La salud física y emocional puede verse afectada por ciertos hábitos repetitivos que, aunque parecen inofensivos, pueden convertirse en un problema con el paso del tiempo. Uno de los más frecuentes es la costumbre de morderse las uñas, una conducta que muchas personas realizan de manera automática y que, en numerosos casos, resulta difícil de controlar.
Conocido en el ámbito clínico como onicofagia, este comportamiento se caracteriza por el impulso recurrente de dañar o masticar las uñas y las cutículas. De acuerdo con especialistas, se trata de una práctica que suele manifestarse de forma persistente y que puede mantenerse durante años si no se aborda adecuadamente.
QUÉ SIGNIFICA COMERSE LAS UÑAS SEGÚN LA PSICOLOGÍA
Más allá de las consecuencias estéticas, la onicofagia puede derivar en diversos problemas físicos y emocionales que afectan la salud y la calidad de vida de quienes la padecen. Los especialistas advierten que este hábito compulsivo no debe ser minimizado, especialmente cuando provoca lesiones recurrentes o se mantiene durante largos períodos.
El médico egresado de la Universidad Nacional de Rosario, Bruno, conocido en redes sociales por compartir contenido de divulgación médica, explicó que distintas investigaciones han encontrado vínculos entre la onicofagia y diversos trastornos de salud mental.
Según señaló, esta conducta suele aparecer asociada al trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), los cuadros de ansiedad y, en situaciones más complejas, también puede relacionarse con episodios depresivos. Para el profesional, estos comportamientos repetitivos suelen ser una manifestación visible de conflictos o condiciones subyacentes que requieren evaluación especializada.
Las repercusiones no se limitan al plano psicológico. Morderse las uñas de manera frecuente incrementa el riesgo de infecciones en los dedos y tejidos cercanos. Esto ocurre porque las manos están en contacto constante con superficies que pueden contener bacterias, virus y otros microorganismos. Cuando existen heridas o pequeñas lesiones en la piel, las posibilidades de desarrollar infecciones aumentan considerablemente.
Además, la práctica sostenida puede generar daños en las uñas, los dedos y las piezas dentales. A ello se suma el impacto emocional que suele experimentar una parte de los adultos afectados por este trastorno, quienes con frecuencia sienten vergüenza por el aspecto de sus manos, experimentan una disminución de la autoestima y evitan hablar del problema en ámbitos sociales.
Para reducir esta conducta, especialistas en salud mental recomiendan diferentes estrategias orientadas a disminuir la ansiedad y limitar el contacto entre los dientes y las uñas. Una de las más conocidas consiste en aplicar productos de sabor amargo sobre las uñas, una medida sencilla que ayuda a interrumpir el impulso automático en muchas personas. También existen alternativas basadas en barreras físicas, como guantes, protectores específicos o dispositivos dentales que dificultan el acceso a las uñas.
Sin embargo, cuando la compulsión es intensa o provoca lesiones importantes, los expertos consideran fundamental buscar ayuda profesional. El propio médico remarcó que morderse las uñas hasta lastimarse no constituye un comportamiento saludable y recomendó consultar con especialistas para identificar las causas que sostienen el hábito.
En los casos más severos, el abordaje suele involucrar la participación conjunta de psicólogos, psiquiatras, odontólogos y dermatólogos. Incluso, cuando la situación lo requiere, los profesionales pueden evaluar tratamientos específicos para controlar la compulsión. La detección temprana y la intervención adecuada permiten reducir los daños físicos, mejorar el bienestar emocional y favorecer el abandono progresivo de esta conducta perjudicial.