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Un "Muñeco" Gallardo protegido

Si de algo puede prescindir el entrenador de River, es de la genuflexión de un sector de la prensa especializada.

Marcelo Gallardo es un director técnico cuya valoración está tan acreditada que, si de algo puede prescindir, es de la genuflexión de un sector de la prensa especializada que le atribuye rango de genio de la lámpara.

Pero si de por sí esa atribución es desmesurada e incomprobable, ni qué decir en estos tiempos de cosecha magra, cuando River fue eliminado de la Copa Argentina, sufre en el campeonato local y está muy comprometido en la Copa Libertadores.

Un ciclo adverso por donde se mire, de escaso o nulo margen para recibir la justificación de la mala suerte, en la medida que River es un equipo de lo más terrenal que gana o pierde cuando le toca.

Lo cual, conste, no está bien ni está mal: simplemente es.

Lo llamativo, en todo caso, es el automatismo de calificar a River de "mejor equipo argentino" y a Gallardo de portador de las mejores respuestas a las peores preguntas.

Llueva o truene, como si se tratara de una verdad inmutable y más incuestionable que la redondez de la tierra.

Para empezar, el vigente campeón nacional es Colón de Santa Fe, un campeón con todo en su lugar, de buen juego y un promisorio comienzo en la Liga Profesional.

Luego, más allá de un par de actuaciones convincentes con holgados resultados a favor, hace rato que River ya no es el ballet capaz de infundir temor en sus rivales.

Sin embargo, esa palpable mutación es omitida o negada por quienes pasan olímpicamente alto la ostensible merma operada en el plantel.

Un fenómeno que por un lado subestima la calidad de los que partieron y subordina el salto de calidad de los refuerzos (o de los incorporados) a la santa mano de Gallardo.

¿De qué trasnochada idea emana que el puesto por puesto convierte a los jugadores en figurines intercambiables por Gallardo con independencia de sus destrezas?

Si de la defensa, se trata, jamás resolvió la salida de Lucas Martínez Quarta y habrá que ver cómo compensa la de Gonzalo Montiel. (Milton Casco reúne otras características y Alex Vigo llegó desde Colón con apenas 13 partidos en Primera).

¿Y el medio campo, la zona donde se cuecen las habas del porte dominante de la mejor versión de River?

Prescindamos de Exequiel Palacios (vendido a finales de 2019) y de Juan Fernando Quintero (que partió hace diez meses), que ya sería decir: ¿no es demasiada pretensión homologar al novato José Paradela al rol y la dimensión de Nacho Fernández?

Y salvadas las distancias, un señalamiento similar merece Rafael Santos Borré, cuestionado y todo un delantero que supo garantizar incluso más que el mínimo vital y móvil de respuestas en los lindes del área y, sobre todo, de gol.

Del contexto de un plantel depreciado y de un equipo emparchado, espasmódico, vulnerable, River afronta un desafío que se extiende a su entrenador: hacer del colectivo algo más sustancioso que el uno por uno.

Si River revirtiera la serie con Mineiro (¡sin Enzo Pérez!) habrá que valorar no ya una epopeya, pero sí un acontecimiento luminoso, pero si eso no sucediera, Gallardo no dejaría de ser el espléndido DT que es ni tampoco sería adecuado que sus adoradores con micrófono le hicieran el flaco favor de persistir en la machacona presunción de su presuntas dotes de mago.

RIVER MARCELO GALLARDO FÚTBOL

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