La alimentación infantil es un pilar clave en el desarrollo físico, emocional y cognitivo de los más chicos. Sin embargo, en la rutina diaria, muchas veces se adoptan prácticas que, sin darnos cuenta, pueden tener un impacto negativo en su Salud.
Cada vez más especialistas en nutrición advierten sobre ciertos hábitos que se repiten en la infancia y que conviene revisar a tiempo. La falta de tiempo, el exceso de productos ultraprocesados o la desinformación suelen derivar en decisiones poco equilibradas a la hora de armar la dieta familiar.
QUÉ HÁBITOS NUTRICIONALES DEBÉS EVITAR PARA MEJORAR LA SALUD DE TUS HIJOS
La técnica superior en Nutrición y Dietética, Ana Luzón, señala que el foco no debe estar en catalogar alimentos como "buenos" o "malos", sino en comprender cómo ciertos hábitos sostenidos a lo largo del tiempo pueden afectar el bienestar físico y emocional de los niños.
Según explica, uno de los principales factores que puede interferir en su desarrollo es “vivir en un entorno con abundancia de comida pero escasa nutrición”. Luzón aclara que los productos ultraprocesados (ricos en azúcares, grasas refinadas o aditivos) no deben ser vistos como “veneno”, aunque sí advierte que su consumo frecuente puede desplazar a opciones verdaderamente nutritivas. Por eso, insiste en que no se trata de prohibir, sino de ofrecer alternativas más saludables y accesibles, como frutas en lugar de jugos, yogur natural en vez de postres lácteos industriales o snacks caseros en lugar de galletas procesadas.
Otro aspecto problemático es recurrir a la comida como forma de recompensa o castigo. “Cuando se relaciona el comportamiento con el acceso a ciertos alimentos, se construye un vínculo emocional poco saludable con la comida”, advierte. Esto puede afectar la capacidad del niño para autorregular su apetito más adelante.
También menciona como un obstáculo la falta de oportunidades para que los niños exploren y tomen decisiones respecto a lo que comen. Forzarlos a terminar el plato o imponer reglas estrictas, como no levantarse de la mesa hasta haber comido todo, puede provocar rechazo o desconexión con sus propias señales de hambre y saciedad. “Mi sugerencia en estos casos es que los adultos elijan qué ofrecer, pero que los niños decidan cuánto y si quieren comer”.
Además, resalta el impacto del ejemplo de los adultos. Los niños aprenden observando, por lo que si en el entorno familiar se vive la alimentación con culpa, se critican los cuerpos o se siguen dietas constantes, es probable que ellos incorporen esos temores al comer o a ganar peso.
Por último, Luzón subraya la importancia del entorno durante las comidas. Comer frente a pantallas, fuera de horario o sin compañía puede romper el vínculo entre el acto de alimentarse y las necesidades reales del cuerpo y las emociones. Por eso recomienda, al menos una vez al día, compartir una comida tranquila en familia, aunque sea breve. “El contexto en el que se come es tan importante como lo que hay en el plato”, concluye.