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Opinión del Lector

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La ciudad dorada

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Enrique Medina

Enrique Medina

Mientras se fuma un porro chupando whisky, Hormiga Verde recuerda una película que vio semanas atrás y que aún la tiene clavada en la cabeza. Trataba sobre la decadencia de un boxeador. Le gustó, a pesar de que la historia era muy depresiva. Recapacita que el título no tiene nada que ver con lo que se cuenta. La Ciudad Dorada… Nada dorado hay dentro de la peli... Un boxeador que bien pudo haber sido su padre, al que nunca conoció, pero de quien tiene una fotito guardada en algún lado. La buscó. Mostrársela a la Flaca para que ella sepa que él también tiene familia, o tuvo. La Flaca se puso contenta cuando él le dijo que sería corredor de autos. Te sentirás orgullosa de tener un marido campeón de fórmula uno. Ella le devolvió una sonrisa tan linda que él aún la guarda en el corazón. Muy duras eran las peleas de la peli. En el final, su padre, digamos, desde la mesa del boliche, mira al barman chino, allá, detrás de la barra; pero nadie habla; eso. Hormiga Verde se enlaza la bufanda y abrocha el abrigo. Apaga la computadora donde estaba viendo un portal porno. Guarda el barbijo en el bolsillo de la camisa. En la mochila que le cuelga del hombro mete al gato. Le pone la correa al perro. Sale a la calle para que los animales paseen y hagan sus necesidades. Hay cartoneros empujando sus carros, revisando la basura. Suelta el gato. Los tres se apoderan de la vereda. El perro caga; como no hay nadie a la vista, Hormiga Verde no levanta el desecho. Cuando el gato percibe algo amenazador, pega un salto a los brazos del amo; pasado el peligro torna a saltar a la vereda. Allí viene la encorvada vieja con su perrito; morirá triste, sin dejar recuerdos. Se saludan. Él pone cara de escuchar lo que ella le dice. Los perros se huelen el culo. Se despiden. Sigue unas cuadras más donde están los travestis. Se acerca al que fuma en la esquina. Paga unos sobrecitos de cocaína. Vuelve a la pieza. Al otro día, cumpliendo el plan de Goyo, mete el revólver en la campera y sube al auto para buscar a sus amigos. La lluvia anunciada ya se huele. Es una pena, porque se puso el jogging para correr un poco luego del trabajito. Primero levanta a Chupete, con su infaltable barbijo; cinco cuadras más allá, al Goyo. Mientras viajan, para ablandarse charlan de los detalles a cumplir y de la tormenta anunciada. Al cabo de un tiempo, Llegan. Sólo Hormiga Verde aspira cocaína, él se queda y Goyo y Chupete descienden del auto con los papeles de la encuesta. Tocan el timbre. Abre la mujer; antes de que tome conciencia de la situación es forzada hacia el interior de la casa. Pistola en mano, el Goyo, entre las súplicas de ella y la fulgurante voz del cantor de tangos que emite la radio, se sorprende al ver dos hombres merendando. Esto no figuraba en el plan. Rápido, el Goyo se anticipa juicioso: -Solamente queremos los dólares y toda la guita. La guita, y los dólares, y no lastima­mos a nadie, ¿eh?... Como si la escena se desarrollara en un recinto di­plomático, los hombres aceptan la realidad. La aceptan con tan sencilla calma, que los asaltantes no recelan. La mujer, muda del susto, se acomoda en un sillón. El gordo pide sólo respeto, y el pelado expresa que él sabe perder. Los muchachos se sienten seguros porque están entregados a la ideología de las armas. Reinaldo, el gordo, calma a su mujer; con las manos en alto admite que todo está bien, muchachos… El pelado va a la pieza a buscar el dinero y los dólares. Ni Goyo ni Chupete lo acompañan, se sienten seguros con los rehenes. Ganador, el Goyo arrebata una medialuna de la mesa y cuando el sabor de la grasa-dulce se apodera de su paladar, reaparece el pelado con una carabina de repetición. El mérito es de quien empieza. Los balazos suenan como martillazos rabiosos. Chupete es herido y el Goyo dispara con su pistola hiriendo en el brazo al pelado. Alcanzada por una bala perdida, la mujer se zambulle en la cocina. El gordo sorprende con el buen uso de una pistola inesperada, reluciente y categórica. Afuera, esperando dentro del auto, Hormiga Verde escucha los disparos, éstos se extienden al discrepar con la paz del barrio; llama por el celular sin que atiendan. El Gordo se tirotea con el Goyo. Un tiro de la carabina le da a Chupete y lo obliga a soltar el arma. Los dos asaltantes escapan. El Gordo Reinaldo y el Pelado los siguen y ven que se dirigen al auto estacionado enfrente. El Pelado le dispara al que sin duda es el campana que, a su vez, hace lo propio. Al ver que Hormiga Verde está en dificultades, el Goyo y Chupete sa­ben que cada uno debe arreglárselas por su cuenta y cambian de meta corriendo y chorreando sangre como si estuvieran siendo acosados por una estampida de bes­tias prehistóricas. El Pelado los sigue detrás, puteándolos y apretando el gatillo con saña. Hormiga Verde sufre algo que no define; irreflexivamente, lo mismo que el boxeador ya nocaut, logra ponerse de pie y sonríe; sólo por instinto se precipita hacia el lado opuesto al de sus compañeros. El Gordo Reinaldo le acierta el segundo balazo y corre a meterse en la casa para saber de su mujer. El Pelado no deja de disparar su carabina. Sin decorados acorde, Goyo y Chupete caen sin estética, muy deslucidos. Satisfecho por el logro, el Pelado corre a meterse en la casa para pedirle al Gordo que le haga rápido un torniquete en el brazo. A cuadras de distancia, identifi­cado como aerobista por su ropa deportiva, jadean­do con la boca muy abierta, Hormiga Verde siente las piernas como ramas secas. Un hombre, impecable en su capote, de sombrero y maletín, abre el paraguas; camina erguido, indiferente y digno. No tiene rostro. ¿Quién es? ¿El boxeador derrotado de la película?... La lluvia se descarga con relámpagos y truenos rimbombantes. Hormiga Verde sigue andando y llega a su infancia, donde ve un chico corriendo, siempre corriendo sin dejar de correr, o eso cree, porque sus manos temblorosas no pueden evitar que su rostro golpee feo el asfalto… Intenta moverse, el esfuerzo duele tanto que casi recuerda donde guardó la fotito del padre. Consigue situarse frente a la Flaca que, extraño, no le sonríe. ¿Estoy dormido, borracho, drogado? ¿Esto es cierto o es un sueño? El cuerpo se sacude manteado por toros excitados. Se aprieta el pecho porque el dolor es insaciable. Para aplacarlo le pide a la Flaca que vuelva a sonreír y le aclare, ya, antes de que todo sea sólo sangre y agua, agua que moja la calle y disimula el llanto, que le explique ¿por qué esa puta película… Un letal olor y una distraída entereza, se destruyen recíprocamente. La suave invasión disolvente llena el espacio…

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