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Opinión del Lector

Tragedia o soberanía en aguas turbias

Mempo Giardinelli

Por Mempo Giardinelli

La recuperación democrática de nuestro país, que es imperativo categórico de este tiempo, deberá ser electoral, pacífica y sobre todo eligiendo mejor la próxima vez. Para lo cual hay que empezar ya mismo y no admitiendo nunca más experimentos voluntaristas como fueron Scioli-2015, Alberto-2019 y Massa-2023.

Esto se ve clarito en todos los órdenes de la vida nacional, hoy traumatizada por un presidente cuya inestabilidad emocional y psíquica, por lo menos, lo hace tan inestable –según coincide media docena de médicos y psicólogos consultados– que no sólo resulta altamente peligroso para su propia salud sino, lo que es muchísimo más grave, para la república entera.

El país todo lo ha visto y lo ve: en sólo dos meses la Argentina fue descalabrada al punto de ser hoy no sólo un país hazmerreír en los cinco continentes sino también una especie de tesoro del que ambicionan apoderarse las más grandes fortunas del planeta, sean gobiernos de países, fondos, bancos, comunidades o –lo peor en estos tiempos– súper millonarios con más poder concentrado que continentes enteros.

Un mundo, el actual, en el que todo parece trastrocado y en emergencia, y en el que tres decisiones (de EEUU, China y un tipo llamado Larry Fink) pueden hacerse dueñas súper poderosas de todo el planeta, que ya tiene más de 8.000 millones de habitantes, cuando en 1945 sólo 1.500 millones de personas poblaban la Tierra. Y hoy se estima que la población mundial llegará a 10.000 millones en 2050.

Son cifras que dan miedo, pero a la vez explican las desaforadas ambiciones imperiales hoy vigentes. Que con la generalizada corrupción y cinismo imperantes en la comunidad política y económica mundial, se hiperconcentran al punto de que hoy son las más grandes potencias las que se ofrecen como ejemplos de probidad universal, cuando sólo son repositorios de piraterías tecnológicas, algunas falsas como monedas de 4 pesos.

En el caso argentino, hoy, la exacción es no sólo abusiva sino constante, y la falsedad es ya un estilo. Que lo padece el desdichado pueblo argentino en un territorio de riqueza incalculable pero que es, a la vez, cloaca de corrupción y de engaños que cualquiera ve y padece. Y que sin embargo se muestra y ofrece las 24 horas de cada día por radio, tele y toda una parafernalia mediática y digital que miente y propagandiza perversamente la injusticia, la maldad y la mentira con tal de fregarle la vida a millones de seres humanos que no se explican –porque es inexplicable– cómo en la tierra más bendecida por la naturaleza, riquísima en superficie y subsuelos, aguas, ríos y mares, lo que más abunda es el hambre, la desposesión, el desaliento y la repugnante conducta de clases dirigentes –no sólo políticas; también y sobre todo empresariales y bancarias– henchidas de espíritu cipayo y que se comportan como hienas o ratas.

El dolor y la furia cumple una semana desde que se conoció el pacto entre los presidentes de las dos orillas del Plata, que sellaron nomás un pacto infame (especialmente para Argentina) que en muy pocos años parirá severos conflictos de intereses entre dos países destinados a ser hermanos pero que desde hace 200 años chocan por la nociva acción de agentes extranjeros y traidores propios.

Simbólicamente, es como si ambos presidentes hubiesen defecado sobre la tragedia política y económica que vive nuestro pueblo, cierto también que autocondenado por lo que votó, presa de ignorancia y resentimiento como de engañosa información e ilusiones baratas. Y productos todos de delirantes propuestas de un desestabilizado mental que hoy es hazmerreír en todo el planeta.

Si bien está claro que no fueron sólo estos dos presidentes los que traicionaron a la República Argentina condenándola a un rol indigno y miserable, también deben reconocerse otras responsabilidades que la Historia facturará, sin ninguna duda. Porque fueron muchos quienes permitieron, facilitaron y alentaron –por acción u omisión– el robo descarado de las riquezas en este país devenido en los últimos años a reservorio de prebendas, malas decisiones, traiciones y conductas cipayas.

Inacción y permisividad fueron estilo, además, durante los gobiernos que siguieron los infames lineamientos de Menem y sus pandillas hace 30 años y en paralelo a la idiota estulticia de un radicalismo que se extraviaba junto con otros idearios políticos, y líneas de necedad y corrupción que retomaron los gobiernos de Macri y Alberto Fernández. Ellos afianzaron tanto la sumisión como el desparramo ético de casi todas las estructuras del peronismo durante el llamado Frente de Todos, que resultó sólo de algunos y que en los hechos dejó heridas y pifias por doquier. O sea un desencanto gravoso instalado en casi todas las dirigencias y que llevó a miles de militantes a confundir y extraviar las banderas históricas del gran movimiento político fundado en 1946 que le brindó al pueblo argentino la mejor etapa de trabajo, bienestar, seguridad social, industrialización, soberanía y crecimiento, como nunca antes ni después.

También por la inagotable memoria de las grandes mayorías de esta nación es que ahora –maltrechos, empobrecidos, desmoralizados y resentidos– es tan urgente recomponer ilusiones y esperanzas. Entre ellas no sólo los devaneos y miserias de un Congreso en su peor expresión histórica (ahora colmado de brutos, ignorantes, corruptos, lameculos y cipayizados, si se nos permite el neologismo), sino también por la falta de dirigencias que hoy están sumidas en las más injustificables estridencias del silencio.

Es por eso que la esperanza no puede pasar, hoy, sino por la movilización en pos de las eternas y nobles banderas que representaron esperanza, soberanía y las tres T aseguradas por décadas: Tierra, Techo y Trabajo, en combinación con los objetivos históricos (Patria Justa, Libre y Soberana) que sí se lograron y le dieron al pueblo su mejor etapa de crecimiento, salud, educación y respeto mundial.

Hasta que la infame y sigilosa traición cívico-militar, arrasó con la Paz Social en 1955 y en adelante los resultados empezaron a ser cada vez más graves y patéticos. Al punto que aún hoy siguen constituyendo urgentes banderas políticas para la recuperación de la Patria y la reconstitución de una sociedad con trabajo pleno y paz, democracia y soberanía. Sueños que hoy mismo, hay que decirlo, casi nadie evoca ni propone.

Por eso hoy la Patria se ve tan triste y desconcertada. Patéticamente arrinconada y despojada de esperanzas. Y adolorida porque fue violada y no se le ofrecen reparaciones morales ni físicas concretas, y encima teniendo que asistir a cierto repugnante estilo político de moda –vaya expresión– practicado por casi todas las dirigencias y entre ellas buena parte de las cúpulas del peronismo, que de esperanza y realidad se han venido degradando a mercachiflismo y decepción.

La entrega de la soberanía sobre el Río de la Plata es vergonzosa y a la vez una muestra de lo peor de la política argentina. Déjense de lado las dirigencias uruguayas ­–que han perfeccionado su propia colonización ya que toda su actividad portuaria la entregaron a multinacionales, como esta columna ya señaló– y miremos simplemente el desorden que nos queda en casa: el río Paraná será, nomás, Hidrovía sin nombre propio y sin historia, deshabitada hasta el cuajo en beneficio de unas 40 gigantescas corporaciones extranjeras y en perjuicio de por lo menos 7 millones de argentinos/as.

Y ni se diga el imperio narco que se fundó y ya es obvio que domina la provincia de mayor geografía ribereña del Paraná. Además, todo implicará la entrega total de nuestra independencia fabril y exportadora, ya que lo que queda son apenas sombras de la extraordinaria industria naviera que tuvimos, cuando la Argentina llegó a ser una de las 5 más importantes industrias marinas y flotas navieras del mundo. Y todo eso perdido la semana pasada y por la firma de dos presidentes uno más cipayo que el otro, porque ceder el control de las vías marítimas equivale a ceder toda concepción de soberanía. Y máxime porque en nuestro caso el Canal Magdalena –argentino, bonaerense, profundo, barato de dragar y mantener, y que velozmente podría ser la vía de comercio exterior más importante del país– ahora ha sido condenado a seguir sumergido e inútil porque todo lo que se exporte de ahora en más desde la Argentina al mundo saldrá desde puertos uruguayos (y acaso también brasileños) dejando a por lo menos 150.000 argentinos sin trabajo y quizás más.

Igualmente nada impedirá que en un futuro inmediato la Argentina rehabilite el Canal Magdalena (que es natural y es mucho mejor y es nuestro), cuando también se nacionalicen y recuperen todos los puertos, y los astilleros, y volvamos a ser un país fluvial y atlántico y las decisiones sólo dependan de gobiernos patriotas.

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