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Opinión del Lector

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Los aviones de la derecha

Eduardo Aliverti

Eduardo Aliverti

Persistentes convulsiones oficialistas y desmesura en la agresividad opositora continúan signando al escenario político.

Ya no se trata de una coyuntura, sino de factores estructurales.


Al Gobierno lo rodea una atmósfera muy espesa.

La semana tuvo picos de incertidumbre renovada acerca de qué ocurrirá con el manejo de las divisas entrantes y salientes; bonos en moneda local derrumbados, con firmes indicios de operaciones y movidas desde actores del frente cambiemita; expectativas de riesgo múltiple sobre cómo las autoridades serán capaces de afrontar próximos vencimientos (en pesos, por cierto).

Y en primer término, índices inflacionarios sin horizonte de rebajas sustanciales.

Economistas y especialistas a derecha e izquierda son coincidentes: el arreglo con el FMI es prácticamente letra muerta, a partir de las nuevas condiciones internacionales generadas por la guerra, pero eso no significa que Argentina sabrá aprovechar la oportunidad de proveerse y proveer lo que produce.

La coalición gobernante, que lo es a pesar de su internismo agotador porque, que se sepa, no se fue nadie, sigue presa de una ausencia total de debate ideológico; de caracterización de la etapa que se vive; de cómo superar ejecutivamente problemas intestinos que no están, ni de lejos, a la altura de grandes rumbos y decisiones frente a los que -dicho hasta el cansancio- aquello que une puede y debe ser mucho más que lo que separa.

Si fuera posible despejar miradas cortas y ubicarse en algunas o varias más profundas, un desafiante articulo del sociólogo Ricardo Rouvier, en La [email protected]ñe, plantea que el peronismo está desapareciendo, tanto en lo cuantitativo como en su influencia en el sentido común.

Señala que este drenaje comenzó en los menores de 40 años (y no sólo, cabría agregar). Pasa en los segmentos más sensibles a las transformaciones provocadas por el neoliberalismo.

Es muy interesante su cita del propio Perón, en abril del ´74, en torno de que la evolución marcha con la velocidad de los medios técnicos que la impulsan.

Y, basado en Actualización Doctrinaria, de 1971, también del creador del Justicialismo, su señalamiento de que la adecuación no siempre se da porque, a veces, las ideas se mantienen al margen de su obsolescencia como una idealización de la realidad.

Desde ya, “no es lo mismo un gobierno del Frente de Todos que un gobierno de Macri, porque contar con el gobierno coloca al peronismo al borde sus propias contradicciones, (…) frente a los desafíos del poder real. (…) En la gestión no basta con ganar. Hay que consolidar una mayoría. Y es imposible construir esa mayoría considerando que fuera del 30 por ciento (del electorado presuntamente firme), todos son culpables”.

Otro apunte relevante es que el peronismo, en su razón de ser, debería impulsar su arma estratégica decisiva: la participación popular. En lugar de eso, promueve una burocracia paralizante.

“Es paradójico que aquello que nació para terminar con la República Oligárquica se convierta en un nuevo estamento burocrático, seducido por el consumo; privilegiado y encerrado en su castillo”.

Y es por allí donde se cuela la comodidad de una derecha bruta, berreta, insaciable, que no tiene mayores inconvenientes a la hora de propagandizar que hará todo lo que ya hizo pero más rápido.

Una derecha que se pavonea con sus parlantes dirigenciales y mediáticos, alentando delirios que deberían exceder todo análisis serio.

Aun en estos días de dólar sacudido, del registro inflacionario de mayo, de los mercados financieros alterados y de polémicas sobre la segmentación tarifaria, la agenda de los medios dominantes destinó títulos principales y cataratas de artículos, comentarios, chascarrillos, “denuncias”, gestos adustos e indignados, respecto de una novelita insostenible. La del avión venezolano detenido en Ezeiza.

Como bien lo sintetizó una de las notas que Raúl Kollmann dedicó al tema en Página/12, todas las sospechas lanzadas sobre la nave de Emtrasur no encuentran todavía coincidencia alguna con los hechos constatados.

Ni pedidos de captura sobre los tripulantes iraníes, ni que las inspecciones hallaran irregularidades de cierto tipo, ni nada de nada.

Y como si fuera poco, el informe de Interpol, el jueves pasado, ratifica que no hay ningún sospechoso. Nadie relacionado con organizaciones terroristas, ni con solicitud de detención, ni con alertas rojas.

Un avión que siempre estuvo bajo control satelital. Y cuyo paso por Ciudad del Este, en Paraguay, se produjo durante otro vuelo, hace más de un mes, para retirar una carga de cigarrillos provista por Horacio Cartes, íntimo amigo de Mauricio Macri y portador de graves acusaciones como contrabandista connotado.

No es descartable que algún estamento judicial, de los propensos a obedecer o seguir a pie juntillas las indicaciones de la(s) Embajada(s), le encuentre el pelo al huevo.

En estas horas se supo de un informe del FBI con antecedentes y vinculaciones que esa agencia estadounidense le asigna al piloto, y el juzgado decidió avanzar sobre la hipótesis de que uno o varios de los tripulantes pudieron haber llegado aquí con objetivos diferentes al transporte de autopartes.

Es que, como asimismo señala Kollmann, nunca se sabe lo que las derechas de Washington e Israel (un oxímoron), la CIA y el Mossad pueden sacar de la galera. La alianza política, mediática y judicial se dirige a crear el clima de peligro: cualquier cosa que venga de Caracas o Teherán es una amenaza, que sirve para volver a poner sobre el tapete el Eje del Mal de Irán-Venezuela.

De todas formas, si acaso los datos objetivos pudieran apartarse, es de Benny Hill, o de Saborido y Capusotto, que se esparza o que alguien sea capaz de imaginar riesgo terrorista en la presencia de un avión con todas las cámaras enfocándolo; con sus integrantes alojados en un hotel haciendo huevo; como si un Jumbo, que no tiene a dónde ir sin ser detectado, fuese un pequeño avión que busca aterrizar a escondidas para descargar algo ilegal.

Hay quienes lo saben; quienes como mucho lo conocen y quienes no se preocupan en lo más mínimo por el asunto que fuere: desde la introducción de la posverdad como signo de estos tiempos, cuando no cuentan los datos fríos, secos, sino y exclusivamente el manipuleo que se hace de ellos, todo pescado podrido puede alcanzar rango de información verosímil.

Sin perjuicio de eso, ya que quieren hablar de violencias y violaciones institucionales, podrían admitir el recordatorio del 16 de junio de 1955.

El mayor atentado terrorista de la historia argentina, sobre la Plaza de Mayo, a cargo de otros aviones. Los de la Marina de Guerra. Cinco horas de bombardeo, catorce toneladas de bombas, ametrallamientos sobre civiles desarmados. Más de 350 muertos, 800 heridos y cerca de cien mutilados.

Fue el aviso asesino de las Fuerzas Armadas, hace 67 años, sobre el derrocamiento de Perón que se produciría a los pocos meses.

Fue el preanuncio del terrorismo de Estado.

De esos aviones no hablan los perpetuadores del odio.

P/D: hablando de lo que no se habla, es vomitivo que, salvo este diario que ubicó al tema como centro de su portada, de Cristina que lo referenció, y de otras escasísimas excepciones, no haya habido énfasis sobre la decisión británica de extraditar a Julian Assange a los Estados Unidos. En efecto, es un mensaje escalofriante a los periodistas de investigación de todo el mundo. Por acá, al menos aunque no solamente (¿dónde hubo o habrá “I am Assange”, o “Je suis Assange”, desde convocatorias masivas?) tamaña cuestión fue despachada a lugares alejados de la prédica “profesional” del… periodismo independiente. Por algo será.

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