Por Daniel V. González
Los furiosos ataques del Presidente contra John Maynard Keynes podrían hacernos pensar en una batalla interior entre el Milei que proclama su liberalismo extremo y dogmático por todo el mundo y una realidad local en la que él infringe las teorías a las que dice adherir.
En su libro Apologías y rechazos, Ernesto Sábato sostiene que el énfasis y aun la ferocidad puestos por Sarmiento en sus argumentaciones contra la barbarie denunciaban en realidad una lucha interior: el sanjuanino combatía también al bárbaro que tenía dentro de él.
Mutatis mutandis, los furiosos ataques del presidente Javier Milei contra John Maynard Keynes podrían hacernos pensar en la presencia de un mecanismo psicológico similar, en una batalla interior entre el Milei que proclama su liberalismo extremo y dogmático por todo el mundo y una realidad local en la que él infringe, en algunos capítulos determinantes, las teorías a las que dice adherir.
Keynes es conocido por sus ideas más difundidas a las que se les atribuye haber logrado superar en el menor tiempo posible la crisis que estalló en la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929.
Para el marxismo, el crack se debió –como las recesiones anteriores, circunscriptas a Europa– a la polarización de la riqueza, a la debilidad de la demanda que no alcanzaba para consumir la creciente producción. Las llamaban “crisis de sobreproducción”.
La idea de estimular la demanda por distintos medios, en circunstancias similares, es anterior a Keynes. En su principal obra sobre el tema, su Teoría general sobre la ocupación, el interés y el dinero, el economista británico explica la racionalidad de la expansión de la demanda en esas situaciones de crisis.
Cuando estalló la crisis de 1929 y sus primeros efectos llegaron a la Argentina, el presidente Hipólito Yrigoyen inmediatamente dispuso expandir la obra pública para de ese modo, a través del gasto estatal, paliar las consecuencias de una recesión que ya afectaba al país.
La ampliación del gasto público es una respuesta casi instintiva a las situaciones puntuales de recesión económica.
Ni qué decir de Agustín P. Justo, que sucedió al líder radical. Ante las circunstancias extraordinarias, su gobierno prescindió del liberalismo y abrazó diversos modos de proteccionismo, a tono con la situación que le tocaba enfrentar.
Corto y largo plazo
Por supuesto que medidas como las propuestas por Keynes reciben como objeción inexorable, y altamente razonable, que debe pensarse sobre las consecuencias que pueden acarrear en el largo plazo.
En algún momento, una década antes de la publicación de la Teoría General, Keynes respondió con su famosa frase: “En el largo plazo estaremos todos muertos”. Con esto quería enfatizar que el gobierno debía hacer algo para enfrentar las crisis y que estas no necesariamente se arreglarían por el libre juego de la economía.
El populismo adora a Keynes aferrándose con uñas y dientes a esa frase. Pues de eso se trata el populismo, de izquierda o de derecha: suprimir el largo plazo y quemar todos los recursos en el puro presente, sin importar las consecuencias futuras.
De ese modo genera un bienestar transitorio, insostenible a lo largo del tiempo pero que le permite gozar de grandes adhesiones para prolongar su permanencia en el poder.
El populismo transforma en política permanente lo que en Keynes es una respuesta a una situación puntual, específica y, además, grave.
Con motivo del 80° aniversario del fallecimiento de Keynes, el Presidente publicó en un diario porteño una columna de rechazo a sus políticas. Una nueva ocasión para que expusiera su obsesión con el economista inglés al que se atribuye ser el padre de todo intervencionismo estatal más allá del que expresa en su obra, a lo largo del tiempo.
Milei se para en las antípodas de esas ideas, recorre el mundo proclamándolas hasta la afonía, recibe aplausos fervorosos por ellas, pero en realidad nadie las aplica en la intensidad que él las propone.
En primer lugar, su propio aliado estratégico Donald Trump, que considera que hacer grande a EE.UU. nuevamente consiste en defender sus producciones locales mediante el proteccionismo clásico.
Todos los países practican una u otra forma de defensa para con sus producciones más débiles. El liberalismo “a la Milei” no existe salvo en algunos enclaves específicos.
En casa
En nuestro país, el Gobierno interviene en una de las variables económicas más sustanciales: el tipo de cambio, al que mantiene artificialmente bajo en búsqueda de beneficios presentes (bajar la inflación) sin preocuparse demasiado por un estallido en el mediano o largo plazo.
Tampoco puede decirse que el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (Rigi) sea una política liberal, ya que favorece con subsidios, rebajas y eliminación de impuestos a quienes inviertan en el país, en sectores donde el riesgo es mínimo.
De tal manera, aunque denostemos a Keynes en nombre de la libertad económica, ésta no es tan generalizada como se pretende. Milei parece soñar con un país de grandes empresas internacionales que exporten productos primarios (agrarios, minería, petróleo) en abundancia que nos permitan importar el grueso de los consumos que hoy producen las pequeñas y medianas industrias locales, a las que se presume ineficientes e irrecuperables.
La mayor inconsistencia de este proyecto quizá sea que si el malestar económico se extiende, ello puede derivar en la pérdida de votos, la no reelección y el regreso del peronismo, que se encontrará nuevamente con grandes recursos para dilapidar en nombre del bienestar del pueblo.