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Opinión del Lector

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Eduardo Aliverti

Eduardo Aliverti

El periodista se pregunta quién dice que no hay "aguante social ni comunicativo" para avanzar en retroceso hasta que llegue la vacuna, siendo además que el Estado no se ausenta en la ayuda.

El Presidente advirtió que tiene a mano lo que la matraca de algunos medios excita como “botón rojo”.

La traducción comunicacional de esa figura es el peligro de que al jefe de Estado se le ocurra volver a cuando la cuarentena era seriamente eso, en lugar de un relajo.

En lo actitudinal, la ciudad de Buenos Aires es el centro de que la dejadez sea acción y, aunque preocupan cada día más la actualidad y proyección infectantes en el interior, la opinión publicada en CABA determina el humor de los medios con alcance nacional.

Al Ejecutivo porteño le importa antes la sin duda dramática situación del sector comercial que el escenario mucho peor de hospitales y sanatorios al borde de colapso instrumental y anímico.

La advertencia estremecedora de terapistas intensivos no registra reacción de las autoridades locales y, si acaso, hubo alguna expresada en reserva, es más grave aún porque se estaría retaceando información de interés general primario.

El cálculo sobre una parte del voto clasemediero porteño también parece preceder a las consecuencias nefastas de abrir actividades y depender de la responsabilidad ciudadana, como si alguien la controlara.

Probable o seguramente atribulado por lo recomendable de dar imagen dialoguista, unificadora, antigrieta, el Presidente se niega al re-endurecimiento porque, desde ya, también es consciente de que la obediencia social estaría (muy) disminuida.

¿Lo está tanto como dicen los medios opositores o hay una sobreestimación de la influencia que ejercen?

El curso de lo que debió estar claro desde un principio, ¿ya no sirve como elemento de comunicación?

Pandemia; adecuar el sistema sanitario para afrontarla; haber evitado multiplicación de muertos; llegar tarde o temprano a enfrentar lo inevitable pero mejor preparados, aunque a sabiendas de que las vidas salvadas no son noticia.

¿Quién dice que no hay aguante social ni comunicativo para avanzar en retroceso hasta que llegue la vacuna, siendo además que el Estado no se ausenta en la ayuda?

¿Lo dice la realidad o la realidad que construyen esos medios?

¿El único espacio que queda para timonear esta tragedia es resignarse a ir detrás de lo que piensa “la gente” hablada en lo mediático?

Montada en el espectáculo del rechazo permanente a cuanto proviniere de Casa Rosada, hay vociferación de culpabilidades que son útiles a la decisión de horadar.

El “escándalo en el Congreso” fue que la oposición pretendió ignorar al Parlamento.

Pero no hubo más batahola que las declaraciones de algunos de los cambiemitas, habituados a desencajarse, quienes recorrieron los medios opositores saltando de programa en programa como si fuese una campaña de solidaridad.

Negarse a sesionar en modo distancia, o a loguearse, podría ser suficiente para liquidar los argumentos opositores, por estrictas razones de sentido común; pero eso es imposible en un marco opositor consistente en la oposición a absolutamente todo (y en redundar, absolutamente siempre, en que detrás de toda medida que promueva el oficialismo está la perfidia revanchista de CFK).

Pudo leerse, incluso, alguna columna de opinión periodística, situada entre las más relevantes del arco contendiente, según la cual el peronismo ratifica que sólo puede funcionar bajo el férreo mando de una jefatura única.

Está fuera de discusión que el gobernante Frente de Todos exhibe solidez en sus decisiones centrales.

Eso no es lo mismo que la inexistencia de matices y desacuerdos, como en todo ejercicio político y, mucho más, en uno de formulación frentista.

Pero a la hora de determinaciones y gestos primordiales, al menos hasta ahora, no se ve que la articulación vencedora en comicios de hace apenas unos meses tenga serios problemas internos.

Vale detenerse en uno de los pasajes más categóricos de la entrevista concedida por el Presidente, la semana pasada, a uno de los medios que integra el trío opositor furibundo.

Ante el “dicen” que el Gobierno maquina incrementar Ganancias, Alberto Fernández respondió sencillamente que “eso lo dice Clarín”.

Y sanseacabó.

Ese tramo de las respuestas presidenciales fue ignorado de forma olímpica en los destacados transcriptos, como no podía ser de otra manera, al igual que su referencia a un mercado telecomunicacional donde oligopoliza la corporación de marras.

Lo dijo el Presidente.

Si al señalarlo se “cristinizó”, ¿es conjetura honesta o es mero bardo de quienes necesitan ridiculizarlo como Albertítere?

¿Dijo algo que sea interpretable como muestra de fractura gubernativa?

¿La oposición pretende que se haya elegido una administración dispuesta a exhibir rencillas menores y carencia de liderazgo?

Hay que ser intelectual y políticamente muy berreta para olvidarse de que el poder no se discute. Se ejerce.

Está quebrado el límite no ya de incurrir en tonterías analíticas, sino de darle espacio insistente al desquicio de Alfredo Casero; o en considerar “masiva” y parteaguas una marcha al Obelisco de infectadores que deliran entre la confusión de reforma judicial y constitucional, que ni siquiera entendieron que no cambiará ningún juez de ningún proceso vigente contra los monstruos kerneristas y entre los que, dale que va, hacen número terraplanistas de cuño diverso.

Nadie con reflejos mínimos debiera extraviar la ¿curiosidad? de que, justo cuando arrecia el ataque antitodista, se reinstala la tremenda ¿nebulosa? de la toma de tierras.

Será repetida, no inconducente, la ensalada temática de lugar y vivienda dignos y accesibles para toda la población; prerrogativas de propiedad privada, fiscal, ancestral; límites entre derecho y delito; reivindicaciones auténticas y algún bandidaje escudado en ellas; necesidades indesmentibles y algún punterismo aprovechador.

Lo que se quiera, pero nada antecede a tomar nota de que el manijeo mediático de “la violencia territorial” es de todo menos inocente.

Disfrazado como irrupción repentina de una cuenta que nunca se salda, y de cuyas causas estructurales la prensa todavía y relativamente hegemónica jamás se ocupa, hay lo obvio de la táctica propagandística: exponer un Estado irresoluto que no mete toda la bala que sería menester, para acabar con delincuencia e “inseguridad” imperturbables.

En el caso de los lares patagónicos, el Gobierno venía dialogando con referentes de las comunidades indígenas a través de un silencioso trabajo de hormiga desempeñado por funcionarios nacionales del Ministerio de Seguridad.

Era, y cabría esperar que continúe siendo, un cambio sustancial respecto de las políticas macristas hacia el sector, exclusivamente basadas en el ninguneo y la represión.

En el conurbano bonaerense, inflamable por antonomasia, tampoco era un asunto capaz de convertirse en novedoso, sino ratificatorio de una problemática que se agrava porque la especulación inmobiliaria no da descanso.

Ese aspecto decisivo, sin embargo, carece de interés periodístico y lo reemplaza la denuncia de que sólo rigen los violentos protegidos por negociados de movimientos sociales.

El diputado nacional Federico Fagioli, quien vive en un asentamiento creado hace seis años, cuando más de cien familias ocuparon un predio de Glew tras vivir hacinadas en un barrio cercano, relató y efectuó propuestas concretas en la excelente nota de Laura Vales, el viernes, en PáginaI12.

“¿Quién puede comprar hoy un lugar donde hacerse la vivienda?”, interroga Fagioli desde una obviedad imprescindible para añadir que vienen empujando la creación de lotes con servicios; que mientras tanto los hijos crecen y en una casa terminan viviendo 15 ó 20 personas; que el Estado profundizó el drama en los últimos cuatro años; que con políticas que acompañen a las familias a comprar un terreno, en cuotas, acordes a sus ingresos, las tomas cesarían; que hay tierras fiscales junto con presupuesto disponible no aplicado; que el propio ejemplo de Pueblo Unido, su barrio, es muestra de que cómo se resguardaron espacios comunes para una plaza y bachillerato popular, zanjeo que frenó las inundaciones, comisión vecinal que no permite especulaciones, lucha contra la droga y la violencia de género.

¿Dónde están logros como ésos en la prédica mediática, monopolizada por lo urgente de detener a los usurpadores en la forma que fuese?

“De pronto”, resulta que tanto acerca de este tema, como del otro y el otro y el otro, en ese sinfín coral de que nada se hace y lo que se hace está mal o es recurrentemente poco, la malevolencia reside en los débiles.

¿Cuál es la novedad?

¿La que descubren ciertos medios de comunicación en determinadas circunstancias políticas?

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