclamo de un mundo que ya no reside en Nueva York o en Londres obligará a que se vuelvan de cara a los cambios.

Otras, como la anciana OTAN o la flamante AUKUS, son rémoras de un pasado de confrontación. En los últimos acontecimientos sólo fueron arietes de profundización de conflictos. En la propia Europa, con una Unión Europea tambaleante y agrietada por enfrentamientos internos, el presidente francés Emmanuel Makron y su “socio” alemán, el canciller socialdemócrata Olaf Scholz intentan encontrar caminos de mayor independencia con respecto al “hermano mayor”. La ministra de relaciones exteriores francesa, Catherine Colonna, en un reportaje a “Le Parisien” acaba de reclamar a sus pares europeos “mayor autonomía con respecto a los EE.UU.”

Scholtz declaró pomposamente que nadie le impedirá seguir con sus relaciones con Putin, pese a que esas relaciones no torcieron la decisión del presidente ruso de no concurrir a un G-20 donde hasta la tradicional foto “familiar” fue suprimida.

El propio Macrón, a fines de octubre, acusó a los EE.UU. de “doble estándar” refiriéndose a la diferencia casi en cuatro veces de los precios del gas que le vende a Europa, en comparación con los precios del mercado interno norteamericano.

Bruselas se ha visto obligada a abrir la discusión entre los miembros de la Unión Europea acerca de los 18.000 millones de euros que pretende entregar a Ucrania. La pelea, según el “Wall Street Journal” es por lo que cada país deberá aportar para llegar a esa suma y qué condiciones se le imponen a Kíev en el caso de que se acuerde el empréstito. En especial, se discute la compensación que los europeos reclamarán a Washington por ese préstamo.

En este marco, se fortalece la tendencia a exigirle a Kíev que reanude las negociaciones de paz con Moscú, que reiteró su total predisposición para ello, “sin condicionamientos y desde cero”. Jake Sullivan, el consejero de seguridad del deteriorado Joe Biden, recomendó a Zelesky ocupar una “posición realista” ante esa posible reanudación. Es posible que se aplique la “fórmula Elon Musk”: a) neutralidad de Ucrania; b) Crimea es rusa y c) nuevos plebiscitos en el Donbass y en las regiones sureñas de Ucrania, bajo la égida de la ONU.

El canciller ruso Serguéi Lavrov, “enfermado y hospitalizado en Indonesia con un ataque cardíaco” por los monopolios mediáticos, relativizó estas gestiones. Por ahora, Lavrov observa que Washington no logra “disciplinar a Zelensky” y, por lo tanto, la reanudación de las negociaciones pese además a los esfuerzos de El Vaticano, Estambul y Macron, sigue en la misma nube de incertidumbre y ambigüedad que presenta toda la diplomacia occidental.

La Argentina, junto con los aliados de esta nueva América Latina, podría reivindicar su papel de gran mediadora internacional y promover una gestión concreta de negociación, que rescate el papel de la ONU como custodio de la paz y garante de la resolución de conflictos. Como continente libre de enfrentamientos y con gran homogeneidad política, América Latina es una excelente posibilidad para salir de la difícil disyuntiva entre el nuevo mundo multipolar y el holocausto de la humanidad.
El punto crítico…

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