Por Tona Galvaliz
¿Qué pasaría si mañana perdieras el trabajo que tanto te identifica? ¿Si dejaras de recibir elogios, reconocimiento o esa aprobación que durante años te hizo sentir importante?
¿Seguirías creyendo que valés?
Aunque pocas veces nos detenemos a pensarlo, muchas personas sostienen afirmando este pensamiento: “Mi valor depende de lo que logro”
Vivimos en una cultura que suele medir a las personas por su productividad, sus títulos, el dinero que generan, la imagen que proyectan o la cantidad de seguidores, likes que acumulan y, sin querer, pueden terminar creyendo que su importancia aumenta con los éxitos y disminuye con los fracasos.
Sin embargo, desde la psicología sabemos que existe algo mucho más profundo: el sentido de valía personal, esa convicción íntima de que nuestra existencia tiene valor y de que ocupamos un lugar único en el mundo, más allá de cualquier circunstancia.
Sentirse valioso no es un acto de vanidad ni un capricho del ego, es una necesidad psicológica básica, representa una necesidad esencial profundamente humana.
Nuestro cerebro evolucionó viviendo en comunidad, durante miles de años, ser rechazado por el grupo podía poner en riesgo la supervivencia, por eso, todavía hoy, la indiferencia, el abandono o el rechazo generan un dolor emocional sumamente intenso.
¿Cómo se construye la valía personal?
Nuestra percepción de valor comienza a formarse desde los primeros años de vida, se fortalece cuando sentimos que somos capaces de aprender y superar desafíos; cuando alguien nos demuestra afecto y aceptación; cuando descubrimos que podemos tomar decisiones sobre nuestra propia vida y cuando encontramos un propósito que da sentido a lo que hacemos.
Cuando estos pilares están presentes aparece una sensación estable que nos dice “Soy alguien y mi vida importa.”
¿Qué pasa cuando confundimos valor con rendimiento?
Muchas personas crecieron creyendo que solo serían queridas si complacían a los demás, si obtenían excelentes resultados o si nunca se equivocaban y así comienza una carrera agotadora.
El psiquiatra Viktor Frankl observó que incluso en las condiciones más extremas el ser humano podía conservar algo esencial: la capacidad de encontrar sentido. Para Frankl, la dignidad humana no desaparece con el sufrimiento ni depende de las circunstancias.
Por su parte, Carl Rogers sostuvo que las personas crecen de manera más saludable cuando se sienten aceptadas incondicionalmente y no solamente valoradas por sus logros, cuando alguien se siente recibido sin tener que demostrar permanentemente cuánto vale, desarrolla una autoestima más sólida y auténtica.
Ambos coincidieron en una idea fundamental: el valor esencial de una persona no depende de su rendimiento, sino de su condición humana, su dimensión espiritual.
No venimos al mundo para demostrar que merecemos existir; existimos, y desde allí construimos nuestra vida.
Los éxitos enriquecen nuestra historia y los fracasos pueden enseñarnos; pero ninguno de ellos define quiénes somos.
4 preguntas para mirar hacia adentro:
• ¿Sobre qué estoy apoyando hoy mi valor como persona?
• Si mañana perdiera aquello que más me identifica, ¿seguiría sintiendo que valgo?
• ¿Cuánto depende mi bienestar de la aprobación de los demás?
• ¿Hace cuánto no me reconozco por quien soy y no solo por lo que hago?
5 pasos para fortalecer la valía personal:
La buena noticia es que la valía personal puede cultivarse, algunas prácticas sencillas pueden marcar una gran diferencia:
• No confundas tu valor con tus resultados: Fracasar en algo no significa fracasar como persona.
• Hablate con respeto: La forma en que te tratás influye en cómo te percibís.
• Aceptá tus fortalezas y también tus límites: Nadie necesita ser perfecto para ser valioso.
• Elegí vínculos que te hagan crecer: Las relaciones sanas alimentan la dignidad, no la condicionan.
• Viví con propósito: Cuando encontrás sentido a lo que hacés, dependés menos de la aprobación de los demás.
La valía personal no se compra, no se hereda ni depende del aplauso, se construye cada día, en la manera en que nos miramos, nos hablamos, elegimos nuestros vínculos y decidimos darle sentido a nuestra existencia.
Tal vez uno de los mayores desafíos de la vida no sea convertirnos en personas importantes, sino descubrir que ya lo somos, no porque siempre acertemos, no porque tengamos éxito, no porque otros nos reconozcan, sino porque cada vida posee una dignidad que ningún fracaso puede quitarle y ningún triunfo puede aumentar.
Posiblemente el verdadero crecimiento personal comience el día en que dejemos de preguntarnos: "¿Cuánto valgo?" para empezar a vivir desde una certeza mucho más profunda: "Mi valor no depende de lo que consigo, sino de quien soy."
Acá aparece otra pregunta, quizás aún más importante: ¿Quién soy, cuando ya no me definen mi profesión, mis logros, mis títulos, el dinero, el reconocimiento o la mirada de los demás?
Tal vez dedicar tiempo a descubrir esa respuesta sea uno de los viajes más importantes de la vida; porque cuando dejamos de ponerle precio a nuestra existencia y comenzamos a reconocernos desde nuestra esencia, ya no necesitamos demostrar constantemente cuánto valemos.
Allí comienza una libertad profunda: la de vivir sabiendo que nuestra dignidad no se gana, no se pierde y no depende del aplauso, simplemente forma parte de lo que somos.
Te mando un beso inmenso TG
FB/LinkedIn: María Antonia Galvaliz.
Counselor – Logoterapia – Biodecodificación – Coaching Ontológico y Sistémico – Speaker – PNL – Coaching WingWave – Escritora Columnista – Desarrollo Humano Personal