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Opinión del Lector

Acoso sexual y goce sádico, las entrelíneas de las enseñanzas de Javier Milei

Camila Alfie

Por Camila Alfie

La tiranía de internet mostró hasta el hartazgo la escena de un adolescente que se desvanece y el chiste del Presidente que miró hacia el caído y siguió su chanza: ¿sugirió que se había desmayado por "zurdito"? Y cuando mencionó al burro que gana "por insistente y no por lo otro", ¿qué habrá querido decir?

El Presidente inauguró el ciclo lectivo, como no podía ser de otra manera, en un colegio privado. Siguiendo su compromiso con la autorreferencialidad, lo hizo en donde cursó el secundario: el colegio Cardenal Copello. En un auditorio colmado por adolescentes en uniforme, curas, una Sandra Petovello emocionada hasta las lágrimas, su comitiva y una Karina en mute, (como siempre), detrás de su hermano, Javier Milei se dirigió a los estudiantes en la inauguración del año escolar.

Más al fondo, como estatuas emplazadas en el piso de parqué del auditorio, algunos alumnos presenciaban el acto desde el privilegiado lugar de escoltas y abanderados. Portaban cuatro bandras: la Argentina, la de la Ciudad de Buenos Aires, la amarilla y blanca, de los colores del Papa y una azul, del Tradicionalismo Católico. A pesar de que las autoridades seguramente esperaban que se comporten con el estoicismo de personajes hechos con IA, la cara de incomodidad de esos chicos era difícil de disimular.

Sobre todo, porque parecían rondar entre ellos dementores que les respiraban en la nuca. Los dementores son personajes fantasmales de la saga de Harry Potter: “criaturas oscuras y siniestras que no tienen alma propia, son las criaturas más oscuras del planeta, ya que se alimentan de la felicidad de las personas, dejando a sus víctimas con solo sentimientos de desesperación y tristeza”. Al lado de estos chicos estaba, sin dudas, el Dementor Mayor.

El Dementor Mayor parecía pesar su peso en plomo y ser el eje gravitacional de los espectros circundantes. La transpiración le engrasaba la cara, el aliento entrecortado enfatizaba su asunción al éxtasis a través de sus palabras, las manos blancas le temblaban, espasmódicas, en los momentos más excitantes de su discurso. Los ojos, inyectados en sangre, y la sonrisa retorciéndose en un goce grotesco dejaban entrever sus momentos favoritos del speech: los que versaban sobre las ratas inmundas, la motosierra y él mismo.

Porque aunque varias veces anunció que quería hablarles a los chicos sobre “los valores”, que no hay que rendirse y que hay que confiar en “las fuerzas del cielo” y en “el Creador”, estuvo casi una hora hablando sobre él en calidad de Mesías omnipotente.

Nada nuevo, realmente. Pero sí dejó dos enseñanzas importantes para los tiempos que se vienen. En primer lugar, cuando definió un nosotros/ellos en su alocución. Nosotros, la comunidad educativa del Cardenal Copello, argentinos de bien, hijos de padres que seguramente vendieron bienes y servicios de valor, héroes del sistema capitalista y benefactores sociales. Los otros: los pobres, esclavos de la asistencia social, que no saben cómo ser personas, que no piensan con claridad, que hay que sacarles el pescado y hasta quizás también la caña y que se arreglen arrancándose los ojos o que se los coman las cucarachas. Eso los hará libres. Porque la asistencia social tiene “rémoras” de la esclavitud de los hebreos en Egipto. Y él es el Mesiás que llegó a liberarlos, a “enseñarles a ser individuos” y dejen de ser bestias degradantes de la grandeza de la Nación.

¿Y cómo puede sostenerse esa lógica? Eso lo explicó en su segunda enseñanza. Durante su speech, dos chicos se desmayaron. Pero uno se hizo viral, quedando expuesto no solo ante las risotadas de sus compañeros, sino también de las burlas del presidente y de la tiranía de internet.

Ocurrió cuando el Dementor Mayor se pavoneaba diciendo que se paró en Davos a decirle a los reyes de la elite económica mundial que “son todos unos zurditos”. En este caso, usó el colapso del adolescente como punch-line. “¿Uh, otro más?”, dijo, “¡los nombro y son infalibles!”, sentenció, buscando la complicidad de su público teen. El remate funcionó. Los adolescentes le siguieron la corriente con carcajadas y cámara en mano, filmando el incidente (para más placer). No importaba si él era abanderado o, incluso, que lo hubiese votado.

La lección es muy clara. Este sistema solo se sostiene legitimando el sufrimiento ajeno y convirtiéndolo en un goce propio y esa es la combustión de la utopía neoliberal. Los débiles son basura parasitaria e improductiva que frena la rueda del progreso. La solidaridad entre pares es de débiles. Ser solidario con los más vulnerables te convierte a vos en un débil. Y los débiles deben ser marginados, al menos hasta que aprendan a pescar y a pisarle la cabeza al otro. La sociedad es una cadena alimenticia donde solo los leones sobreviven y para llegar hasta la cima hay que matar a morir. “Y así nos hacemos argentinos”, diría La Bersuit.

Festejar despidos no solo es legítimo, sino que es valioso y necesario. Hay que deshacerse de los gastos. Purgarse de la podredumbre. La lógica del mercado es la fuerza detrás de la fuerza del cielo, la mano invisible que acaricia la melena de los leones y aplasta a las ratas. Si una ruta aérea no es rentable, hay que cerrarla. Si el INCAA financia películas “que no ve nadie”, hay que destrozarlo. Si un jubilado se queda en la calle porque le dolarizan el alquiler, es que no hizo las cosas bien durante toda su vida, ¿por qué lo vamos a sostener ahora? El sufrimiento ajeno es goce propio. Solo viendo al semejante como un enemigo del que hay que desconfiar y denunciar, o un cráneo al que hay que romper, es posible este sistema.

Siguiendo esta línea, Adorni se burló del adolescente desmayado en su TW y “El peluca Milei”, el canal de YouTube del Dementor Mayor, tituló a la charla entera como “SE DESMAYARON 2 CHICOS EN EL ACTO DE MILEI EN UN COLEGIO”. Curioso, también, (o no), que La Nación haya hecho una crónica de este acto sin mencionar nada en referencia a este hecho.

El Dementor Mayor también dejó otras enseñanzas interesantes. En primer lugar, que no es adoctrinamiento si lo que se enseña está alineado con las creencias de los dementores. Que los burros cogen no porque tienen la pija grande, sino a fuerza de insistir (traducción en idioma coloquial de lo que el presidente dijo como si todos conocieran ese chiste paleolítico del que nadie rió). Que hoy ser rebelde es rechazar el estatus quo, entendiendo al estatus quo como “la ideología de los zurditos” (o sea: la justicia social, la ampliación de derechos, ¿la solidaridad comunitaria y cooperativa, quizás?) Y que por eso es valeroso que los adolescentes de hoy cierren filas detrás de los valores conservadores de patria-familia-religión.

Pero hubo otra enseñanza que se olvidó de mencionar. Como si se tratase del juego de las sillas, nada te asegura tu lugar en la cadena alimentaria. La motosierra va a venir por todos, tarde o temprano. Como dice el poema: “Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.”. ¿Y si esta semana te toca a vos?

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