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Opinión del Lector

El equilibrio oculto de las relaciones “Cuando la reparación no es posible”-

Tona Galvaliz

Por Tona Galvaliz

“En la vida hay errores que pueden repararse y otros que no”

Hay disculpas que pueden sanar, vínculos que pueden recomponerse y daños que pueden compensarse, pero también existen situaciones en que la reparación ya no es posible: alguien se fue, el tiempo pasó, una relación se rompió definitivamente o la persona que causó el daño nunca asumirá su responsabilidad.

Entonces aparece uno de los desafíos más profundos del ser humano: qué hacer con aquello que ya no tiene arreglo. Cuando la reparación no llega, muchas personas quedan atrapadas en la herida; el hecho ocurrió en el pasado, pero la vida emocional continúa girando alrededor de ese momento.

¿Sabías que, cuando el pasado se vuelve identidad, la vida queda detenida? Sí, lamentablemente existe el riesgo de quedar fijados en el papel de víctima: ser víctima de una injusticia es una experiencia real y dolorosa, nadie elige ser herido, pero, a veces ocurre algo silencioso en lo secreto: la persona queda viviendo durante años en ese lugar de victimismo, empieza a explicar su vida desde ese hecho: “Yo soy así por lo que me hicieron.” “Después de aquello nunca más volví a confiar.” “Con todo lo que sufrí, es imposible que esté bien.”

Es acá donde poco a poco el dolor se convierte en identidad, en que la herida pasa a ocupar el centro de la historia personal. Hay que saber que recordar lo ocurrido es natural; pero quedar definido por eso es otra cosa.

También sucede algo muy frecuente en las relaciones humanas: alguien intenta reparar lo que otro rompió, seria cuando intentamos pagar las deudas de otros; por ejemplo: cuando un hijo que compensa las irresponsabilidades de su padre, cuando una mujer que carga con los problemas económicos de su pareja, cuando un miembro de la familia que siempre rescata a los demás, estas son situaciones en la cual aparecen las dificultades y desequilibrios.

Hechos o actitudes que al principio parece amor, compromiso o solidaridad, pero con el tiempo aparece el desgaste, la persona se agota, se frustra o siente que su propia vida queda postergada.

Existe una sabiduría simple en la vida: cada uno necesita hacerse cargo de lo que le corresponde, y cuando alguien asume responsabilidades que no son suyas, el equilibrio se rompe.

Otro aspecto es, cuando el daño ha sido profundo, aparece otra reacción muy humana “la venganza” es cuando la mente cree que, si el otro sufre lo mismo, algo se reparará o equilibrará, pero en realidad sucede todo lo contrario, la persona queda emocionalmente atada al agresor; el resentimiento ocupa pensamientos, energía y años de vida.

La historia no se cierra: se prolonga en el tiempo. Muchas veces la verdadera liberación no es castigar al otro, sino dejar de vivir en función de lo que el otro hizo.

¿Sabías que el desequilibrio pasa de generación en generación? Las historias humanas rara vez terminan en una sola persona; en muchas familias, lo que no se resuelve se transmite silenciosamente a las siguientes generaciones (transgeneracional)

Por ejemplo: una traición no elaborada, una injusticia o un resentimiento pueden organizar la vida familiar durante años. Los hijos crecen escuchando esas historias y un integrante de dicha familia intenta proteger a quien sufrió; otro repite vínculos donde vuelve a aparecer el conflicto; otro evita cualquier enfrentamiento por miedo a revivir el dolor familiar y sin darse cuenta, la familia comienza a moverse alrededor de una herida antigua.

A veces también aparece alguien que intenta compensar lo que otro no asumió: el hijo excesivamente responsable, la hija que sostiene emocionalmente a todos o quien carga culpas que no le pertenecen.

Existe una consciencia del sistema familiar que siempre busca recuperar el equilibrio, pero muchas veces lo hace a costa de alguno de sus miembros.

Hay pérdidas que no vuelven, palabras que ya no pueden deshacerse y disculpas que tal vez nunca llegarán, pero sí es posible transformar lo que hacemos con esa experiencia, se trata de aceptar lo irreparable, lo que fue como fue. Aceptar no significa justificar lo ocurrido ni negar el dolor, significa reconocer algo profundamente humano: no todo puede resolverse hacia atrás.

La sanación comienza cuando dejamos de esperar que el pasado cambie y nos animamos a hacernos otra pregunta, no solo “¿por qué me pasó esto?”, sino también “qué hago con esto que me pasó”.

Tal vez el verdadero equilibrio de la vida no esté en que todo se repare, porque hay heridas que el tiempo no borra, disculpas que nunca llegan y deudas que otros jamás asumirán.

Para ir cerrando la nota, la verdadera pregunta es otra: ¿seguiremos viviendo atados a lo que ocurrió, o tendremos el coraje de recuperar nuestra propia vida?

A veces la mayor justicia que podemos hacerle a nuestra historia no es quedarnos atrapados en ella, es dejar que el pasado ocupe su lugar y permitir que el presente vuelva a moverse con ilusión, con esperanza, con amor, con fe, con gratitud, con confianza.

Te mando un beso inmenso TG.

IG. Tona Galvaliz

FB/LinkedIn. María Antonia Galvaliz

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