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Opinión del Lector

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Simple y fácil: cómo derribar la "grieta" que supimos construir como autoexcusa

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Marcelo Fidalgo

Marcelo Fidalgo

Desde hace unos años y en ocasión de un término empleado por el periodista Jorge Lanata en el marco de una entrega de premios, las argentinas y los argentinos pareciese que encontramos en dicha expresión la causa de todos nuestros males; me refiero a la ya conocida “grieta”, término que ha generado ríos de tinta en los últimos tiempos en nuestro país.


Dicho concepto ha sido aprovechado por políticos oficialistas y opositores, por comunicadores sociales y empresarios, por gremialistas y religiosos, por intelectuales y ciudadanos en general para circunscribir sus análisis de situación, llegando en muchos casos a ubicarse estrictamente de un lado u otro de la misma. En consecuencia, hemos generado de manera subconsciente, una autoexcusa con el único objetivo de cubrir nuestras verdaderas falencias para alcanzar los consensos necesarios que nos permitan forjar políticas de estado que busquen remediar los graves problemas estructurales que tenemos como sociedad.


¿Por qué afirmo que nos ha servido de autoexcusa? Porque esta situación no existe desde hace solamente unos años, sino que está implícita desde nuestros orígenes como nación y en consecuencia no es política ni impuesta, sino que es social y pre existente. Desde 1810 a la fecha, coexisten en nuestra Nación no una grieta porque sería hacer una simplificación horrorosa al estilo lanatiano, sino al menos dos modelos teóricos de comprensión de características sociológicas respecto de lo que se concibe por nación, estado, sociedad y cultura entre otras cuestiones.

No nos detendremos en este breve artículo a desarrollarlos y analizarlos porque no es el sentido del mismo; si considero imprescindible remarcar que sin embargo la existencia de dichos modelos, en el pasado no ha sido obstáculo alguno para lograr consensos y políticas de estado que han sido elementales para nuestro país. Sin ir más lejos y solo a modo de ejemplo digo: Alguien podría llegar a pensar por que en la actualidad sería viable modificar la Constitución nacional como se logró en el año 1994. ¿Qué la política podría llegar a lograr los consensos necesarios para materializar una reforma constitucional? Particularmente, creo que en el escenario que venimos teniendo desde hace algunos años en nuestro país, sería verdaderamente imposible de alcanzarlos.

Correspondería preguntarnos entonces, en qué estamos fracasando en la actualidad que no podemos arribar a dichos acuerdos elementales. Quizás la respuesta esté en el protagonismo un tanto excesivo alcanzado por los fundamentalistas de ambos lados, los cuales han logrado que la discusión gire en torno a un maniqueísmo político que tiende a valorar las cosas como buenas o malas, sin términos medios. Esta actitud obtura el diálogo y la reflexión política y en consecuencia la posibilidad de acuerdos. Que existan distintos modelos teóricos de interpretación socio-políticos, económicos y culturales “mal llamado grieta” no debe asustarnos; lo que sí debería hacerlo, es no poder construir consensos elementales entre los argentinos, independientemente de cómo se ubique uno respecto de dichos modelos teóricos.

Debemos comprender que el disenso y el conflicto es parte de la democracia. Está muy bien que esto suceda porque de no ocurrir, el riesgo seria el pensamiento único y no hay nada más antidemocrático y autoritario que el pensamiento o la visión única. Las argentinas y los argentinos debemos aprender a convivir con la diferencia del otro; intentar anular dicha diferencia en lugar de reconocerla, aceptarla y respetarla nos pone al borde del totalitarismo y en consecuencia de la anulación del otro como sujeto social y político.

En política actual siempre es más cómodo buscar las divergencias que las coincidencias. Tenemos que admitir que poseemos una cierta incapacidad para generar acuerdos elementales que devengan en verdaderas políticas de estado. Pareciese que en este contexto la denominada grieta nos sirve para esconder dicha incapacidad. Persistentemente recurrimos al tacticaje y no nos obligamos a pensar estratégicamente. Este contexto nos imposibilita de poder avanzar hacia un futuro más predecible como sociedad y como nación y esto es sumamente perjudicial para el conjunto de las y los ciudadanos se piense como se piense. Debemos obligarnos a alcanzar un escenario en el cual ciertos temas estructurales transiten por un sendero que sea independiente del gobierno de turno. Debemos atrevernos a asumir este desafío fundamental, para comenzar a construir un país y una sociedad diferente a la actual, en la que los acuerdos y los consensos no se conviertan en entelequias inalcanzables, sino en herramientas que nos permitan alcanzar objetivos comunes a todas y todos.

Si nos ponemos de acuerdo en que todos queremos ir hacia el Obelisco, estarán los que opinen que será mejor llegar caminando; otros en cambio querrán hacerlo en taxi; otros en subte o en colectivo y otros en su auto particular; pero lo que sí estará claro es que todos habremos de llegar al mismo lugar. Este ejemplo si se quiere demasiado simplista, sirve para graficar lo que es una política de estado, algo que parece tan difícil de alcanzar en nuestro país.

La política debe ocupar un rol estratégico e indelegable para alcanzar este objetivo primordial. Debe ser la encargada de sentar las bases para poder alcanzar los consensos elementales que nos permitan construir los pilares primordiales de todo el entramado socio económico y cultural de la nación argentina. Los ciudadanos y las ciudadanas, tenemos la obligación de exigirle a la política que cumpla ese rol en beneficio del conjunto. Que tenga la capacidad de poder salirse de la discusión solo coyuntural y cree las condiciones indispensables para poder empezar a pensar y resolver los temas de fondo en nuestro país mediante el alcance de acuerdos que puedan traducirse en políticas de estado de mediano y largo plazo. La fenomenal crisis actual que estamos viviendo no solo en nuestro país sino en el mundo entero, no da lugar para la política definida por el antagonismo de amigo/enemigo de Carl Schmitt, sino que por el contrario en palabras de Norberth Lechner da lugar a “la política concebida como un proceso continuo de construcción que elabora y decide continuamente los objetivos de la sociedad y de la nación”.

Es imprescindible cambiar este estado de cosas y esta es una empresa que no puede ser llevada adelante por un solo partido político sino que requiere del compromiso de todos los partidos políticos o al menos los que tengan representación parlamentaria. Modificar esta situación requiere de programas claros, tiempo y esfuerzos solidarios. Frente a este gran desafío no debemos balcanizar la discusión política, debemos por el contrario jerarquizarla y superar los enfrentamientos estériles que nos conducen solo a la decadencia como país y como sociedad. Si decidimos quedarnos en la autoexcusa, solo lograremos más división y mayores problemas. Si optamos por lo contrario, abriremos la posibilidad cierta de encaminarnos a una mejor Argentina. De esa decisión depende nuestro futuro como nación.

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