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Opinión del Lector

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El modelo Milei y el Rolls Royce de Tevez

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José Luis Lanao

José Luis Lanao

Hace unos meses se cumplían 50 años del ensayo que mudó la piel del capitalismo contemporáneo: The Social Responsability of Businnes is Increase its Profists, de Milton Friedman. La publicación sentó las bases del neoliberalismo moderno, del pensamiento único de la nueva modernidad. Una historia de dos siglos, desde que Adan Smith, padre del liberalismo económico, sentara las bases en su “Teoría de los Sentimientos Morales” (1759) y “La Riqueza de las Naciones” (1776). Un camino de largo recorrido desde el capitalismo clásico hasta el neocapitalismo de hoy, inteligentemente diseñado para que las mayorías acumulen cosas y las minorías acumulen capital. Ingenioso. Luego está Javier Milei. Esa abstracción. Líder del liberalismo “genital”. Ese amasijo de políticos que te hablan desde los genitales, mientras se palpan el colgajo para ver si están en su sitio.

Caudillos de mirada faústica, poseedores de una rabia transversal de clase, de furia de perro lobo. El ex arquero de Chacarita, acostumbrado a peinarse detrás de un F-16, es el nuevo Prometeo del viejo liberalismo. Se encumbra en la cima de la “realpolitik” desde el odio al otro. El otro, el supuestamente distinto, siempre es culpable. En este subgénero de la ficción política, lo que mejor vende Milei es el miedo. La ecuación no falla: pobre, chorro, y subsidiado. De verdad, pobre gente. Entre la jornada laboral, la burocracia, y la delictiva no les debe quedar tiempo para nada. El ex futbolista “funebrero” se define “liberal” a secas. Lo que se conoce -cuando se lo escucha- como extrema derecha a secas, la de siempre, asociada al gran capital y al capitalismo de vigilancia. Es entonces cuando Milei se pone bajo los tres palos para defender su “nuevo liberalismo”.

Ningún ámbito materializa la soberanía de la seducción con tanta fuerza como la economía consumista. Las lógicas de estimulación de deseos y las lógicas emocionales son las que organizan el universo “tecnocomercial”. Todo se hace para atraer al consumidor, cortejarlos, entretenerlos, hacer que la gente sueñe, tentar sus afectos. El capitalismo de consumo, y de la imagen, no es más que un capitalismo de seducción. Ser, para ser visto. La competición es por lograr más ojos en tanto canjeables como nueva forma de valor. Una suerte de purgatorio en esta carrera obsesiva por mostrarnos. Esas demandas del ego que nos sugiere que ya no somos nosotros, ya somos otros.

Es entonces cuando uno comprende por qué Carlos Tevez se sube a un Rolls-Royce para darse un paseo por Fuerte Apache. No se puede dejar de “ser”, si se quiere seguir siendo. De vernos socialmente obligados a ser vistos, a ser y dejar de ser desde la mirada del otro. Es una forma de acabar con la dimensión social del individuo, al colocar el ego en el centro de la escena. Interesa que participemos del circuito de control global, que al compartir lo que hacemos, la rueda gire, dejemos rastros, y esto exija a otros a pronunciarse. Portar el poder de dejar huellas y datos para pronosticarnos, siendo parte activa de los modos de control y de productividad. Hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, hemos sustituido la centralidad del acto de leer por el acto de mirar. En esa sumisión colectiva está el núcleo de la modernidad. La ceguera de un mundo hipervisibilizado, donde se complica detener la mirada y profundizar en ella. Donde cascadas de odio, y de mentiras, convierten toda realidad en sospechosa.

El ex arquero Milei y el ex delantero Tevez son la causa y la consecuencia de un mismo modelo. La causa y el efecto de un sistema de dominación sostenido en el deseo, en el control, en la imagen, y el consumo. Una especie de golpe incruento, sin tanques en las calles, aparentemente indoloro y parasitario, pero que llega al fondo de lo que pretende: la dependencia masiva de las obsesiones que nos inyecta.

(*) Ex jugador de Vélez, y campeón del Mundo Tokio 1979.

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