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Democracia paritaria: feminismos y nuevo conflicto social

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Qué desafíos se crearon en la sociedad y cómo la democracia debe dar respuesta.Los cambios económicos y sociales de las últimas décadas transformaron la fisonomía popular en la Argentina y en el mundo. Una forma de abordar esos cambios es, sin duda, analizar el nuevo conflicto social: reclamos sindicales diversificados, nuevas demandas sociales y la movilización de las mujeres y disidencias, este último el fenómeno político más significativo de los últimos años, porque afecta la vida pública y privada de la ciudadanía en todas sus dimensiones.

 

Creemos que no se puede hablar de democracia sin atender la profundidad de los debates que hoy se ponen sobre la mesa en este escenario, y que radicalizar la democracia no es solamente “saber escuchar” esas demandas, sino transformar el modo en el que se tramitan en el orden político actual.

 

La vieja democracia ya no puede responder, es incompatible con lo que pasa en la vida. La paritaria como herramienta y la paridad como lógica de funcionamiento político son piezas equivalentes de luchas que se presentan como distintas. Parecen algo simple, superficial, pero son la puerta a todo: representan el piso, el mínimo desde el cual se parte para debatir. Si un sector político pone en cuestión las paritarias, los sindicatos las defienden como fieras; es el derecho consagrado a que se escuche la voz de las trabajadoras y los trabajadores, a ser parte de la mesa, literalmente.

 

Las feministas insisten en que hablar de paridad (o de cupos) puede parecer insuficiente, pero es la consagración del derecho a existir en los espacios políticos; no es una condición suficiente pero sí necesaria, es un derecho conquistado hace décadas. Paritaria y paridad son estrategias que surgieron para subrayar la constatación de que la igualdad formal no puede ocultar la desigualdad real. Y que el sistema político puede igualar formalmente lo que no es igual en la realidad.

 

Sin embargo, ninguno de los dos derechos está tan consagrado como se dice: cada vez que puede, el orden político logra evitarlos. No todos los sectores tienen paritarias, a veces el Ministerio de Trabajo (si es que existe como tal) no las hace cumplir, otras simplemente no se convocan o quedan desactualizadas con las devaluaciones o la suba de los precios que produce la inflación Mientras tanto, a pesar de las leyes, la masculinización histórica de todas las esferas del poder deshace lo que la paridad hace. La negociación de una lista de candidatos, el nombramiento de los integrantes de un gabinete: las verdaderas decisiones se toman entre varones, a pesar de todo. La desigualdad real siempre se impone. Pierden las trabajadoras y los trabajadores, mucho más si son mujeres.

 

En los últimos años se ha puesto en evidencia el carácter cada vez más restringido de nuestras democracias. Hemos visto sus límites y podemos decir, con cierto optimismo, que están en discusión, que tenemos algún consenso acerca de que pueden ser mejores. Paritaria y paridad son reivindicaciones que merecen ser exploradas en un sentido amplio, abierto, de multiplicación y no de cierre, de manera tal que nos permita pensar de nuevo qué politicidad y qué estatalidad queremos construir.

 

Lo paritario (en una formulación que creemos que engloba a ambas porque atañe a las partes) en la Argentina habilita una memoria múltiple, de lo viejo, que seguimos defendiendo porque es lo mejor que hemos tenido, y de lo nuevo, que tiene que ser escuchado de una vez. Por eso creemos que avanzar hacia una democracia paritaria puede ser la señal de un gesto que cambie de fondo los próximos años de la Argentina. Quizá de eso se trata el nuevo acuerdo social.

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