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Murió Esther Paredes, la niñera de Martha Argerich

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Fotos Guillermo Rusconi
Walter Joaquín Disanti

Walter Joaquín Disanti

Falleció el jueves pasado en CABA. Nació en un rancho en Apipé Grande (Corrientes) en 1930; al terminar la escuela primaria pidió a su padre seguir estudiando. “Con casarte es suficiente”, le contestó. Se rebeló. En busca de sus sueños partió a Buenos Aires. Escapó de un acoso sexual, acudió a una convocatoria para ser niñera y quedó con el trabajo. Acompañó en su niñez y hasta la adolescencia a quien se transformó en una de las artistas argentinas con mayor proyección internacional. La cuidó 7 años, hasta que Perón becó a la pianista para que continuara estudiando en Austria.

A los 90 años, tras padecer secuelas de un accidente cerebrovascular, murió quien fue la niñera de la eximia pianista Martha Argerich. Se trata de Esther Valeriana Paredes, una correntina oriunda de San Antonio Isla Apipé Grande, en el departamento de Ituzaingó de Corrientes. La mujer falleció en el mediodía del jueves 25 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, hacia dónde emigró desde Corrientes en la década del 40.

Esther, quien trabajó como cuidadora de Martha Argerich por 7 años, sufrió un ACV en octubre del año pasado y perdió el habla, entre otras complicaciones; en este lapso la salud fue desmejorando hasta su deceso el viernes pasado en un hospital porteño.

Nacida en una familia humilde de la isla correntina, Esther se propuso superarse en lo personal y ser útil para la sociedad. Terminó la escuela secundaria en Apipé grande; se rebeló contra el mandato de su padre para que fuese ama de casa y armó el bolso en busca del porvenir en Buenos Aires.

Escapó de un acoso sexual y, con la página de clasificados de un diario debajo del brazo, acudió a una convocatoria para trabajar de niñera. La infanta era Martha Argerich, a quién acompañó hasta que el entonces presidente Juan Domingo Perón le dio una beca a la pequeña artista para seguir sus estudios en Viena (Austria).

Encontró nuevo trabajo, siguió capacitándose y halló el amor. Se casó y formó una familia que dio como frutos 3 hijos, 9 nietos y una bisnieta.

Desde que pudo volvía de visita al pueblo natal, para además de visitar afectos, asistir con donaciones que recolectaba en Buenos Aires. Su esposo Florindo José Brindesi donó la primera bandera nacional que lució la plaza principal de la Isla de Apipé.

Institutriz
Hasta 1954, Paredes cuidó de la niña María Martha. La apipeana contó que la pianista disfrutaba de los paseos en el Jardín Botánico. “Admiraba los árboles; los acariciaba; miraba con atención sus hojas; buscaba sus nombres y anotaba”, recordó alguna vez Esther.

Paredes fue niñera de la prodigiosa artista entre los 5 y 12 años de edad. A este trabajo llegó detrás de sus sueños de estudiar y escapando de un acoso sexual.

Después de terminar la escuela primaria en la Isla Apipé y desoyendo a su padre que le indicó un futuro de ama de casa, Esther partió hacia la ciudad de Buenos Aires. “Desde muy pequeña soñé con estudiar, así ser útil, para la sociedad y para mí”, dijo años atrás.

“Al terminar la escuela le pedí a mi padre que me diera una oportunidad de trasladarme a otro lugar donde pudiera continuar los estudios. En la isla no había posibilidad. Pero me contestó que no necesitaba estudiar, que con casarme y formar una familia era suficiente”, contó Esther.

En marcha la década del 40, y con 14 años, se sintió feliz al pisar suelo porteño. Una de sus hermanas le abrió las puertas de su casa y le dio alojamiento para que empezara su nueva vida. “Pero pronto se me desdibujó la sonrisa porque empecé a sufrir acoso sexual por parte de mi cuñado”, denunció. No participó a su hermana de aquella pesadilla y en silencio volvió a armar su bolso.

Dejó esa casa. Tenía otra hermana residiendo en Buenos Aires pero creyó que no debía molestarla, ya que vivía con una familia conformada por el esposo y cinco hijos.

Salió a la calle a buscar trabajo y un lugar para vivir. Entre los avisos que leyó en un diario vio una convocatoria para niñera y fue a ofrecerse. Se presentó a la vivienda de Obligado 1.915 en el barrio de Belgrano, de la familia Argerich, y fue aceptada de inmediato.

“En la entrevista laboral conversé mucho con la mamá de Martha; seguramente le inspiré confianza porque me dijo que me quedara”, relató Esther.

Se empezó a ocupar de la niña que tendría más de 5 años; de cuidarla; entretenerla; de mantener en orden la casa mientras los padres salían a trabajar; y pudo paralelamente empezar a estudiar. “En mis horas libres empecé a cursar en la Academia Pitman”, rememoró.

Durante un reportaje concedido a este redactar en 2015, la niñera correntina describió a Martha como una infanta de carita indígena, pero de piel blanca y rulos rebeldes. “Por entonces y pese a que la veía tocar el piano nunca imaginé que esa pequeña iba a convertirse en una de las más extraordinarias artistas del mundo”, manifestó.

“No tuvo una infancia como la de otras nenas. No recuerdo haberla visto con una muñeca; si estando cerca o frente al piano, tocándolo. Íbamos al Jardín Botánico, alguna que otra tarde al cine. Su madre era una persona muy estricta; fue una mujer que tuvo mucha constancia en el rol de guiar con disciplina a su hija. La privó de muchas cosas”, señaló.

Según Esther, el primer concierto de Martha en el Teatro Colón fue hace unos 70 años, con tan sólo 10 de edad. “En la ocasión pensé que si con esa edad tocaba allí evidentemente era una persona con un talento extraordinario”, definió.

Un abrazo, después de 70 años

Hace 6 años, después de más de 6 décadas de la separación, se fundieron en un abrazo y se dedicaron unos 20 minutos a solas. Fue en 2015, cuando Martha amadrinaba el lanzamiento de un libro de la escritora Cecilia Scalisi y también junto a Bruno Gelber brindaron una conferencia de prensa en el Hotel Panamericano de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

“Este es uno de los momentos más importantes que me dio la vida”, confesó en su momento Esther al recordar aquel encuentro. Martha le preguntó sobre su niñez y la apipeana respondió con detalles a cada interrogante.

Después de un concierto en el Teatro Colón, en 1954, Perón que estuvo entre el público citó a Martha a una reunión en la residencia presidencial. A la convocatoria fue acompañada por su madre. Sorprendido con la pequeña artista, el primer mandatario decidió saludarla personalmente, conocerla y expresar su admiración.

En un momento de la charla el presidente dirigiendo su mirada a la pianista le pregunto: “¿y a dónde queres ir, ñatita?”. Sin dudar Martha contestó que quería ir Viena (Austria) a estudiar con el profesor Friedrich Gulda.

Perón becó a Martha para que estudiase en condición de alumna con el pianista austríaco. Nombró a su padre como agregado económico en Viena; y a su madre también le dio trabajo en la embajada argentina en aquel país.

Así Argerich se separó del cuidado de Esther, estudió durante dieciocho meses con Friedrich Gulda; después en Ginebra (Suiza) con Madeleine Lipatti y Nikita Magaloff; fue alumna de Stefan Askenase y María Curcio, y en los 60 aprendió con Arturo Benedetti Michelangeli.

Un amor, raíces y beneficencia

En el seno de una familia humilde, Esther nació el 9 de diciembre de 1930, en un rancho de Apipé Grande, uno de los dos únicos territorios insulares que Argentina tiene en aguas extranjeras junto con la isla Martín García.

En el pueblo estudió la primaria y fue abanderada en todos los grados. Tuvo como maestros de 1º grado a Regina Sánchez; en 2º a Gertrudis Taleón; en 3º a César Simón Gauna y en 4º a Oscar Dacunda.

Hace 77 años se fue de la isla para residir en la ciudad de Buenos Aires. Se ganó la vida con un salario en la Fábrica Argentina de Papeles. Luego, en paralelo con su trabajo de niñera de Martha Argerich, Esther estudió el nivel secundario; terminado este ciclo comenzó a trabajar en la empresa Gersch Knicko y Compañía, firma dedicada a repuesto de motores.

El 28 de mayo de 1952 conoció a Florindo José Brindesi y se enamoraron. El caballero la descubrió por un amigo en común, un día de lluvia en la calle, donde atraído por la mujer desplegó su paraguas para cubrirla del agua y se ofreció a llevarla.

Al poco tiempo se casaron y formaron una familia con más de 66 años, que además se expandió con 3 hijos, Susana Irene, Claudio José y Eliceo Aníbal; 9 nietos y 1 bisnieta.

Florindo, alías Cholo, un sastre con distinguida clientela que se enamoró a primera vista, conoció la Isla Apipé al poco tiempo de relacionarse con Esther. Aquel año había terminado el servicio militar obligatorio.

Se enamoró de Esther y de su pueblo natal. “Comencé jugando al fútbol con los vecinos de la isla y así fui entrando en confianza con los pobladores”, recordó Florindo. Desde allí no dejó de gestionar permanentemente en favor de la localidad correntina. Un verdadero benefactor.

Cholo comenzó consiguiendo medicamentos en Buenos Aires y llevando a la isla; después instaló el cartel Hospital Municipal Don César Simón Gauna, en el pueblo correntino. Al poco tiempo recolectó ropa para los isleños.

Bautizó con el nombre de Alfredo Pérez Balbuena al cementerio de Isla Apipé; instaló el primer cartel en el puerto que decía Puerto San Antonio – Isla Apipé Grande Provincia de Corrientes. Al poco tiempo empezó a sugerir nombres para las calles de la localidad.

Compró la primera bandera nacional que lució la plaza y como este espacio tampoco tenía nombre le puso Senador Juan Gregorio Peyal.

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