Las elecciones provinciales del 31 de agosto dejaron números que hablan por sí solos y
que, al mismo tiempo, revelan mucho más de lo que parece a simple vista. El Partido
Justicialista, en su lista 2, alcanzó en el escrutinio definitivo 62.262 votos en la categoría
Gobernador. En Senadores Provinciales, 60.741 votos. Pero en la categoría de Diputados
Provinciales, encabezada nada menos que por la presidenta del partido, Ana Almirón, la
cifra cayó abruptamente a 49.782 votos.
No se trata de una diferencia menor: son más de 12 mil votos perdidos en el camino, un
verdadero corte de boletas que desnuda las tensiones internas del peronismo correntino. Y
lo más grave: distintas fuentes señalan que no fue un accidente ni un fenómeno espontáneo
de los electores, sino una decisión política promovida desde adentro.
El nombre que aparece en el centro de la escena es el de Martín “Tincho” Ascúa, candidato
a gobernador y jefe político de la estructura que motorizó la campaña. Se dice que habría
dado la orden expresa de cortar boletas contra Almirón, debilitando así a la propia
presidenta del partido.
¿Qué significa esto? En primer lugar, un golpe directo al liderazgo de Almirón, quien
aparece debilitada no por la voluntad externa de los votantes sino por la maniobra interna
de su compañero de lista. En segundo lugar, una fractura expuesta: el justicialismo no solo
compite en inferioridad de condiciones frente a una alianza oficialista consolidada, sino que
además se da el lujo de dinamitarse desde adentro.
El corte de boletas dejó al descubierto la ausencia de cohesión, la falta de una estrategia
común y la lucha por espacios de poder que consume más energía que la confrontación con
el adversario político. Ascúa, con esta maniobra pretende quedar como el dirigente de
mayor peso electoral, pero al costo de quedar señalado como el responsable de hundir a su
presidenta partidaria y exhibir al PJ correntino como un partido en guerra consigo mismo.
El saldo es claro: menos bancas, menos representación y más desconfianza social hacia
una fuerza política que parece no aprender de sus fracasos. El peronismo correntino
necesitaba mostrar unidad y fortaleza, pero lo que terminó mostrando fue división y
mezquindad.
En política los votos hablan, pero a veces el silencio de las boletas cortadas grita más fuerte
que cualquier discurso.
Lo más llamativo de esta situación es que, a pesar de lo evidente de los números, desde el propio PJ se intentó deliberadamente ocultar el corte de boletas. Nadie quiso asumir públicamente que el partido se boicoteó a sí mismo en la elección más importante de los últimos años.
La pregunta es inevitable: ¿acaso los afiliados y las autoridades nacionales del justicialismo no han hecho todavía este análisis por los 12.480 cortes boletas a la presidenta del partido? Porque los datos están a la vista y resultan inapelables. Lo que se revela es un partido fracturado, sin conducción real, donde las ambiciones personales pesan más que el proyecto colectivo.
El silencio de las autoridades, tanto provinciales como nacionales, se parece más a una estrategia de encubrimiento que a una reflexión honesta sobre lo ocurrido. Y mientras el PJ calla, el oficialismo gobierna con tranquilidad, sabiendo que enfrente no tiene una oposición, sino un partido ocupado en devorarse a sí mismo.