Al parecer a la exministra Patricia Bullrich la evidencia empírica de otros países donde fracasó el llamado banco de horas, como Portugal y hasta Chile no le alcanza para darse cuenta de que no beneficia a los trabajadores sino a los empresarios.
Sentada muy cómoda frente a uno de los periodistas que trabaja para el Gobierno empezó a explicar con una historia idílica que si un trabajador no quiere trabajar los viernes, puede hacer más horas el resto de la semana y tomarse ese día.
Era tan pero tan ridículo el planteo que hasta Feinmann tuvo que preguntar qué pasa si todos los trabajadores de una empresa hacen lo mismo a la vez.
Bullrich lo pensó, tragó saliva y contestó por primera vez con algo de veracidad: “Es un acuerdo entre el empleador y los trabajadores” y dejó en claro que lo que decía era una pavada y que ese supuesto “acuerdo” significa que los trabajadores tendrán que cumplir su jornada en el momento y las horas que quiera su empleador. A confesión de partes…