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Opinión del Lector

2024: bienvenidos al año de Donald Trump 2

Marcelo Cantelmi

Por Marcelo Cantelmi

Polémico y desafiante, el líder populista republicano consolida su ventaja para regresar a la Casa Blanca, un paso que conmocionará al mundo y modificará de modo radical el lugar global de la potencia norteamericana.

En noviembre de 2020, en las elecciones nacionales de aquel año, Joe Biden se impuso en Michigan por tres puntos de diferencia sobre Donald Trump. No necesariamente una hazaña, pero una evidencia del giro que cancelaba la reelección del magnate.

Ese Estado acaba de ganar centralidad porque su Corte Suprema validó el derecho del ex presidente a candidatearse, atributo que le niegan en Colorado o en Maine por el ataque al Capitolio. Michigan importa, sin embargo, por otras razones. Es uno de los seis swing states, llamados así porque votan tanto a uno como a otro partido y por ello definen los gobiernos en EE.UU.

En las encuestas con miras a los comicios del año entrante en los cuales Biden buscará la reelección, el demócrata aparece ahora cinco puntos abajo en ese distrito, un abismo de 8 puntos si se suma esa pérdida con lo que se ganó antes. Anticipo de cómo vienen las cosas.

Agrega al análisis el dato de que los sondeos muestran un comportamiento similar en la mayoría del resto de ese puñado de Estados clave que completan Arizona, Georgia, Nevada, Pennsylvania y Wisconsin. Solo en ese último distrito hay una muy ligera luz a favor de Biden. Apenas un consuelo: en 2020 había ganado en todos.

El fallo de las encuestas merece por supuesto toda la desconfianza no solo porque se difunde a 11 meses de que se abran las urnas. Esas pesquisas electorales suelen brindar una foto dudosa del presente y aun más difusa sobre el futuro debido a que los consultados mienten o esconden sus preferencias, un comportamiento muy extendido en EE.UU. sobre todo entre las minorías negras y latinas.

Pero aun con esas sospechas no debería ignorarse el impacto por la coincidencia en los resultados de todos los muestreos, sin excepciones. Hace poco The New York Times investigó el humor electoral en los swing states, y se sorprendió con los resultados.

Hispanos y negros

También descubrió que 42% de los hispanos y 22% de los negros preferían a Trump. Una grave alerta para el fortín demócrata por la pérdida o fragmentación de una base histórica del partido.

Es un baño de realidad para el oficialismo convencido equivocadamente de que la lluvia de más de 70 procesos contra el ex presidente, su aventurerismo populista, la xenofobia, su novedoso utlraconservadurismo moral y esencialmente el intento golpista del 6 de enero de 2021 contra el Capitolio, un capítulo que sigue presente con aquellas batallas judiciales, alcanzaría para derribarlo.

En los fundamentos de esta notable preferencia del electorado se señala que llegan a 60% quienes opinan que Trump manejaría con mayor eficacia la economía, también la inmigración y los conflictos globales. Es una conclusión compleja y contradictoria frente a los hechos.

La economía de EE.UU. ha mejorado después de la pandemia, la inflación se desplomó a 3%, el país crecerá poco más de 2% este año por encima de lo previsto, hay mayor inversión y gasto en alza de los consumidores.

Es cierto, todo ello junto a un aumento de las tasas de interés hasta 5,5% que golpearon los préstamos hipotecarios en un país cuyos individuos suelen gastar por encima de los ingresos. Pero ese ajuste no afecta a toda la cadena de préstamos de las familias.

En cuanto a la cuestión global, EE.UU. recuperó con Biden el liderazgo que había perdido con Trump, en gran medida debido a la guerra de agresión de Rusia sobre Ucrania que rediseñó el mapa mundial. Ese comportamiento también se notó en la reciente crisis de Oriente Medio.

Biden reaccionó con velocidad, despachó dos portaviones a la región para esterilizar posibles movimientos de los adversarios de Washington y fue dejando claro la importancia de ese conflicto para el liderazgo norteamericano. Escenarios donde este gobierno comprendió con claridad que se jugaba ahí la hegemonía de la potencia.

Se especula que la pérdida de apoyo que sufre Biden pese a esos resultados, es consecuencia de un liderazgo carente de carisma, impregnado de las brumas de la Guerra Fría y que reacciona en general a los acontecimientos. También por el peso de la edad, una condición acompañada de fallidos que se viralizan con velocidad.

Un mandatario geriátrico que si ganara en noviembre culminaría ese mandato con 85 años. Trump no es joven tampoco, apenas tiene cuatro años menos. No es ese el punto, sin embargo, que debería observarse.

Agotamiento

Hay una realidad que exhibe niveles de agotamiento en esa sociedad y mutaciones más profundas en la evolución de la potencia. El apoyo a Israel, que Trump tampoco escatimaría, se enturbia por la premeditada operación de demolición y castigo colectivo que ejecuta el gobierno de Benjamín Netanyahu. Biden ha perdido apoyos en su país por ese respaldo que el público observa como acrítico.

Con Ucrania sucede algo parecido. En junio, según Gallup, 29% de los estadounidenses entendía que EE.UU. estaba haciendo ya “demasiado” para ayudar al país europeo agredido, un porcentaje estable desde agosto de 2022. Pero un nuevo sondeo en noviembre descubrió que este “demasiado” había aumentado a 41%.

En esa visión se apoya el trumpismo para bloquear las ayudas multimillonarias a Kiev, un gesto que apenas esconde la simpatía del ex presidente por el líder ruso Vladimir Putin y el desdén por el significado global de ese conflicto.

La guerra se encuentra estática en gran medida por la paciente espera del Kremlin por las urnas de noviembre. También las formaciones ultranacionalistas israelíes esperan celebrar el regreso del magnate convencidos de que les liberará aún más las manos de lo que lo hizo en el primer mandato cuando declaró legales los asentamientos en los territorios ocupados.

Analistas como el notable politólogo Joseph Nye intuyen con claridad que el desembarco de Trump 2 avanzaría sobre el "internacionalismo liberal" que ha dominado la política norteamericana desde la Segunda Guerra. Los “americans firsters”, como los llama (los primero América), adoptan, dice, “una visión estrecha y aislacionista del papel de EE.UU. en el mundo”. Biden quiere mantener el orden existente y Trump quiere abandonarlo.

Esa insularidad se traduciría en una ruptura del atlantismo, un portazo a la OTAN y cambios radicales en la evolución del conflicto Este-Oeste con China. Si Putin derrota a Kiev se convertirá en una amenazará para su vecindario europeo. Taiwán, a su vez, entraría en zona de riesgo con un mandatario que no ha ocultado su desinterés por enfrentarse con una potencia nuclear para defender a esa isla rebelde.

Son diques que se irán agrietando o derrumbando bajo la fuerza de la propia dinámica. Por nuestra región habrá algunas celebraciones también, pero será importante notar que en la gestión anterior del magnate no existió el sur latinoamericano.

Convendría recordar de paso su calificación de “país de mierda” a El Salvador de Nayib Bukele, uno de sus adherentes autoritarios más apasionados, concepto que también descargó sobre Haití al tiempo que redujo a México a un oscuro exportador de “drogas y violadores”.

El regreso muy probable de Trump al poder no es un accidente de la historia o producto de caprichos de liderazgos. Hay razones objetivas que lo hacen posible y se reflejan en una época de nacionalismos crecientes, gobernantes transaccionales y democracias debilitadas.

No es la justicia, como propone la Corte Suprema de Colorado, entre otros, la que debe entrar en política y detener a este exótico dirigente. Es la propia política la que debería explorar qué es lo que hace que un charlatán populista se consolide en el timón de la mayor potencia planetaria para apartarla del centro de gravedad de la agenda global. Una pregunta que define la época.

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