Por Eduardo M. Ottolenghi
Los recientes episodios de corrupción (AFA, Legislatura de la provincia de Buenos Aires, discapacidad, etc.) me llevaron a la siguiente reflexión: sería muy ingenuo pretender que en los entornos de los gobiernos no existan focos aislados de corrupción. El ejercicio del poder puede despertar las bajezas más horribles del ser humano. El drama en la Argentina es que desde hace más de 70 años la corrupción dejó la periferia para instalarse en la cima del poder, con una voracidad progresiva y a un ritmo exponencial, propagándose como metástasis cancerígenas desde el Poder Ejecutivo hacia el: Legislativo, Judicial, gobernaciones, intendencias, ministerios, sindicatos, etc., creando tramas y trenzas de complicidades siniestras que terminan englobando a todo el poder político y contaminando al resto de la sociedad, y que llevan a que mientras unos pocos se enriquecen el resto de los ciudadanos se sume en la indigencia y pasen a ser rehenes del sistema.
Si no logramos eliminar este mal endémico mediante condenas y medidas judiciales ejemplares, más una educación de excelencia a las nuevas generaciones, será muy difícil llegar ser un país serio y próspero como anhelan los argentinos de bien.
Eduardo M. Ottolenghi
can_otto@hotmail.com