Por Daniel Kersffeld
¿Quiénes impidieron que Argentina ganara un nuevo Mundial de fútbol? ¿Quién está detrás de la “Campaña anti Argentina”? En definitiva, ¿quiénes son los que operan en las sombras para impedir que nuestro país alcance ese estado de felicidad siempre anhelado y pocas veces obtenido?
Son preguntas centrales en las que abrevan creyentes en conspiraciones y conjuras de toda laya en busca de explicaciones certeras y argumentaciones válidas que traten de aclarar la razón última de tanta frustración y tristeza, pero también de la creciente animadversión generada en redes sociales contra algo tan confuso y difícil de definir como el “ser argentino”.
La derrota de Argentina frente a España en el pasado Mundial fue el detonante de todo tipo de especulaciones, sencillamente, porque no resultaba posible aceptar el nivel de desempeño de la Selección o, eventualmente, su mala suerte justo en la final.
La inquietud generalizada y el desasosiego popular atribuyó el resultado final a razones que iban desde que todo se trató de un torneo amañado a que, en realidad, existió un complot internacional frente a la actitud del equipo argentino en torno a la cuestión de Malvinas, o que fue la presión europea, encabezada desde la UEFA, para que España se llevara la copa.
En el medio, las lesiones de un grupo de jugadores argentinos, la falta de entusiasmo en el ataque al arco rival, el cuestionable papel del árbitro, y la arenga de Lionel Messi en el vestuario durante el entretiempo, pidiendo a sus compañeros que se concentraran en el juego y se “olvidaran” de cualquier otra cosa, solo agregaron un desconcierto inicial, transformado prontamente en la certeza de que, efectivamente, nos habían “robado” el Mundial.
Sin tener respuestas concluyentes, prima, en cambio, la cultura de la sospecha y, al mismo tiempo, emerge la necesidad por construir un relato apoyado en datos, mayormente inconexos y deshilvanados, pero que cobran un nuevo sentido al ser convenientemente acomodados en una estructura narrativa ya predeterminada.
En los actuales tiempos de las “fake news” y de las “posverdades”, no parecería importar tanto la evidencia científica ni aquellos que pudiera ser comprobable empíricamente. Por el contrario, tiene más sentido suponer y, en consecuencia, creer que existe algo o alguien, en principio imperceptible, que está operando más allá de nuestra voluntad y de nuestra realidad sensible.
Así como el algoritmo que rige en internet construye una narración circular y reiterativa, basada en una constante reafirmación de los intereses y las predilecciones del usuario, de la misma manera funcionan las teorías conspirativas: quien cree en ellas, asumirá también como válida una forma de comprender el mundo que, frente a la aparición de nuevos datos, tenderá a ratificarse, una y otra vez, en una línea argumentativa en la que las respuestas siempre anteceden a las preguntas.
Desde la ética del complot, no existe ni distorsión de la realidad ni, mucho menos, malentendidos: cualquier suceso puede ser insertado en el relato lineal que sólo será útil si fortalece a una idea nuclear sustentada en que tal persona o tal grupo “mueve los hilos” de una manera tal vez imperceptible para los sentidos, pero no por ello menos efectiva o real.
En este sentido, una vez terminado el campeonato y, en apenas unas horas, las redes sociales, las plataformas de streaming, programas de televisión y canales informativos (algunos de ellos, supuestamente serios y “siempre comprometidos con la verdad”), se poblaron de presuntos razonamientos que, de un modo u otro, tendieron a fortalecer la idea del despojo del trofeo por una extraña mediación o por factores externos e incomprensibles.
Si hasta ese momento, lo que existía era “ArgenFIFA” o “VARgentina” como modelo de privilegio y de favoritismo, ahora se convertía en paradigma su opuesto, el de la inevitable derrota, pero por causas ajenas y hasta misteriosas. Una vez aceptada esta tesis, sólo resta denunciar quiénes se encuentran detrás de semejante acto y, de ese modo, elucubrar razones y sancionar motivos.
La creencia en el poder oculto ejercido por grupos, sectores, corporaciones, etc., que gobiernan desde las tinieblas, o que aspiran a conquistar el mundo valiéndose de secretas estratagemas, finalmente, se convierte en un mapa ubicuo para comprender desde la dinámica de los grandes procesos geopolíticos a las expresiones mínimas que tienen lugar en la vida cotidiana de cualquier persona. Obviamente, también pueden explicar el resultado final de un partido de fútbol.
Las teorías conspirativas no son nuevas y han existido a lo largo de la historia. Sin embargo, la desestructuración del mundo medieval y su reconversión bajo la nueva dinámica capitalista, proporcionó el contexto para que se desarrollaran con plena fuerza aquellas nuevas interpretaciones que, en medio de crisis recurrentes e inestabilidades de todo tipo, intentaron reemplazar la idea de un orden inmutable creado por un ente divino. Así, el desorden y la miseria del sistema capitalista sólo podía ser obra de seres maléficos actuando en la oscuridad y manipulando la realidad de acuerdo con sus oscuras intensiones e intereses.
Los momentos de angustia colectiva y de profunda crisis social como los que atravesamos actualmente en medio de este neoliberalismo extremo son el caldo de cultivo ideal para la elucubración de complots y conjuras. Si anteriormente los sujetos culpabilizados fueron los jesuitas, los judíos y los masones, la mirada ahora apunta hacia organizaciones de enorme influencia económica y global como la FIFA, coaligada en este caso con gobiernos como Estados Unidos, el Reino Unido e Israel. Las pruebas abundan, las sospechas también.
En medio de las discusiones sobre si hubo conspiraciones para que se ganara o no se ganara el Mundial, las redes sociales se poblaron de declaraciones de todo tipo, formuladas por personalidades internacionales como actores, cantantes, escritores y hasta una actriz porno: el tópico era llamativo, centrado en si Argentina es el país más racista en todo el planeta. Como si no hubiera habido masacres y genocidios cometidos por los países de los denunciantes, y como si no existieran racismo y discriminación en prácticamente todos los países que actualmente existen.
Bajo una creciente hostilidad, el denunciado racismo argentino terminó siendo combatido con más racismo en las redes, pero también en las calles, principalmente, en ciudades de España pero también en América Latina, principalmente, en México y en Brasil.
Al universalizarse la llamada “Campaña Anti Argentina”, las conspiraciones recuperaron su dimensión global: se criticó el alineamiento geopolítico del gobierno de Javier Milei como parte de un triángulo de poder junto con los gobiernos de Estados Unidos e Israel. Bajo toda sospecha, la derrota en la final del Mundial había dado paso a una lectura internacional en la que muchos celebraron y hasta vieron como un acto de justicia pírrica el triunfo de España, un país gobernado por la izquierda de Pedro Sánchez aunque bajo un régimen monárquico, al parecer, imperecedero.
Para las autoridades argentinas, era claro que todo se trataba de una campaña de desinformación propalada desde la izquierda woke, esa categoría política puesta de moda en los últimos años y que la ultraderecha ama denostar.
En medio de las declaraciones negativas contra el país, contra la política y contras las costumbres locales, quienes mejor se desempeñaron en el manejo de internet y de las redes sociales aparecieron sorpresivamente inertes y sin reacción, apelando a tibias respuestas mientras una llamativa “anti argentinidad” permeaba una parte significativa del planeta.
Qué conveniente y qué oportuno resultó, en medio de todo este contexto, que las lecturas conspiranoicas y las campañas de difamación se impusieran en el espacio público y que, de ese modo, tendieran a ocultar lo que fue el principal logro de la Selección Argentina en el Mundial: la renovada reivindicación sobre las Islas Malvinas y la grave contradicción en la que hoy se encuentra el gobierno de Milei frente a sus poderosos socios internacionales.