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Opinión del Director

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Conurbano mío

Flor de la V

Flor de la V

La semana pasada, un periodista del diario La Nación se refirió al conurbano bonaerense empleando el inusual adjetivo de «africanizado». Inmediatamente se disparó una ola de tuits y declaraciones varias de repudio frente a lo que fue interpretado como un acto despectivo y racista. El diccionario de la RAE señala que africanizar es «dar carácter africano», por lo que todo depende de cómo lo representemos: lo que para algunos puede ser insulto, para otros puede tomarse como elogio.

Soy del tercer cordón del conurbano, orgullosa travesti africanizada que ama su tierra, con sus techos de chapa, paisajes, olores, dolores y costumbres. Haber nacido en el conurbano fue algo muy positivo para mí. Ahí aprendí mucho de la gente, recorriendo sus calles: todo lo que soy como persona se lo debo a esos años en mi barrio querido de Llavallol. Nací, me crié y estudié ahí. Sus calles fueron un máster lleno de códigos en los que la palabra tenía valor. Sin esa formación, creo que nunca hubiera podido lograr todo lo que me propuse en la vida. El conurbano me preparó para todo, hasta para sentarme en la mesa de Mirtha Legrand.


De chica siempre sentí que nos observaban con prejuicio, de costado, como si no fuéramos argentinos, unos cabecitas negras. Quienes nos miraban de arriba abajo, turistas de lo exótico en nuestro territorio, destilaban desprecio y creían que el dinero era el único valor que importaba. Ellos tampoco eran los Kennedy, pero su lugar de pertenencia los volvía superiores.

En mi africanizado conurbano hacíamos la cola para retirar la caja PAN o la leche que repartía el estado. Muchos pensaban: «estos negros no quieren trabajar». Tenía amigas a las que les daba vergüenza ir a retirar las cosas. Yo nunca: agradecía que lo ayudaran a mi papá que se rompía el alma como albañil y muchas veces el trabajo no abundaba. Esa caja más de una vez nos puso un plato caliente en la mesa.

Un paisaje recurrente de esta sabana era ver salir a las leonas al amanecer, mamás que se iban a trabajar por hora a la capital. Con el tiempo podías notar cómo iban cambiabo su fisonomía esos cuerpos casados en los últimos años, ya casi arrastrando los pies. Pero qué felicidad cuando todo ese sacrificio rendía sus frutos: ¡el día que doña Mirta estrenó su cocina fue una fiesta! Mesada de granito, azulejos para el salpicadero, puertas de fórmica blancas, cajón para los cubiertos. Era un sueño para ella. Para mí era como las cocinas que aparecían en las novelas. ¡Por fin doña Mirta pudo sacar las cortinas que alguna vez taparon sus ollas! Conocí muchas familias que, con esfuerzo y sacrificios, terminaban sus casas. Vi esas paredes sin revoque cambiar con la primera mano de alisado y pintura. La alegría que sentíamos cuando a alguien le iba bien. Aún recuerdo el primer televisor a color que llegó al barrio. Fue toda una revolución. Todas las criaturas miraban con los ojos más expresivos que puedan imaginar, ¡todxs queríamos ir a tomar la leche ahí para ver los dibujitos a color! Durante semanas no existió otro tema de conversación.

Era una gran jungla con muchos clanes: el de doña Juana y su enorme familia, los Ojedas; Chacho el electricista, los Maidana, los Pantas, Don Toribio y su patio, que los fines de semana era sede de partidos truco que duraban todo el día y ¡cada tanto se armaban unos bolonquis! En esas comunidades yo me sentía protegida.

No se oían ruidos de tambores, el sonido era de los Palmeras, con el bafle en la calle. Por un momento, esa música los unía a todxs en una comunión, y bailaban como si fuera un ritual, en esta llanura imaginaria que era nuestra vereda, todas las generaciones juntas, disfrutando. Era el único día que los rostros de los adultos se veían sin preocupaciones, relajados, sonrientes, nada de seños fruncidos ni de caras largas.

Me nutrí de ese amor, de esa lucha desesperada por salir adelante, progresar, por convertir esas miradas de desprecio en otra cosa. Porque a pesar de no haber mucho, lo poco que teníamos, se compartía. ¿Parecemos tan distintxs? En el conurbano, todxs tenemos un corazón, pulmones, hígado, riñones, un cerebro quizás no tan bien alimentado, pero somos seres humamos, argentinos con sueños.

Puede ser que por nacer en el africanizado conurbano llevemos la marca, el estigma social de la pobreza, que es peor que cualquier cosa. Porque acá, en Argentina, es peor ser pobre que mala gente o estafador… en los countries esta lleno de esos y les dicen señor. Yo llevo mi identidad africanizada marcada a fuego por la necesidad del que resiste y se construye a partir del esfuerzo por transformar la vida, aunque a algunos aspirantes a traficantes les joda que no seamos sus esclavos.

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