Homilía de monseñor José Adolfo en el solemne Te Deum:
"Señor Gobernador, señores miembros de los poderes del Estado, autoridades civiles, militares y de seguridad, representantes de las instituciones de nuestro pueblo, queridos hermanos y hermanas:
Hoy nos congregamos para dar gracias a Dios por el don de nuestra Patria al cumplirse un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia. Lo hacemos elevando nuestra mirada hacia quienes, en 1816, tuvieron la valentía de soñar una nación libre y asumir las responsabilidades que ese sueño exigía.
Aquellos hombres no actuaron en tiempos fáciles. Conocieron divisiones, incertidumbres y conflictos. Sin embargo, fueron capaces de mirar más allá de sus intereses inmediatos y apostar por un proyecto común. Esa es una enseñanza que conserva plena actualidad.
También nosotros vivimos una hora desafiante. Son muchos los argentinos que experimentan el peso de la pobreza, la fragilidad del trabajo, la incertidumbre económica y la dificultad para proyectar el futuro. Detrás de las estadísticas hay rostros concretos: familias que luchan cada día, jóvenes que buscan oportunidades, ancianos que temen quedar olvidados, trabajadores que sostienen con esfuerzo la dignidad de sus hogares.
Pero junto a estas dificultades existe otra pobreza que nos interpela profundamente: la del debilitamiento de los vínculos sociales. Cuando la desconfianza ocupa el lugar del encuentro, cuando la agresión reemplaza al diálogo y cuando el individualismo se impone sobre la solidaridad, se resiente el alma misma de la Nación.
La Palabra de Dios que hemos escuchado nos presenta un rostro entrañable del Señor. El profeta Oseas nos habla de un Dios que toma de la mano a su pueblo, que lo sostiene con paciencia y que nunca deja de amarlo. No es un Dios distante. Es el Dios que acompaña la historia humana y que permanece fiel incluso cuando nosotros vacilamos.
Esa imagen debería inspirar también nuestra vida social. Porque una patria no se construye solamente con indicadores económicos, reformas legales o acuerdos políticos. Todo ello es necesario, pero no suficiente. Una nación se fortalece cuando crece la confianza, cuando se cuida la dignidad de cada persona y cuando el bien común ocupa el centro de las decisiones.
El Evangelio nos recuerda que el Reino de Dios se manifiesta en gestos concretos que sanan, levantan y liberan. Por eso, toda responsabilidad pública encuentra su sentido más noble en el servicio. La autoridad se dignifica cuando escucha, cuando busca caminos de encuentro y cuando pone en el centro a quienes más necesitan ser acompañados.
La Iglesia no propone soluciones técnicas ni pretende ocupar espacios que corresponden a otros. Pero sí tiene el deber de recordar que ninguna sociedad puede sostenerse sobre la indiferencia. No hay futuro sólido cuando se naturaliza la exclusión; no hay verdadera grandeza cuando algunos quedan al margen; no hay paz duradera sin justicia ni fraternidad.
El Papa Francisco nos enseñó que nadie se salva solo. Y el Papa León XIV nos sigue invitando a renovar la cultura del encuentro como camino para fortalecer la convivencia entre los pueblos. Estas palabras no son un simple ideal: constituyen una exigencia concreta para nuestro tiempo.
Como creyentes, no ignoramos las dificultades que atravesamos. Sin embargo, tampoco renunciamos a la esperanza. La historia argentina conoce momentos de dolor, pero también innumerables ejemplos de resiliencia, creatividad y solidaridad. Nuestro pueblo ha sabido levantarse muchas veces porque nunca perdió del todo la capacidad de confiar y recomenzar.
En este día patrio pidamos al Señor la gracia de la sabiduría para quienes gobiernan, honestidad para quienes administran los bienes públicos, fortaleza para quienes trabajan por el bien común, consuelo para quienes sufren y oportunidades para nuestros jóvenes.
Que Nuestra Señora de la Merced, Madre de misericordia y protectora de nuestro pueblo, interceda por Corrientes y por toda la Nación Argentina. Que ella nos ayude a construir una patria donde nadie se sienta descartado, donde la fraternidad sea más fuerte que las divisiones y donde la esperanza tenga siempre la última palabra".
Amén.