Opinión del Lector

Reparación

En estos días, y con toda razón, y por fin con justicia, se ha honrado el nombre del excanciller Héctor Timerman, que al dolor de su terrible enfermedad y perfectamente consciente de la trampa siniestra que le habían tendido a él y a la expresidenta el macrismo, la DAIA, los medios de presunta comunicación y los delincuentes ejecutores del lawfare, le sumó el dolor indecible de morir después de haber sido acusado de traición a la patria. Sólo mentes perturbadas por el odio podían pergeñar esa acusación contra el excanciller y la expresidenta. Después hemos visto otras parecidas, porque hay un goce de la impunidad y una obscenidad que los va empujando a mostrar que nada los detiene porque están absolutamente convencidos de que el dinero lo puede todo.

Todavía increíblemente hay que estar aclarando que los judíos argentinos no son israelíes. Que no son ciudadanos del Estado de Israel. Que son tan argentinos como los que tienen apellidos españoles o italianos. Sí, es increíble cómo un puñado de canallas como los que, por otra parte, hay en cualquier colectividad, hayan colaborado con la confusión que termina en malentendidos como ése, porque ellos sí operan en combinación no sólo con Israel, también con Estados Unidos.



Héctor Timerman sentía un profundo amor por su patria, la Argentina, a cuyo servicio estaba trabajando para intentar movilizar las capas geológicas de una causa vergonzosa. A los canallas trasnacionales una acusación como ésa, traición a la patria, quizá les resbale como un cubito que se desliza por su cinismo. Pero la entereza que Timerman mantuvo hasta el final, con ese plus de amargura por la condena que era ya esa acusación, es un dolor que debe ser colectivo. Debemos dolernos con él y su memoria.

A los que no estamos bajo el influjo de la banda de sonido que pasan todo el día casi mil medios en todo el país, a los que siempre supimos que la irrupción de Nisman en escena con esa denuncia absurda e indefendible era parte de un plan, a los que jamás dudamos de que la utilización de su posterior suicidio por quienes decían defenderlo era más mugre, más condición humana rebajada a su mínima expresión, también nos infligieron mucho daño.

Pasamos años impotentes, viendo cómo por un lado la escena era tan clara, tan armada, y viendo por el otro que había tantos mala leche y tantos oportunistas de micrófono que se creyeron ese cuento. Los vimos marchar un 18F, y mejor no repasar las fotos. Los vimos montar una horca con una muñeca que simulaba ser Cristina. Haber hecho verosímil para millones de personas lo absolutamente inverosímil es un don que tienen los medios hegemónicos; este gobierno parece que todavía no le ve los cuernos al toro.

El lawfare ha sido concebido para cancelar personas que molestan. El que hoy se atreve a decir que no existe, forma parte del lawfare. Así dejó a la Corte Suprema, que lo avaló: en este estropajo de trayectorias llenas de manchas y la zozobra de un país que carece de justicia.

Siempre que se tocan estos temas se habla de los protagonistas, que por supuesto son sus principales víctimas. Es hora de ampliar el foco. El lawfare ha sido concebido para que los pueblos carezcan de líderes. La atacada fue Cristina porque los enfrentaba. Hubieran atacado a cualquiera que lo hiciera. Pero fue ella.

Debajo de las primeras planas, debajo de la pirámide social, debajo de lo público, en millones de casas, hombres y mujeres de todas las edades fueron también dañados por mentiras como éstas. Tajearon su confianza, quebraron su fe en la política, los hicieron equivocar el diagnóstico incluso sobre su propia realidad y votaron a sus verdugos.

El daño que han hecho es inmenso. Debe ser así de inmensa la reparación. “El que las hace las paga”, decía Macri por aquel entonces. Es ahora.

Autor: Sandra Russo

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