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Opinión del Lector

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María Pia López

María Pia López

Aquí me pongo a escribir. Solitaria canta el ave la derrota. Pero como al gaucho desolado, esa voz se pliega sobre una experiencia colectiva. Fuimos derrotados. Advertencia brusca. Hay quienes leerán en esas urnas el triunfo de la razón mundial neoliberal y la alta sapiencia de las derechas para reconducir al orden. Pero, ¿por qué perdimos cuando dos años antes habíamos triunfado sobre esos mismos poderes, idénticas argucias, temibles aparatos? Eso no se lo podemos adjudicar a su magno saber hacer, sino a la dificultad, por estos lados, de convencer a las gentes.


Muchas personas no fueron a votar, otras lo hicieron en blanco o impugnaron, otras muchas a fuerzas opositoras que ya les han empeorado la vida en otros momentos. Quizás el gobierno -y quienes acompañamos- naturalizamos más los espantosos índices de pobreza de lo que lo hicieron, con justa razón, quienes entran en esa cuenta. Se gobernó como si fuera posible una cierta normalidad con millones de pobres. Con dificultades reales de acceso de millones de laburantes a un techo digno. Claro que esas gravísimas situaciones sociales son resultado de lo hecho, anteriormente, por la alianza política que ayer triunfó en las elecciones, pero nosotrxs veníamos a modificarlo. No a silenciarlo como un traspié vergonzante.


O a pedir que esperen a la salida de la pandemia. El gobierno hizo todo lo posible -generar condiciones de cuidado, instalar nuevos centros de salud, conseguir vacunas en todo el mundo- para evitar la escalada de contagios y muertes. Para eso sostuvo una interpelación constante al cuidado mutuo y al respeto a las medidas, que se fue resquebrajando con los meses, porque se iba tensionando no solo la vida social sino, y fuertemente, la economía de quienes no tenían un salario formal.

Si ese hartazgo social se iba expandiendo, la foto del cumpleaños de tan extensa circulación, se convirtió en la certeza de que entre la clase política y la ciudadanía había una diferencia profunda y que eso ocurría bajo cualquiera de los colores partidarios. La vocación de muchxs funcionarixs a poblar sus intervenciones de elogios a otrxs integrantes del elenco gobernante, no hace más que ensanchar ese abismo. Del mismo modo, una comunicación centrada en las fotos felices interpela a lxs ya convencidxs, pero aleja a quienes están menos comprometidos con un discurso ideológico y político. En esa distancia, cosecha la derecha que hace política diciendo que es anti política, la derecha que hace negocios aprovechándose del Estado mientras habla contra el Estado. No es la derecha de todo pelaje la que debe demostrar la importancia de la política, porque ellxs ganan en el “son todo lo mismo”, si no los movimientos populares.

Si la política no es vista como herramienta de transformación que mejora las condiciones de vida de las mayorías -y eso implica buenas estrategias educativas, controles monetarios, gestión económica, atención sanitaria, desarrollo cultural-; se interpreta como puro gasto y extracción, como dispendio y apropiación de la riqueza construida por otrxs. La disputa entre modelos se complejiza porque hay uno que hace pie en esta negación de la política y captura, al hacerlo, el descontento general. Para responderle hay que revalorizar la política y eso implica afianzar su poder de reconocer antagonismos e intervenir sobre ellos, de producir transformaciones reales y gestiones eficaces. Revalorizar la política es mostrar, cada vez, que le sirve a las mayorías. Solo de ese modo se hace carne la defensa de un proyecto popular y democrático.

Toda política tiene un pliegue narrativo: la praxis no es muda y el modo en que habla un gobierno también tiene resonancias colectivas. Ni la lengua tecnocrática, ni el yo y sus sentimientos, alcanzan para alojar una experiencia dramática como la de la pandemia. Las luchas sociales, los feminismos, los movimientos de derechos humanos, la memoria nacional y popular, los ambientalismos, ponen otras imágenes y lenguas en juego, en cuya fuerza se puede recabar otro modo de nombrar lo que duele, lo que nos duele -insisto: nombrar lo inadmisible de la pobreza y la dureza de las muertes- y a la vez de configurar un orden de la promesa, unas imágenes del porvenir, una idea de futuro.

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