Este 2 de abril se cumple el 36º aniversario de la Gesta de Malvinas en la que 649 argentinos perdieron la vida por el conflicto bélico con Inglaterra. CorrientesHoy.com se acercó al hogar de Walter Alfredo Pérez, un ex combatiente correntino, que a sus 55 años, nos cuenta sus sensaciones, recuerdos y vivencias de aquella traumática experiencia que dice haberle “cambiado la vida para siempre”.
Con mates de por medio y una cálida recibida en su casa del barrio Fray José de la Quintana de nuestra ciudad, el veterano de Guerra admite estar “nervioso y conmovido por un nuevo aniversario”. “A veces quiero creer que fue un sueño, o más bien, una pesadilla. Trato de no pensar tanto. Ahora hablo un poco más del tema, antes me costaba mucho, prefería evitarlo”, se sincera.
El héroe argentino nació un 4 de mayo de 1962 en el seno de una humilde familia de la localidad de San Luis del Palmar. Creció en una estancia donde sus padres trabajaban para mantener a sus 9 hijos. A los 18 años debió abandonar sus pagos para iniciar el servicio militar. Nunca imaginó que un año después, estaría debatiéndose entre la vida y la muerte en la Guerra del Atlántico Sur.
Ya superado aquel conmocionante hecho, el ex combatiente Pérez actualmente está casado y tiene cuatro hijos. “Gracias a Dios pude sobreponerme a lo que fue Malvinas, mi familia fue trascendental, son lo más importante que tengo en la vida”, afirma emocionado.
¿En qué unidad prestó servicio?
En el Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros.

¿Cómo fueron sus días en el servicio militar sabiendo que la situación política y social no era la mejor?
Fueron bastantes normales, la rutina de siempre. Yo presté el servicio militar desde marzo de 1981 a julio de 1982. Luego supimos lo de Malvinas. No nos influyó demasiado el contexto socio-político que vivía el país. Si bien estábamos en dictadura, yo no sentía ningún trato en especial.
¿Era consciente de que se avecinaba una guerra?
La verdad que no, en el Regimiento no se hablaba de que podíamos ir a la Guerra. Se dio todo muy rápido. Nos enteramos en la mañana del 2 de abril que teníamos que ir a combatir. Para mí fue una sorpresa.
Cuando se enteró que iba a ir a Malvinas, ¿Qué sentimientos afloraron en usted?
Es una historia bastante particular la mía. Yo formaba parte de la compañía de servicio, era auxiliar de comunicaciones. El 20 de abril partimos desde Monte Caseros hacia Río Gallegos. Fueron cinco días maravillosos de viaje en tren. Estaba emocionadísimo. Cientos de personas nos esperaban en las estaciones y nos trataban como héroes. Cuando llegamos a destino, mi jefe, que era Mecánico de Comunicaciones, el sargento ayudante, Juan Salustiano Reyes, me llamó y me dijo “hasta acá llegamos, vos te quedás en Río Gallegos”. Fue un mazazo, no lo podía entender, quería llorar. Le supliqué que por favor me dejara ir. Trató de explicarme que no íbamos a una fiesta y que quizás no volveríamos. Igualmente insistí, no entré en razón y el sargento tuvo un gesto notable conmigo. Habló con un oficial superior y aceptó que vaya.
¿Cómo lo tomó su familia?
No tuve la posibilidad de avisar a mi familia. Recuerdo que cuando íbamos rumbo a Río Gallegos, una familia de San Lorenzo, Santa Fe, se me acercó y me preguntó de donde era. Me dijeron si quería que se comuniquen con mi familia. No recuerdo su apellido pero fueron muy amables, efectivamente escribieron una carta, que días más tarde llegó a manos de mi madre. Recién tuve contacto con mi familia cuando volví. Allá en Malvinas escribí algunas cartas, dos de ellas aún las tengo conmigo.
En este nuevo aniversario, se cumplen 36 años del conflicto bélico ¿Cómo vive y que le genera esta fecha?
Tengo muchas sensaciones encontradas. Quiero creer que fue un sueño, o más bien una pesadilla. Trato de no pensar tanto. Ahora hablo un poco más del tema, antes me costaba mucho, prefería evitarlo, sólo nosotros sabemos lo que se siente estar ahí. Lo asimilo de esa manera porque cuando uno empieza a darse manija, se te vienen imágenes y es muy complicado sobrellevar eso. He ido al psicólogo pero me costó mucho contar todo lo vivido. Fue muy fuerte.
¿Qué es lo que más recuerda de su estadía en las islas?
Lo que más recuerdo son las noches de bombardeo y el clima hostil que, para mí, fue el peor enemigo que tuvimos. Hacía demasiado frío, la mayoría no estábamos preparados para ese tipo de temperaturas. Casi todo los días sentía los pies congelados.
Hubo algún momento o situación especial que lo marcó?
Recuerdo una situación apremiante que vivimos en Monte Kent durante la noche. Estaba junto a un grupo del equipo de comunicaciones detrás de una roca gigante, parecida a un paredón. En un momento, escuchamos una interferencia en la radio; era un inglés. No nos dio tiempo a dar aviso. Pasó un minuto del mensaje y cayeron sobre nuestra posición tres bombas. El paredón se destruyó por partes y las esquirlas volaron por varias direcciones destrozando nuestras carpas y alcanzando a dos soldados. A uno de ellos le rebanó la nalga, pero el que más sufrió las consecuencias fue un compañero santiagueño. Fui a ayudarlo, no se veía nada. Él me decía que trate de salvarme que se las iba arreglar solo. Gritaba de dolor y al socorrerlo, lo sostuve y sentí que estaba ensangrentado. Le habían abierto la parte abdominal. Por suerte pudimos socorrerlo a tiempo y le salvaron la vida. Fue un momento difícil.
¿Durante el transcurso de la guerra, tuvo miedo a perder la vida?
Tuve miedo a morir cuando nos tomaron como prisioneros en Monte Kent. Fue en la noche del 11 de junio. El tiroteo era infernal. Me acuerdo que el sargento ayudante Reyes, me dijo que nuestra compañía tenía que marcharse, que juntemos los equipos de comunicaciones que se podían llevar. No recuerdo porqué, pero decidí quedarme a batallar junto a un grupo de alrededor de cien soldados, me despedí del sargento y ellos se replegaron hacia Puerto Argentino. Tras combatir varias horas, un grito: “me rindo, me rindo”, con tonada distinta, hizo que cesáramos el fuego. Creímos que eran ingleses, pero nos equivocamos. Esa confusión hizo que un grupo de soldados rivales nos ganasen la posición. Nuestro superior mantuvo un breve diálogo con su par inglés y nos ordenaron que tiremos nuestras armas. Luego de eso llegó lo peor. A algunos nos hicieron juntar los cuerpos de los caídos en batalla y mientras lo hacíamos quedamos a la suerte de Dios porque estábamos en medio de los ataques de la artillería argentina que arremetía desde Puerto Argentino. Las balas me pasaban cerca, creí que hasta ahí había llegado. Tuve miedo, más porque me sentía desprotegido al no tener mi arma.
Cuando se enteró que la Guerra llegó a su fin, ¿Qué sintió?
Se mezclaron muchos sentimientos. Por un lado, estaba muy triste por haber perdido la batalla y por los compatriotas que dejaron su vida en la Isla. Pero también, una sensación de alivio y paz porque por fin se acabó y pensaba en volver a encontrarme con mi familia.
El año pasado, el Comité Internacional de la Cruz Roja en conjunto con el Equipo Argentino de Antropología Forense, logró identificar a 90 soldados argentinos caídos en la batalla. ¿Cómo vivió ese momento?
Fue una gran decisión que por fin hayan resuelto identificar los cuerpos, sobre todo por las familias, que seguramente, tendrán un poco de paz al saber dónde está su hijo. Me puse muy contento por ellos.
De los 90 soldados, 11 eran correntinos. ¿Conoció a alguno de ellos?
No los llegué a conocer a los muchachos correntinos caídos, pero les guardo un gran respeto y espero que estén descansando en paz. Siempre serán camaradas.
El pasado 26 de marzo se vivió un momento muy emotivo en el cementerio Darwin por la visita de las familias de los 90 soldados identificados. ¿Qué le pareció el homenaje?
Creo que fue un buen gesto del Gobierno, es lo mínimo que se merecen esos muchachos que dieron su vida por la patria. A sus familiares se los vio acongojados pero imagino que por dentro encontraron la paz que tanto buscaban.
¿Cree que la sociedad argentina valora a los ex combatientes por haber arriesgado su vida en Malvinas?
Pienso que la sociedad es indiferente a nuestro problema, pero no los culpo, porque es una cosa que uno tiene que vivir para realmente saber lo que se siente.
