Para muchos, jugar en el Madrid es un sueño. Pero no para él. Para un icono del fútbol ruso que se colocó en el centro del escenario en la Eurocopa de 2008. Fue el torneo de España. De Villa, Casillas, Xavi, Ramos, Puyol, Iniesta. Pero también el de Andrey Arshavin. Un futbolista virtuoso, distinto y polémico. Que es leyenda en el Zenit y fue estrella con Wenger en el Arsenal. Un mediapunta con varitas en los pies que sirve de nexo entre el club blanco y su rival del martes en Champions. Por un amor al Barcelona que convertía al Madrid en tabú para él. “Ni por todo el dinero del mundo jugaría ahí”, llegó a decir. Y por haber colgado las botas en el Kairat. Porque Arshavin, al que apodaron el Zar en Londres, abdicó en Almaty.