HOMILÍA DE PENTECOSTÉS – MONS. JOSÉ ADOLFO LARREGAIN
“Pidamos al Señor la gracia de abrir el corazón y dejar que el Espíritu Santo sople en nuestra vida.”
En esta celebración de Pentecostés, el Obispo de la diosesis de la capital correntina Monseñor José Adolfo Larregain nos invitó a dejarnos transformar profundamente por el Espíritu Santo, ese Espíritu que no deja todo como estaba, sino que sacude, mueve y renueva el corazón de las personas.
Recordó que en los Hechos de los Apóstoles aparecen distintos Pentecostés, porque el Espíritu Santo obra con quien quiere, como quiere y cuando quiere. Nadie queda afuera de la acción de Dios.
“El Espíritu Santo sacude. Cuando el Espíritu Santo actúa en una vida, no puede dejar todo igual.”
A veces ese movimiento llega desde dentro del corazón y otras veces a través de situaciones difíciles, dolores, enfermedades o acontecimientos que no comprendemos. Pero aun allí, Dios puede obrar y traer luz, esperanza y paz.
Monseñor explicó que la paz bíblica no significa quietud, sino la presencia de Dios en medio de los movimientos y las luchas de la vida.
El Espíritu Santo descendió como fuego sobre aquella pequeña comunidad llena de miedo y temor, y los transformó en discípulos valientes capaces de anunciar el Reino de Dios.
Recordó especialmente la figura de Pedro, quien antes de Pentecostés tuvo miedo incluso de reconocer a Jesús delante de unas pocas personas, pero después del Espíritu Santo recibió el don de la “parresía”: el coraje de anunciar la verdad sin callarse.
“El don de la parresía significa decir todo lo que hay que decir, no quedarse a medias, no esconderse, tener valentía y coraje.”
Ese mismo Pedro que antes negó a Jesús, luego habló ante miles de personas proclamando con fuerza:
“Nosotros somos testigos de lo que Jesús hizo y dijo.”
Monseñor compartió además cómo eligió su lema episcopal inspirado precisamente en ese pasaje de los Hechos de los Apóstoles, dejándose guiar por el Espíritu Santo.
Pentecostés hoy también nos invita a salir de nuestros encierros, de nuestros miedos, de nuestras parálisis interiores y espirituales.
El Arzobispo advirtió que, además de tantas dificultades humanas, hoy vivimos también una “pandemia espiritual”, marcada por el miedo, la desesperanza, las adicciones, la violencia, el destrato y tantas formas de oscuridad que hieren la vida humana.
“Hay mucha gente encerrada, cansada, sin descubrir una salida. El Espíritu Santo rompe cadenas, libera, sana y abre caminos.”
También recordó que existen sufrimientos que ningún dinero del mundo puede resolver y que solamente pueden ser sostenidos con la fuerza y la presencia del Espíritu Santo.
El Espíritu es “Neuma”: aliento, aire, oxígeno para el alma. Sin ese soplo de Dios no podemos vivir plenamente.
Y también es “Dinamis”: fuerza, energía, impulso que nos pone en movimiento y nos envía a anunciar el Evangelio.
“El Espíritu Santo activa, hace salir, hace correr, hace anunciar.”
Inspirado en las enseñanzas del Papa Francisco, Mons. Larregain nos animó a ser una Iglesia en salida, una Iglesia hospital de campaña, cercana a quienes sufren.
Y recordó que el primer lugar donde debemos anunciar el Reino de Dios es nuestra propia casa:
“Nuestra familia, nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo.”
Finalmente, nos llamó a confiar más en Dios, aprender a soltar y dejarnos sostener por sus manos.
“Anunciemos que Dios ha resucitado, que está junto a nosotros, que es Él quien nos sostiene y nos da fuerzas para seguir adelante.”
¡VEN, ESPÍRITU SANTO!
Que renueves nuestros corazones y nos des valentía para vivir y anunciar el Evangelio con alegría y esperanza.
Con información de Radio San Cayetano