Cuando la anécdota comienza con un “mirá qué casualidad” uno puede inferir que lo que vendrá después tiene más de ficción que de realidad.
Pero cuando es la exministra y actual senadora que te dice que ella en persona va a la panadería de su barrio a comprar las galletitas que le gustan al presidente, la cosa ya se parece más a un delirio.
Pero el objetivo, claro, era decir que existen trabajadores que están conformes con que les recorten sus sueldos si se enferman o se lesionan y justo las dos chicas que atienden en la panadería del barrio de Bullrich consideran que “está bueno lo de las licencias” porque al parecer ellas nunca faltan pero el panadero y el que hace las medialunas, que extrañamente no es el panadero, siempre faltan y hay que reemplazarlos.