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Opinión del Lector

Cuando la vida duele: qué nos pasa ante los problemas y cómo atravesarlos

Tona Galvaliz

Por Tona Galvaliz

Cuando los problemas irrumpen en la vida, sean emocionales, económicos, vinculares, laborales o de salud, algo profundo se desacomoda en nuestro interior, no se trata solo del hecho en sí, sino del impacto que produce en nuestra sensación de control, seguridad e identidad.

Emocionalmente, lo primero que aparece es el miedo: miedo a perder, a no poder, a que el dolor sea permanente, a esto se suma la angustia y ansiedad, que adelanta escenarios futuros cargados de amenaza; la bronca, dirigida a otros, a uno mismo o a la vida; la tristeza por lo que se cae o se pierde; y una profunda confusión que se expresa en preguntas como “¿por qué me pasa esto?” o “¿qué hice mal?”.

Muchas veces no sufrimos solo por el problema, sino por lo que simboliza: una amenaza a quienes creemos ser, a lo que habíamos construido o al sentido que le dábamos a nuestra vida.

Estas emociones internas rápidamente se traducen en actitudes visibles, algunas personas se resisten y niegan la realidad; otras se paralizan y postergan decisiones; otras intentan controlar todo para calmar la incertidumbre; algunas se instalan en la victimización; y muchas buscan huir, distraerse o anestesiar el dolor; aquí aparece una verdad central: “no reaccionamos a los hechos, sino a la interpretación que hacemos de ellos”

Toda crisis produce un quiebre interno, se cae una narrativa personal, una imagen de uno mismo, un proyecto o una creencia que parecía firme, por eso duele tanto, el ser humano no sufre solo por lo que pierde, sino porque ya no sabe quién es en ese nuevo escenario.

El cuerpo tampoco queda al margen, contracturas, insomnio, cansancio extremo, palpitaciones o dolencias difusas suelen aparecer como señales, el cuerpo habla lo que la palabra aún no logra expresar, no es un enemigo: es un mensaje.

Llegado a este punto, toda dificultad plantea una disyuntiva silenciosa: vivir el problema como una amenaza que encierra o como un llamado que invita a revisar, reordenar y madurar.

No siempre las crisis llegan para destruir; muchas veces llegan para despertar.

¿Cómo salir entonces? ¿Cuál es el proceso de recuperación cuando la vida duele?

El primer paso es la aceptación lúcida, aceptar no es resignarse ni aprobar lo ocurrido, más bien es dejar de pelear con la realidad, reconocer el punto exacto donde uno está parado y decir internamente: “esto es lo que hay hoy”, porque la resistencia prolonga el sufrimiento y la aceptación lo ordena.

El segundo paso es alojar la emoción sin combatirla, las emociones no son obstáculos, son mensajeras, nombrar lo que se siente, darle espacio sin juzgar y comprender que ninguna emoción es permanente permite que aquello que duele empiece a transformarse, lo que no se siente, se actúa o se somatiza.

El tercer paso consiste en revisar la interpretación del problema, preguntarse qué historia me estoy contando, qué estoy creyendo sobre esto y si lo que pienso es un hecho o una conclusión; muchas crisis se agrandan por pensamientos absolutistas, catastrofistas o auto-acusatorios. Cambiar la mirada no elimina el problema, pero devuelve margen de maniobra.

El cuarto paso es intentar recuperar el eje interno, en medio del caos externo, es vital volver al centro: al cuerpo, a la respiración, al descanso, a rutinas mínimas que ordenen; también a aquello que otorga sentido: la espiritualidad, la fe, la naturaleza, el silencio, no se trata de grandes respuestas, sino de pequeñas anclas.

El quinto paso es pedir ayuda sin vivirlo como debilidad, la autosuficiencia absoluta es un mito que enferma; compartir el peso con alguien de confianza, con un profesional o en un espacio comunitario no elimina el problema, pero lo vuelve más liviano y transitable.

El sexto paso implica pasar de la reacción a la respuesta, la reacción nace del miedo; la respuesta surge de la conciencia; aquí aparecen las pequeñas acciones posibles: ordenar un aspecto concreto de la vida, tomar una decisión postergada, dar un paso, aunque sea mínimo. La recuperación no es una idea romántica, es un proceso constante.

El séptimo paso es integrar el aprendizaje, toda crisis deja una enseñanza, aunque al principio no se vea, preguntarse qué mostró de uno mismo, qué ya no se quiere sostener y qué se aprendió sobre los propios límites y recursos permite crecer, no se vuelve al punto de partida; pero sí, se vuelve distinto.

Finalmente, llega el tiempo de resignificar, el sentido no siempre aparece solo: muchas veces se construye. Resignificar es darle un lugar a lo vivido, integrarlo a la historia personal y transformar la herida en sabiduría, hay dolores que no se explican, pero sí se transforman.

Las crisis no definen quiénes somos, pero sí revelan cómo nos vinculamos con la vida cuando las certezas se derrumban. No elegimos los quiebres, pero sí la conciencia con la que decidimos atravesarlos, y, en ese atravesar, muchas veces, nace una versión más auténtica de nosotros mismos.

Salir fortalecido de una crisis o de un dolor, no significa no haber sufrido, sino haber aprendido a escucharse más profundo.

Te mando un beso inmenso TG.

IG Tona Galvaliz

FB/LinkedIn María Antonia Galvaliz

Counselor-Logoterapia-Biodecodificación- Coaching Ontológico y Sistémico- Speaker- PNL- Coaching WingWave- Escritora Columnista- Desarrollo Humano personal.

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