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Opinión del Lector

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Un revolucionario en la Casa Blanca

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Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

Si bien Biden quiere salir de la lógica binaria en América Latina, que divide a los muy amigos de Washington de los no tan amigos (México y la Argentina, por caso), también es cierto que la administración de EE.UU. no olvidó los recientes desplantes del gobierno de Alberto Fernández.

El viejo reformador se ha convertido en un revolucionario. El antiguo asesor de empresas se transformó en un fanático de la regulación del Estado. Alberto Fernández es la excepción a la regla, que dice que nadie cambia a los 60 años (él tiene 61). Cuando a partir de 2011 Cristina Kirchner se apropió de un discurso revolucionario, el actual Presidente repetía que el kirchnerismo era reformador, no revolucionario. Reformar es tratar de mejorar las cosas (aunque no se lo consiga); la revolución significa un cambio radical del viejo orden. Su crítica a la actual vicepresidenta era, precisamente, porque había traicionado al legado de su marido muerto, quien, según Alberto Fernández, era también un reformador, no un revolucionario. Aprovechó un auditorio de jóvenes, en la simbólica Tecnópolis, para contar que nunca lo abandonó el espíritu revolucionario de su juventud.

“Está en campaña”, explicó un ladero suyo. Es probable que ese discurso sea propio de un hombre que en campaña electoral solo busca agradar a su público. Pero también es posible que haya querido balancear sus recientes acercamientos con el gobierno de los Estados Unidos. Fuentes cercanas al Presidente habían asegurado que la Casa Blanca eligió a su gobierno para resolver los problemas de América Latina. En rigor, fue un exceso de optimismo o de autoestima. Si bien el gobierno de Biden quiere salir de la lógica binaria en América Latina, que divide a los muy amigos de Washington (Grupo de Lima, por ejemplo) de los no tan amigos (México y la Argentina, por caso), también es cierto que la administración Biden no olvidó los recientes desplantes del gobierno de Alberto Fernández. La Argentina es distinta del México de López Obrador. El mandatario mexicano tiene la lengua suelta para hablar de “imperios”, pero nunca, ni siquiera en tiempos de Donald Trump, permitió que se estropeara la relación bilateral con los Estados Unidos. Habla de la integración política de América Latina, pero el 90 por ciento del comercio exterior de México depende de su relación con los Estados Unidos. En la historia, México se pudo dar el lujo de una política exterior a espaldas de Washington. Ser uno de los dos únicos países del mundo con frontera seca con los Estados Unidos (el otro es Canadá), le abre una puerta especial en la consideración de Washington. Esa frontera es la victoria y la derrota de México.

De todos modos, Washington anunció que la solución para la Argentina en sus forcejeos con el Fondo Monetario (que es lo que más le interesa a Alberto Fernández) estará dentro de una solución global, si es que está. Si volvemos a América Latina, debemos preguntarnos si el gobierno argentino está dispuesto a ayudar a una salida democrática para las crisis humanitarias y políticas que hacen estragos en Venezuela, Cuba y Nicaragua. Esos son los principales problemas latinoamericanos. Hasta ahora, la administración de Alberto Fernández prefiere mantenerse distante de esos conflictos, que es una manera también de estar cerca de regímenes que violaron todos los derechos humanos y condenaron a sus ciudadanos a las peores condiciones posibles de vida. Los trascendidos que difundió el propio Presidente sobre los supuestos halagos a él de parte del poderoso consejero de Seguridad Nacional de Biden, Jake Sullivan, son solo rumores esparcidos por una parte, interesada por cierto. ¿Necesitaba decir que era un revolucionario para contrarrestar las versiones que él mismo hizo públicas? ¿Necesitaba parafrasear a Víctor Heredia para hablar de la pandemia? ¿Necesitaba decir “todavía cantamos” en un país con 107.000 muertos y 5 millones de enfermos? ¿Quiénes cantan? No, seguramente, las familias de los muertos y de los enfermos que aún no se recuperan del todo. El Presidente debería tomar distancia de su debilidad por los cantantes argentinos. Gobernar un país no es la utopía que han imaginado santos y poetas.

Tampoco tiene nada de poética la declaración según la cual internet seguirá siendo un servicio público. El nombre puede confundir, pero servicio público significa en los hechos una enorme injerencia del Estado en las cuestiones de la economía que están en manos privadas. La experiencia en el mundo enseña que solo la competencia entre privados aseguró la inversión y tarifas razonables en el amplio universo de las nuevas tecnologías. La inversión que se necesita es demasiado importante como para que los empresarios la concreten y después le entreguen el control al Estado, que en este caso es el gobierno con sus arbitrariedades. El Presidente ni siquiera se detuvo en que esa decisión, la de declarar servicio público a internet y la televisión por cable, está siendo evaluada por la Justicia luego de una presentación de Telecom, Telecentro y DirectTV, que impugnó el decreto presidencial.

Hace poco, en Cuba, se vio que el servicio de internet puede ser manipulado por el Gobierno. La administración de Díaz-Canel decidió un apagón del servicio de internet en la isla cuando se produjo la revolución de los jóvenes. Los que protestaban se quedaron sin medios para comunicarse entre ellos. La ilusión de que exista una prensa independiente es la única utopía que todavía no murió en Cuba. ¿Por qué insistió Alberto Fernández con que internet es un servicio público? ¿O es que el Presidente está dispuesto a reproducir viejas guerras que no eran de él?

Hay que reconocer, de todos modos, que las designaciones de los nuevos ministros de Defensa y de Desarrollo Social, Jorge Taiana y Juan Zabaleta, significaron un progreso en las designaciones de Alberto Fernández. Sobre todo, si se las compara con los últimos nombramientos de ministros: los de Justicia y de Vivienda, Martín Soria y Jorge Ferraresi, dos dirigentes que usan la provocación como un método político. Taiana, en cambio, se fue de la cancillería en medio de elogios de opositores y críticos al entonces gobierno de Cristina Kirchner. Hijo de un político sereno y consensual, su padre, el médico peronista Jorge Alberto Taiana, que firmó los certificados de defunción de las dos figuras míticas del peronismo (Perón y Eva Perón), fue designado embajador en Austria y en la entonces Yugoslavia por Raúl Alfonsín. Jorge Taiana sigue el camino de su padre: en el Senado, donde estuvo hasta ahora, era reconocido por los opositores como un hombre predispuesto al diálogo. “Sabe tender puentes”, aceptó un senador radical. Se puede disentir con algunas ideas suyas, pero es evidente que tiene una personalidad y una formación muy superiores a la de muchos miembros del gabinete. Está demasiado enamorado del Grupo de Puebla (que no puede hacer más que declaraciones de principios) y está muy enojado con el secretario general de la OEA, Luis Almagro. Almagro es un uruguayo que cuestiona frontalmente a las dictaduras de Venezuela y Nicaragua. Almagro debe terminar su mandato. Las versiones sobre lo que Taiana hizo o no hizo hace más de 40 años las deberían dejar en manos de historiadores, no de políticos. Más cerca, cuando se fue de la cancillería lo hizo porque aceptaba el acceso de la prensa a la información y en defensa de su propia posición como ministro de Cristina Kirchner. Su reciente cercanía con la expresidenta se explica en su pragmatismo peronista: él, como muchos peronistas que se distanciaron, se enojaron o nunca coincidieron con la vicepresidenta, aceptan que la jefa del peronismo es ella. Les guste o no, la que manda ahora en el viejo partido de Perón es Cristina Kirchner, más allá incluso de los matices diversos de ese partido.

Zabaleta es un caudillo del conurbano bonaerense, que aprendió a leer entrelineas lo que quiere o necesita la gente común. Tal vez en adelante le reprochen que su aceptación del ministerio significó dejar su ciudad, Hurlingham, en poder de La Cámpora, justo él que se había jurado detener el avance de la organización política que lidera el delfín del kirchnerismo, Máximo Kirchner. También actuó con pragmatismo peronista. Era la oportunidad de llegar al gabinete nacional. Solo Alberto Fernández (Zabaleta es el último albertista del peronismo) podía nombrarlo ministro del gobierno nacional. Zabaleta podía pensar en una diputación nacional, quizás en una senaduría, pero nunca imaginó el cargo de ministro. Su mérito es que conoce el sufrimiento social con más profundidad que los teóricos. El exministro Daniel Arroyo podía recitar, con cabal conocimiento, todos los manuales sobre las crisis sociales; Zabaleta las conoce porque recorrió el áspero conurbano todos los días de su vida como intendente de Hurlingham.

Las organizaciones sociales lo esperan a Zabaleta. La fragmentación de ese ministerio, con mucha presencia de las distintas corrientes de esas organizaciones, complicaron seriamente la gestión del exministro Arroyo. Zabaleta tiene la formación política dura y práctica de la indómita Buenos Aires. No tendrá tanta paciencia como Arroyo. El nuevo ministro ya dijo que el mejor plan social es que los subsidios actuales se conviertan en puestos de trabajo concretos. Muchos líderes de las organizaciones sociales no creen en ese plan. O no quieren creer. Los trabajadores formales engrosan la CGT y debilitan las organizaciones sociales, que están precisamente para representar a los que no tienen trabajo. Si Zabaleta cumpliera con su promesa, el Presidente podrá decir que fue un revolucionario en el mejor sentido del término. ¿Podrá?

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