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Opinión del Lector

Palabras cuando no hay palabras

Débora Campos

Por Débora Campos

Dos libros, opuestos en casi todo, abordan la pérdida de un hijo y el sinsentido de esos padres para los que no hay un nombre.

El escritor Luciano Lamberti ganó el año pasado el Premio Clarín Novela con una historia de terror. Hay muertos vivos, hay crímenes escalofriantes, hay oscuridad y torturas. Sin embargo, lo más terrorífico es lo que dio origen al libro. "Yo quería contar la historia de una madre que no puede aceptar la pérdida de su hijo", dijo durante la presentación del libro Para hechizar a un cazador (Alfaguara).

Ya se contó muchas veces, pero no existe la palabra para los padres y las madres que sobreviven a sus hijos. La hay para las mujeres (viuda) y los maridos (viudo), para los que se quedan sin progenitores (huérfanos), pero no la hay para quien pierde a sus pichones. Por algo será.

También el español Fernando Aramburu explora ese agujero negro en El niño (Tusquets). La novela regresa a una desgracia mayúscula: "La más absoluta desolación reina en Ortuella, localidad minera vizcaína, donde, según cifras oficiales, 48 niños de entre cinco y diez años perdieron la vida ayer, al producirse en la escuela del pueblo una explosión que destruyó totalmente las tres aulas de la planta baja del edificio, ocasionando la mayor catástrofe jamás producida en Vizcaya", informó el diario madrileño El País en su edición del 24 de octubre de 1980.

Fantasmas

Los padres del niño que da título a la novela, Nuno, quedan atrapados en ese sinsentido. Pero su abuelo (tampoco hay palabra para los abuelos que sobreviven a sus nietos) se aferra a una presencia del chico que solo él puede ver.

En la novela de Lamberti, la imposibilidad de la aceptación conduce a Griselda, la madre sin hijo, por senderos escabrosos. Pero ¿cómo no entenderla? Lo monstruoso va ganando terreno y los crímenes y tortura se apoderan del primer plano.

Es cierto que hay terror. Muchísimo. Pero cualquiera que tenga hijos no perderá de vista lo otro: la imposibilidad de aceptar que Luis, el chico rubio y grandote, el rugbier que devino en católico fervoroso y de ahí en montonero, ya no está con ella.

El lenguaje es un dispositivo que nos construye, teje nuestras ideas y, al nombrar el mundo, nos permite habitarlo. Cuando se niega tozudamente a crear un término, cuando pasan los milenios y no aparece la palabra, seguramente se debe a que eso, el hueco oscuro, no puede ser nombrado.

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