No es ninguna paradoja que el PSG menos glamuroso haya sido al fin campeón de Europa. Sin aditivos innecesarios, con un equipo bien pensado y magistralmente dirigido, abrazó en Múnich el éxito que tanto anhelaba ante un Inter que se tuvo que rendir a la evidencia. El principal culpable no es otro que Luis Enrique, al que alguno todavía tendrá la osadía de discutir vayan a saber por qué. Su obra resulta admirable desde todos los puntos de vista y la final de la Champions corroboró la trascendencia de lo que ha sido capaz de construir.