Inmersos en una verdadera crisis sanitaria y también económica, ninguna de las cuales fue provocada por la actual gestión Presidencial, aparecen protagonistas desestabilizantes convocando a marchas anti cuarentena, con escusas diversas, intentan legitimar su postura afirmando defender la democracia. Pero ¿son aceptables esos usos del término democracia? Convertimos a la democracia de nuestro tiempo, en una supra-ideología, que describe una forma de gobierno a la que se le pretenden atribuir algunas exigencias normativas (elecciones transparentes, participación ciudadana, gobierno de mayoría, respeto por las minorías, rendición de cuentas, independencia judicial, a lo que se agregó recientemente protección del medio ambiente, reconocimiento de la diversidad), y desde ellas se definen los criterios utilizados para evaluar su funcionamiento. ¿Supone eso aceptar que cualquier posicionamiento ideológico que “invoque” estos principios pueda considerarse democrático? Nótese que invocar no es lo mismo que practicar.
Sostengo como principio integrador del concepto aquel que emitiera Juan Perón y que dice que “La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”. Sin embargo, nuestro país tan sacudido por los golpes de estado, las persecuciones y todo tipo de agravio físico y moral, ha construido una experiencia histórica (derivada de una lucha continuada por hacer efectiva la democracia) que ayudó a generar un consenso “necesario” acerca de los principios, pero también de las instituciones básicas que definen los regímenes democráticos.
En esta concepción, las exigencias que se derivan del Estado de Derecho forman parte indesligable del núcleo de lo que hoy entendemos por democracia, simplificando la concepción a aquellos sistemas políticos en los que se celebran elecciones periódicas, pero no se respetan otras exigencias, esas “democracias” debemos considerarlas defectuosas o directamente regímenes no democráticos.
La democracia contemporánea se apoya inexorablemente en la aceptación del pluralismo ideológico en el sentido que no se imponen verdades absolutas y en el principio valorativo de que no hay una forma de vida mejor que la ofrecida por éste régimen.
El énfasis se pone en diseñar y proteger los procedimientos que se siguen, que en el debate público participen todas las partes y visiones enfrentadas se resuelvan mediante una decisión mayoritaria, que una vez tomada tiene muchos límites. Es el respeto a estas reglas del juego el que otorga legitimidad a los resultados, pero siempre teniendo en cuenta, además, que lo que caracteriza a la democracia es la posibilidad de revisar sus decisiones. Como vemos del análisis brevemente expuesto es que las minorías suelen tener más garantías que las mayorías.
Por tanto, independientemente de las etiquetas que utilicemos para definirla, liberal burguesa le llamamos algunos, invariablemente se apoya en esas premisas, representación y Estado de Derecho, que son las que establecen las reglas del juego a través de las cuales se canaliza la deliberación y la adopción de decisiones políticas. Los que quieren defenderla tienen que ser conscientes de que, cuando una parte rompe unilateralmente esas reglas, atenta contra la democracia, aunque esa ruptura esté avalada por partidarios dispuestos a apoyarla en la calle esgrimiendo otros principios en los que también pretenden fundamentar la democracia. La vara debe ser equivalente no puede ser que el piquetero sea un bárbaro delincuente subversivo que quiere aumentar su plan robando al estado y el manifestante que rompe la cuarentena, que evade, defiende la fuga de capitales y seguramente se apropia de la única propiedad privada del pobre, el salario, es un consumado demócrata.
Al no existir en este momento la posibilidad de cambiar las reglas de juego para intentar superar las dificultades que plantea la toma de decisiones, debemos pensar en alternativas contra restantes a quienes, sin interesarse en la salud comunitaria, ni en la economía popular sino más preocupados por el propio bienestar, pretenden con la complicidad de los medios hegemónicos y el manejo estructural de aparatos económicos incalculables, desestabilizar el gobierno. En nombre de la democracia atentan contra la misma. Descaradamente sin pudor, ayer golpeaban cuarteles y hoy con una estructura política denominada Cambiemos pretenden hacerse con el aparato del Estado. No les alcanza con los 4 años de latrocinio, de fuga, de lavado, de endeudamiento, de persecución, espionaje, empobrecimiento y cuanto mal se le pueda ocurrir al más descuidado observador. El que no se dé cuenta o justifique está directamente complicado.
Ya llegó la hora, hay que defender al gobierno. Para ello el propio gobierno debe dejarse defender, mostrar la intención, comunicar los planes, hacer saber a quienes pusieron algo más que el voto, que vale la pena. Hoy lo defendemos haciendo caso, con obediencia quedándonos en casa, aceptando las políticas sanitarias y las dolorosas soluciones económicas. Estamos dispuestos a mas, para ello militamos. A veces nos cuesta ver el camino, las conferencias de prensa son insuficientes, el mensaje se queda corto. Salimos a defender impuestos que no salen, expropiaciones que no se producen, reformas pendientes y todo aquello que el gobierno diga o haga, se cumpla o no. Necesitamos alguna señal más. La historia demuestra que estamos dispuestos a dar todo, permítannos hacerlo. La convocatoria deben hacerla los que están en posición de conducción.
Por ello, en vez de considerar que con ésta “democracia” se resuelven todos los problemas, habría que ser conscientes de que la democracia incorpora muchas tensiones que pueden llegar a estallar, y que es un sistema frágil que debe tener instrumentos para defenderse.
No podemos ser testigos mudos de los acontecimientos, aprendimos con Perón a ser protagonistas activos en la defensa de los intereses comunes de los argentinos.
Por: German Wiens