La llegada de la primavera despierta el deseo de una escapada hacia el mar y la calma. Muy cerca de Miramar se encuentra Centinela del Mar, un paraje singular de la costa bonaerense que resulta perfecto para disfrutar un fin de semana distinto.
Allí se mezclan la inmensidad de sus playas, los altos médanos y una quietud difícil de hallar en otros balnearios. Sin construcciones imponentes ni paradores masivos, solo ofrece un pequeño caserío, arena interminable y un aire puro que envuelve el paisaje.
CÓMO ES LA ESCAPADA A CENTINELA DEL MAR Y QUÉ SE PUEDE HACER
Centinela del Mar es un lugar diseñado para bajar revoluciones y entregarse al disfrute sin prisas. Su encanto radica en lo simple: playas que conservan un aire casi intacto, médanos que resguardan memorias de pueblos originarios y un caserío donde aún sobreviven rastros de antiguos colonos, con construcciones como una capilla, una escuela clausurada y un vagón ferroviario reutilizado que hoy forma parte del paisaje.
La costa de arena firme se presta a caminatas extensas, mientras que la barrera de médanos oficia de reparo frente al viento. Aquí los visitantes solo perciben el murmullo del mar y una tranquilidad sin ruidos estridentes. No hay luces brillantes, bares modernos ni música fuerte: quien llegue en busca de eso no lo hallará; pero quienes anhelen silencio y horizonte abierto sí lo encontrarán.
El caserío transmite escenas que parecen congeladas en el tiempo. Entre ellas, un hotel que cerró sus puertas en los años 80, casas bajas de veraneo y el vagón de tren restaurado, todos elementos que arman una postal genuina. La escala es humana y no existen torres ni avenidas que quiebren la armonía visual.
El clima suele ser templado, con cielos despejados y un viento más moderado que en otras zonas. Los servicios son básicos, aunque hay un parador central que ofrece comidas sencillas, bebidas, alojamiento limitado y una pequeña exhibición de objetos pertenecientes a comunidades originarias. Todo lo esencial está disponible, sin excesos.
Las actividades principales giran en torno a las caminatas por la playa y los médanos. También se practica pesca de orilla, con buenos resultados según las condiciones del mar. El avistaje de flora y fauna incluye a la “Lagartija de las Dunas”, declarada Monumento Natural de la provincia. Además, el antiguo jardín y la vieja escuela forman parte de un proyecto científico en conjunto con la Fundación Azara.
El patrimonio cultural suma valor con la capilla, el hotel abandonado y las viviendas originales. En verano se realizan peñas y encuentros artísticos que recuperan la presencia de comunidades originarias, al tiempo que avanzan proyectos para preservar restos arqueológicos y fósiles con el fin de conformar una Reserva Natural.
Se puede llegar desde Miramar por las rutas 77 y 88, tomando luego un desvío de tosca que lleva directo al caserío. Otra opción es descender desde Mar del Sud, recorriendo un camino de tierra de unos 35 kilómetros. De cualquiera de las dos maneras, el visitante arriba a un espacio de calma absoluta.