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Opinión del Lector

El vacío de la marcha opositora y la necesidad de no confundirse

Eduardo Aliverti

Por Eduardo Aliverti

El fracaso atronador y quizá llamativo de la convocatoria opositora al “27F” no debe cambiar un aspecto relevante dejado por el viernes negro.

Las sedes para juntarse prácticamente vacías; la Plaza de Mayo que ni siquiera pudieron cubrir en forma abigarrada hasta la Pirámide; el desprejuicio de cronistas y títulos de portada, que hablaron de “marcha masiva”, pueden crear el supuesto de que, después de todo, el “vacunagate” (y su ensamble con las condenas a los Báez, con Cristina como telón de fondo) es una inflación mediática.

La repugnancia por las bolsas cadavéricas con nombres propios fue tomada, en varios comentarios de partidarios del Gobierno, cual símbolo de quiénes eran los manifestantes (¿hacía falta corroborarlo?) y de que ellos también son capaces de balearse sus rodillas (como si les importara).

Francamente, es un consuelo vacuo.

No parecería que hay mucho más que hablar, pero sí esperar y esencialmente actuar, en medio de la sacudida que afronta el Gobierno.

Puede llamársele crisis grave, o la más seria desde que asumió, o la más riesgosa, o como se prefiera.

La dimensión del impacto sólo tendrá como contrapartida lo que vaya a ocurrir con dos núcleos.

Uno es el rebote económico, mientras se sienta en los bolsillos populares.

Está lejos de ser lo mismo que los números de la macroeconomía doméstica muestren cierta recuperación, por el lado de la oferta; y que haya una percepción real en los bolsillos de sectores bajos y medios, más jubilados, por el costado de la demanda.

El otro elemento es que las vacunas se precipiten y que su aplicación sea extendida, como sucede en la provincia de Buenos Aires dentro de lo que (le) permite la entrega de vacunas.

Si se yerra en ambos desafíos, e inclusive en uno solo, pasará o podría pasar que se magnificará la incidencia decisiva del escándalo. O de los alborotos “institucionales” que sobrevengan.

Si ocurre lo contrario, el caso podrá mutar a episodio traumático, relativamente distante, porque “la gente” tiene memoria corta.

En cualquiera de las dos hipótesis, algo subsistirá en forma ejemplar.

Detengámonos en la indignación causada --entre quienes manifiestan su apoyo, simpatía o apego restricto al Frente de Todos-- por la manera extrema, despreciable, con que el conjunto opositor aprovecha esa tremenda falla derivada en lo instalado como vacunación vip.

El calificativo, “tremenda”, puede merecer algún reparo comprensible o justificable porque objetivamente, en lo cuantitativo (subráyese: cuantitativo), el oprobio de los acomodos oficiales para vacunarse alcanza, pongámosle, a unas decenas de funcionarios y amigotes. No más.

Es decir: no estamos ante una mecánica ensanchada hasta el límite de perjudicar a medio mundo en el programa de vacunación previsto, más allá de las dudas a que éste invite la llegada, todavía en cuentagotas, de las dosis requeridas para un alcance de proyección masiva.

Pero lo cierto es que eso ya no cuenta como señalamiento eficaz.

Lo único que importa o parecería importar es que son todos la misma mierda, así el Gobierno haya reaccionado con dolor, velozmente, exigiendo la renuncia indeclinable de Ginés a las pocas horas del incendio. Que volvieron para ser peores. Que, si esto es lo develado, la realidad de los favorecidos debe ser muchísimo peor.

Y que, en síntesis, no hay forma de levantar la sospecha generalizada.

Los productores de rabia, entre quienes apoyan al Gobierno, son el disparo a los pies y la obviedad de aquellos que levantan el dedo acusador de la moralina detergente.

Repasar nombres es, asimismo, de una elementalidad que agobia.

¿Mauricio Macri cita inequidad y observaciones éticas? ¿Elisa Carrió vuelve a aspirar al rol de fiscal de la República, tras haber acusado al Presidente por la pretensión de envenenar al país? ¿Los oligopolios mediáticos y uno de ellos en particular, que continúa desobedeciendo como si nada fuese la pauta tarifaria del servicio de cable e internet, en una repugnante tocada de trasero a las disposiciones oficiales, se encolerizan contra una vacunación digitada?

Hay derecho anímico a no tolerar que ofrezcan lecciones impolutas los promotores del odio de clase; de la destrucción sistemática del país en términos de herencia y redistribución de la riqueza, y del aprovechamiento corporativo de sus prerrogativas.

Pero hay también la obligación política de no descansar allí, desde quienes sí expresan o tienen razones para esperanzarse en algo diferente, por fuera de que la corrupción y el ventajerismo son fenómenos universales de los que no está exento ningún gobierno, de ninguna parte, de ninguna época.

Lo que se advierte en medios, colegas y opinadores de inclinación pro-gubernamental, manifiesta o moderada, es que responden a las imputaciones opositoras marcando sus andanzas similares o, como lo son, muchísimo peores.

Que el Gobierno de CABA privatizó de hecho una parte de la distribución de las vacunas (sin perjuicio de que, desde ya, debería ser un affaire de proporciones aun mayores). Que hay comités de los radicales donde se vacuna con las trampas sólo adjudicadas a La Cámpora. Que en las gobernaciones cambiemitas pasa otro tanto.

Nada de eso sirve, pero no solamente porque una acusación --del tipo que fuere-- no resiste ser contrastada mediante otra de signo tan inverso como idéntico, siendo que, en el mismo lodo, todos manoseados.

No resiste porque no puede cometerse la ingenua irresponsabilidad política de pretender que a un gobierno de dirección popular le será exigido, “moralmente”, lo mismo que a uno representante de los intereses de las minorías del auténtico privilegio.

Es bastante o mucho de lo que escribió Jorge Halperín, en su columna de Página/12, el miércoles pasado, acerca de por qué a ellos, al establishment, a los mediáticos de la vara moral desde derecha, no les entran (o entrarían) las balas.

“¿Acusan desde el Gobierno y desde el peronismo a los formadores de precios por la inflación? Bueno, la narrativa individualista piensa que un empresario hace lo que tiene que hacer, su búsqueda de ganancia, y no se le puede pedir sensibilidad social. Está para otra cosa. El es nuestro salvador porque crea riqueza. Todas las picardías que cometa en el camino son parte de su manual del triunfador. Pero, si el Gobierno actúa contra los formadores de precios, no dirán que el Estado hace lo que debe hacer, sino que comete un atentado contra la libertad y que castiga a los inversores (...) En esta visión, los pobres, en cambio, son incapaces de proveer a sus necesidades. Son protegidos por el Estado con nuestros impuestos. ¿Por qué conceder a esos 'mantenidos' un lugar similar al de aquellos que crean la riqueza?”.

En forma análoga, el escrito de Edgardo Mocca en su última publicación en El Destape señala que “no se trata de sobreactuar el reproche moral a las personas responsables, sino de mensurar con inteligencia política lo sucedido y aprovecharlo para elevar las exigencias a lxs políticxs que en esta etapa cumplen funciones de gobierno. No sirve para nada el recurso de comparar esta gestión de gobierno con la anterior, que fue políticamente inmoral en toda su práctica (...) El caos generado en la ciudad de Buenos Aires con la vacunación de un sector de riesgo de la población, por la negligencia de su gobierno, no debe ser utilizado para igualar hacia abajo (...) Tal vez sea una ocasión propicia para una suerte de relanzamiento del gobierno del Frente de Todos, orientado a aumentar la eficacia en el cumplimiento de los compromisos asumidos con el pueblo. Está haciendo falta un impulso de la capacidad política, forma superior de la moral”.

Esa instancia superadora patentiza que sí deba sobreactuarse lo imperativo de la ética individual en funciones de Estado (y de la acción política en general), siempre y una vez que se recuperó el gobierno que lo administra.

A la primera de cambio, como acaba de suceder, se prueba que no hay espacio para transgresión alguna por más nimia que aparente.

Como indicó un forista de este diario que también tiene a mano a Jorge Alemán, los progresismos están obligados a ser perfectos. Nunca lo serán por la imposibilidad fáctica de que eso exista, pero los recaudos deben tenerlo fresco como horizonte.

Involucra a la militancia en todas sus demostraciones; al cuidado en no ser displicentes siquiera en la utilización de las redes; a evitar el canchereo porque, total, “nos pegarán de cualquier manera”; a exhibir recato de articulación entre lo que se dice ser y la forma de mostrar que en efecto se lo es.

Nadie aspira a que la derecha lo haga, porque no lo necesita.

Nadie votó a Macri creyendo que es un tipo honesto, y nadie votará a sus sucedáneos calculando que lo serán.

Quienes votan derecha no aspiran a ejemplos morales.

Quienes votan y dicen proceder para otra cosa, desde el lugar ideológico o político que sea en el terreno hacia izquierda, primero deben demostrar con sus actitudes que así lo son.

Y quien no entienda eso, menos que menos entenderá de qué se trata una parte fundamental de la correlación de fuerzas: construir un campo simbólico, comunicacional, gestual, verdaderamente distinto.

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