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Opinión del Lector

Horacio González, el último romántico nacional popular

Mario Wainfeld

Por Mario Wainfeld

"Fue el intelectual- militante-ensayista-docente que amó a la Argentina en colores, con relieve, de modo tormentoso y pasional. Que la pintó tal como era sin falsas piedades, slogans ni ocultamientos. Fue un patriota sin chauvinismos ni sobreactuaciones".

Pasó por las Cátedras nacionales, por numerosas revistas, dirigió la Biblioteca Nacional. Daba la impresión de haber leído todos los libros de sus anaqueles, cuanto menos todos los que valían la pena. En una de esas no era exactamente así pero se “leyó todo”. Comprendía los libros como nadie (no digo “mejor” sino “distinto”), los recontaba como si los estuviera escribiendo él. Escribió profusa e incansablemente, aun en los años postreros desafiando los crudos límites que le ponía su salud.

Siempre fue brillante, desde los 60, con un pensamiento arbóreo. Enarboló una bella coherencia, decir lo mismo sin repetirse textualmente jamás.

Solo una persona sabía ser más profunda, atrapante y única que Horacio González escribiendo: era Horacio González hablando. Miraba hacia arriba, como buscando la inspiración que le sobraba, se apretaba las manos, sonreía con asidua franqueza. Llevaba a sus auditorios (en aulas, actos, cafés, unidades básicas, sitios más pomposos, en la pura calle) como una Scheherezade nacional y popular. Navegaba de Marechal a Gombrowicz. Recordaba a David Viñas yendo como fiscal electoral para tomar el voto de Evita. Daba una vuelta por Martín Fierro, Gardel. Miraba el Nunca Más y retrataba como nadie a Ernesto Sábato, liado en la semblanza con Albert Camus y Jean Paul Sartre.

Fue, se lo dije años atrás, el último romántico. El intelectual- militante-ensayista-docente que amó a la Argentina en colores, con relieve, de modo tormentoso y pasional. Que la pintó tal como era sin falsas piedades, slogans ni ocultamientos. Fue un patriota sin chauvinismos ni sobreactuaciones.

* * *

Abrazó y se alejó del peronismo tantas veces como le pareció necesario. Muchas, pues. Lo conocí personalmente en los 80, con el regreso de la democracia: no le calzaba el peronismo renovador, con sus reglas, sus trajes, sus concesiones. Encuadrarse era un bodrio para Horacio, díscolo e inorgánico. En aquel siglo XX era imposible imaginar al González del siglo XXI, el de Carta Abierta embanderado con un gobierno, jugándose en público para defenderlo. Ni menos que menos, a cargo de la Biblioteca manejando horarios, burocracias, presupuestos, negociaciones con los sindicatos.

La densidad de la etapa histórica lo llevó a mutar, a transfigurarse. El rebelde amaba más a la patria que a sus hábitos. Trascendió su idiosincrasia, se adaptó a una misión. Siempre había hecho política, decidió practicarla en otros terrenos.

Acalló a los escépticos: fue un gran director de la Biblioteca, transformada en un hogar para la cultura, la polémica, la diversidad. Se reía a carcajadas de sí mismo viéndose en ese rol pero no lo tomaba en joda.

* * *

Una famosa vez se opuso a que Mario Vargas Llosa abriera la Feria del Libro. Lo justificó con argumentos ricos, subrayó que ese honor se le venía reconociendo a grandes escritores argentinos: Ricardo Piglia, Tomás Eloy Martínez, Griselda Gambaro, Angélica Gorosdischer. La que se armó… la derecha autóctona le cayó en bandada, maltratándolo hasta por su vestimenta.

El intelectual-militante esgrimía razones certeras, vistosas, fundadas. El funcionario, quizá, debía ser más cauto. La entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner lo llamó, se lo señaló, con firme delicadeza. Lo charlaron, Horacio se rectificó en público. La anécdota habla bien de ambos: de la mandataria que le conversó con respeto y del hombre libre que había encontrado una causa.

* * *

Durante años participamos en una revista libro llamada UNIDOS. Me cupo editarla, junto a Arturo Armada, y dirigirla un tiempo tras la renuncia de su creador, Carlos Chacho Alvarez.

Era un publicación trimestral, más o menos. Había margen y voluntad para artículos largos. Cierres laxos hasta el absurdo. Horacio acostumbraba a llegar último con originales tipeados a máquina, a veces en hojas de cuaderno con tachaduras, agregados. Excediendo los plazos y las pautas de extensión. Editar a González, una quimera. La revista se estiraba, entre rezongos. Pero mejor eso que mocharle unas líneas.

Quedaron ahí páginas memorables y, ay, olvidadas como el mejor texto que he leído sobre la correspondencia Perón - Cooke (“La revolución en tinta limón”). También ahí descubrió tempranamente, de volea, al Pino Solanas de la recuperación democrática. Otro talento nacional, de lenguajes, énfasis y miradas en apariencias diferentes.

Escritor infatigable, era capaz de moverse hacia la textualidad. Un reportaje a David Viñas en la Revista El Ojo Mocho transcribía una charla completa, tal como conversada, tal como desgrabada. En una de esas se cortaba la luz. Viñas preguntaba qué pasó, le explicaban. “Causalismo” o algo así decía Viñas y seguían parlando. En ese formato (o género) refulgía un Horacio tan auténtico como el obsesivo retocador de sus textos, como el comunicador que no se privaba de decir “superchería” en una asamblea de Carta Abierta.

* * *

Se comentaba a veces que sus textos eran difíciles, de tan frondosos, eruditos, barrocos. Recorridos demasiado largos, poco complacientes con la pereza o la ansiedad de los lectores. Yo mismo, pecador, le discutí al respecto alguna vez, siglos atrás en las circunstancias contadas líneas arriba. Pero hoy, en la despedida, es sencillo entender quién fue Horacio, qué significa su obra, su trayectoria, su legado. Ver replicada su imagen en la notable cantidad de personas que se consideran sus discípulas, más allá de detalles técnicos. Enseñó y contagió rigor, amor al saber, a la escritura, a la elocuencia, a la política.

La sabiduría versátil de Horacio y su feliz prodigalidad para compartirla estimulaban a emularlo, una simpática misión filo imposible. Todos los que anduvimos cerca de él corríamos el riesgo de ser sus Salieris. Pero era imposible envidiarlo porque Horacio era inherentemente dulce, amigable, cálido en el trato. Un seductor de suma positiva: uno de esos tipos que se hacía querer porque quería.

En algún sitio llevaba adentro al pibe de barrio que fue a la universidad y escribió su propia biblioteca. Fue un compañero y un amigo querible, afectuoso. Eso se le entendía fácil.

Luchó durante semanas, con la fuerza que lo caracterizó. Liliana Herrero, la compañera que merecía, su pareja durante décadas, otra argentina descollante, creativa y sublime, veló por él todo lo cerca que pudo en esta pandemia atroz. A ella, a la familia, a cientos que se saben sus seguidores, un abrazo fuerte.

A vos, Horacio, referente, compañero y amigo, espero haberte transmitido en vida lo que ahora escribo con un dolor que no sé contar.

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