El fútbol suele convertirse en un refugio que ayuda a muchos jóvenes a evitar rumbos equivocados y proteger su futuro, aunque no en todos los casos logra cumplir ese papel. Existen historias de jugadores que, pese a la contención del deporte y sus valores, no consiguieron alejarse de malas influencias.
Incluso aquellos que en sus inicios contaron con amistades positivas o con personas que intentaron guiarlos hacia lo correcto, cuando alcanzan el pico de su carrera y la exposición pública aumenta, terminan rodeándose de vínculos que los empujan a elegir opciones muy perjudiciales.
CUÁL ES LA HISTORIA DE OMAR ORTIZ, EL FUTBOLISTA QUE TERMINÓ EN PRISIÓN
En el fútbol, como en la vida, hay jugadas que parecen definidas desde el arranque y otras que cambian el partido en un segundo. Esa mezcla de gloria y tragedia marcó la historia de Omar “El Gato” Ortíz, arquero nacido en Nuevo León en 1976, que alguna vez soñó con levantar copas, pero terminó cumpliendo una condena en el penal de Cadereyta. Lo suyo fue un partido largo, lleno de gambetas del destino, expulsiones duras y un marcador final imposible de revertir.
El arquero debutó en Rayados de Monterrey, el club de su tierra, donde entre 1997 y 2001 se calzó los guantes en 30 ocasiones. Luego pasó al Celaya, donde mostró reflejos felinos que lo hicieron regresar a su casa, aunque esa estadía fue breve y sin brillo. Siguieron Necaxa, Jaguares de Chiapas, otro regreso a Necaxa y hasta un fugaz paso por Atlante, con apenas un partido disputado. Parecía que su carrera era una seguidilla de transferencias más que una racha ganadora.
El destino le concedió otra chance en Monterrey, pero apenas jugó cinco encuentros cuando llegó el silbatazo más doloroso: el 9 de abril de 2010 fue suspendido tras dar positivo en dos controles antidopaje. Oximetolona y Dromostanolona, sustancias prohibidas para mejorar masa muscular, lo sacaron de la cancha por dos años y ocho meses. Un castigo que lo dejó en el vestuario oscuro de la decepción.
Sin embargo, la peor tarjeta roja aún no había llegado. En 2012, Ortíz apareció en todos los noticieros, no por sus atajadas, sino por ser señalado como integrante de una banda de secuestradores vinculada también al narcotráfico. El ex arquero fue acusado de participar activamente en la privación de la libertad de un menor. El fallo fue implacable: 75 años de prisión dictados en 2019, de los cuales todavía le restan por cumplir 68.
A trece años de su arresto, “El Gato” volvió a ser noticia desde la cárcel. El ex guardameta, que incluso defendió una vez la portería de la Selección mexicana en la Copa de Oro, resultó herido en un motín que dejó cuatro muertos y casi treinta lesionados. Aquella escena sangrienta fue su punto de quiebre. Desde entonces asegura que encontró en la fe la manera de resistir su encierro, como si la espiritualidad fuera la nueva portería donde se juega su salvación.
Hoy, Ortíz asegura que ya no busca apelaciones, ni libertad anticipada, ni beneficios de conducta. Afirma que el fútbol quedó en el pasado, como un campeonato ya jugado. Ahora, su relato habla de arrepentimiento, de Dios y de intentar llevar adelante una vida menos nociva dentro de los muros.
Porque en esta historia, el pitazo final no lo dio un árbitro, sino la propia justicia. Y aunque las canchas quedaron atrás, la ley le marcó un partido que deberá disputar hasta el último minuto de su condena.