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Una enfermera correntina está sin trabajo hace dos años y duerme en un aeropuerto

Una enfermera correntina vive en Buenos Aires y está sin trabajo desde hace más de dos años. No tiene familia, hace dos comidas al día en una iglesia y duerme en Aeroparque. El Gobierno provincial anunció que buscaría como ayudarla.

Maria Antonia Arriola tiene 59 años y en marzo de 2020 perdió su empleo. Como no cuenta con familiares, desde entonces no tiene dónde dormir. Lo que más quiere es volver a ejercer su profesión: cuidar adultos mayores en casas de familia.

Origen correntino

María pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Monte Caseros, Corrientes. Su mamá, Felicitas, era profesora de Ciencias Sociales, pero nunca ejerció y se dedicó a cuidar a sus siete hijos.
Su papá, Archivaldo, estaba en el Ejército. Por eso la familia iba de acá para allá, donde lo trasladaban a él. Los chicos lo sufrían, menos María: le gustaba eso de conocer lugares nuevos. Su sueño era ser cardióloga.
“Pero en mi casa éramos mucho y estudiar era caro. Entonces, hice enfermería. Desde los 17 hasta los 21 años estudié en el Hospital Escuela de Corrientes Capital. Lo que no hice fue la licenciatura, que en esa época no existía, pero me dieron el certificado de la Cruz Roja Internacional -cuenta con orgullo-. Ella estaba entre los tres mejores promedios de su promoción.
Cuando terminó sus estudios, empezó a trabajar en hospitales. Tenía 22 años cuando su papá y su hermano mayor murieron en la Guerra de Malvinas.
Ese fue el primer terremoto en la vida de María. Con el padre y el hermano muertos, su mamá se hundió en una depresión y empezaron los problemas económicos. La casa familiar se vendió en un suspiro. La depresión de su madre se fue volviendo cada vez más profunda y dejó de comer. “La cuidé hasta el final, pero murió de tristeza. Ahí se acabó la historia de mi mamá, mi papá, mi hermano y de nuestra herencia. Cuando mi madre murió, con todo el dolor del mundo, me vine para Buenos Aires. Fui hospital por hospital con mi título y me tomaron en el Pirovano”, cuenta María.
Vida en Buenos Aires
Al tiempo de llegar a “la gran ciudad”, empezó a trabajar en un geriátrico y se capacitó en los hospitales Borda y Moyano en la atención de pacientes con padecimientos psiquiátricos: “Siempre trabajé de lo mismo. Para esto hay que tener mucho amor y paciencia, qué te voy a decir, nena: te tiene que gustar mucho. A mí me encanta, sobre todo trabajar con las personas mayores. Me gusta sentir que me necesitan, que puedo cuidarlas”.
En el Pirovano, conoció a Oscar, que hacía carrera en el Banco Provincia. Estuvieron un año de novios y se casaron.
“Fue el amor de mi vida, pasamos 10 años juntos. No pudimos tener hijos y murió de cáncer a los 54. Yo tenía 40", detalla María.
Él le propuso, en los primeros tiempos de casados, que dejara de trabajar. “Me dijo: ‘Es muy sacrificado lo que hacés, yo gano bien, no es necesario que lo hagas’. Le hice caso, pero fue un gran error. Cuando murió, terminé malvendiendo todas nuestras cosas al mejor postor, los muebles de caoba, todo. Y me volví para Corrientes con dos valijas, como si estuviese repitiendo la historia de mi madre”.
Pero al poco tiempo volvió a Buenos Aires. Extrañaba la enfermería. Se compró un diario y buscó en los clasificados. Fue entonces cuando comenzó a trabajar en casas de familia, cama adentro, en barrios como Martínez o San Isidro.
Impacto de la pandemia
La última casa en la que trabajó de forma estable fue la de Beba y Alberto, un matrimonio al que María quiso muchísimo y se emociona cuando los recuerda. Estuvo allí cuatro años. Primero murió ella y luego él, en febrero de 2020.
“Los hijos, que eran divinos, me pagaron un dinero importante por los años que trabajé y me fui a alquilar a un hotel de pasajeros en Constitución. Enseguida llamé a mi agencia para buscar trabajo, me dijeron que en ese momento no había, pero que no me preocupara, que ya iba a aparecer una oportunidad pronto. Pués se vino la pandemia. Si hubiese tenido trabajo, me hubiese agarrado adentro, en una casa, y no en la calle”, dice María.
En estos dos años, María pasó y continúa pasando, muchas veces, hambre y frío. Hubo días, durante la cuarentena más estricta, en los que sobrevivió tomando agua en estaciones de servicio.
Hoy, de lunes a viernes, a las 5.30 de la mañana sale de Aeroparque y se toma un colectivo que la deja en una Iglesia en Larrea y Berutti. Ahí desayuna, se baña y almuerza: esa es su última comida del día. Cuando paraba por el Hospital Rivadavia, conoció a los voluntarios de las recorridas nocturnas de la Fundación Sí. Asegura que “ese grupo de jóvenes veinteañeros” le salvaron de una gran depresión.

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