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Opinión del Lector

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Miguel Teubal, otra pérdida más

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Eric Nepomuceno

Eric Nepomuceno

Tímido, silencioso y de una descripción olímpica, Miguel Teubal –que siempre, y a ejemplo de su madre, traté por Michel– se fue el lunes 18. Un lunes gris en mi vida, y que duele y duele.

Calladito, elegante, tímido, casi invisible. Así cometió la suprema indelicadeza de despedirse el tan delicado Miguel Teubal, mi buen amigo Michel.


Nos conocimos en un día incierto de fines de 1976, en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, exiliados los dos. Quien nos presentó fue Eduardo Galeano, exiliado también, pero en Calella, un pueblo vecino a Barcelona.

Las manifestaciones de las academias y órganos de investigaciones, de la Clacso al Conicet, y pasando por todas las demás y muchas instituciones que destacan las altísimas calidades del economista, son más que justas y válidas.

Teubal fue un ícono del análisis de la situación agraria no solo de Argentina, pero de todos nuestros países. Hizo pronósticos que en su momento sonaron como alarmistas, y luego se confirmaron como reales, concretos y asustadores.

Que digan, pues, de sus altísimas calidades académicas.

Yo me quedo con la memoria de un amigo entrañable, y cuento que me siento huérfano de un hermano.

Nos conocimos, como dije, en nuestros respectivos exilios ibéricos. Poco después, Michel se fue con Norma y sus chicos a Inglaterra. A estudiar, siempre y siempre. Y luego se mudó a México. Allí nos reencontramos, en septiembre de 1979, cuando me mudé de Madrid para el país de Juan Rulfo. Y nunca más nos despegamos.

Nuestros hijos crecieron juntos. Julián, mí Felipe y Emilio Teubal tienen una diferencia ínfima de edades, como una escalerita de niños. Y seguimos por la vida como una especie de gran familia.

En 2015, la inmensa socióloga especializada en temas rurales, con énfasis para los grupos originarios, Norma Giarraca, su compañera de toda la vida, se fue.

Y ahora se va él.

Seguirán juntos para siempre, como siempre estuvieron.

Leo y releo los comunicados y manifestaciones de dolor, y en ninguno de ellos he visto un costado de la vida de Michel que lo apasionaba tanto: su vertiente musical.

Sí, sí, el inmenso, enorme economista, se dedicaba también a la música erudita, y con un talento generoso que alguna vez será reconocido.

Pero ahora nada de eso importa.

Se fue Miguel Teubal, se fue el Michel que habitó mi vida, y la de Martha, mi compañera, y la de Felipe, nuestro hijo, a lo largo de casi medio siglo.

Y otro hueco del tamaño del mundo se abre en mi pecho.

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