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Monseñor Castagna: El amor y la vida se identifican

"El doloroso espectáculo contemporáneo, de odio y delincuencia, constituye la prueba incontrastable de lo poco que cuenta hoy el amor a Dios, Padre y Creador de nuestra vida", afirmó.

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que “los más sabios - los santos - son quienes testimonian cómo debe ser asumida la vida”.

“La observancia del primer mandamiento se constituye en asunción responsable del don de la vida. El amor y la vida se identifican en Dios y en los hombres. Por algo, en una popular lengua contemporánea, no difieren terminológicamente”, subrayó en su sugerencia para la homilía.

En este sentido, el prelado advirtió: “Si se quebranta este mandamiento, toda ley queda vulnerada: ‘Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas’”.

“No cabe duda de que la solidaridad y la fraternidad están garantizadas y sustentadas por el amor a Dios”, sostuvo.

Monseñor Castagna afirmó que “el descuido del primer mandamiento hace imposible el cumplimiento del segundo: ‘semejante al primero’. El incumplimiento del segundo hace impracticable el primero”.

“El doloroso espectáculo contemporáneo, de odio y delincuencia, constituye la prueba incontrastable de lo poco que cuenta hoy el amor a Dios, Padre y Creador de nuestra vida”.

Texto de la sugerencia

1.- El verdadero cumplimiento de la Ley. Un fariseo y doctor de la Ley pretendió poner en aprietos a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” (Mateo 22, 36) Una pregunta aparentemente simple, pero que oculta una trampa muy bien pergeñada. El Doctor de la Ley dispone de una esgrima intelectual sofisticada. Intenta confundir a quienes siguen al Señor mediante el ejercicio de su destacada misión docente. Quedó sorprendido al descubrir la sabiduría que emanaba del cuestionado joven Predicador. Al tocar el punto más importante de la Ley, ofrece a Jesús la ocasión de confirmar, ante el pueblo, su magisterio mesiánico. Cristo es la transparencia de Dios que debe ser amado con todo el ser. Es el primer mandamiento cuya ausencia, en el comportamiento de los hombres, deja sin sustento todo otro mandamiento o preceptiva. El amor a Dios, y su necesario derivado - el amor al prójimo - garantiza y otorga la validez de la verdad a toda legislación. Cuando se lo descuida o niega, el orden propuesto se presenta frágil, hasta de imposible observancia. Ahora comprendemos la inconsistencia y relativo alcance de algunos proyectos políticos. Mientras Dios no ocupe la centralidad de la historia, esa fragilidad seguirá imponiéndose indefinidamente.

2.- La práctica de la caridad y la libertad. Amar a Dios sobre todas las cosas es hallar sentido a todo lo existente, como también a todo proyecto de vida personal y social. Al encarnarse en un comportamiento coherente y respetuoso de la voluntad divina, trasciende cualquier expresión devocional. Jesús lo explicita simple y claramente: “No son los que me dicen: Señor, Señor, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. (Mateo 7, 21) Su intención es, desde su acatamiento personal de la voluntad del Padre, exhortar a obedecerla - a todos - y así obtener la auténtica libertad: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. (Juan 8, 31-32) El ejemplo de los santos ofrece la mejor práctica de obediencia a este mandamiento y a su semejante: el segundo. La vivencia de la caridad, en su doble expresión, confirma su indestructible inseparabilidad y constituye lo que identifica a los cristianos ante el mundo: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Juan 13, 35) De esa manera, al ofrecer un testimonio claro de que aman a Dios, hacen conocer a Cristo a quienes están dispuestos. Ciertamente el cumplimiento de ambos e inseparables mandamientos, constituye la auténtica historia humanizadora del mundo.

3.- Al no amar a Dios, nadie es bien amado. Para amar como es debido, a quienes decimos o intentamos amar, es preciso amar a Dios como lo prescribe el primer mandamiento: “tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas”. (Marcos 12, 30) Los creyentes experimentamos la fragilidad de nuestra observancia, sobre todo al comprobar el poco alcance del compromiso por nuestros hermanos más necesitados. Incluso por los más cercanos: familiares y amigos. Del egoísmo, con sus variadas manifestaciones, se derivan todos los males. Al disminuir el influjo causado por el egoísmo se restablecen la justicia y la paz. No existe otro medio de lograrlo. La guerra siempre está por comenzar. Se producirá su cese cuando la historia humana llegue a su fin. Es preciso optar por el bien o por el mal, por el amor o por la indiferencia. El llamado a la conversión incluye un cambio de opción: del pecado a la gracia, del egoísmo al amor, de la infidelidad a la obediencia. Es aquí donde se juega el destino de la persona humana; un destino trascendente, que supera la temporalidad e ingresa en el estado definitivo de la eternidad. Jesús no deja de referirse al Reino de los Cielos; a ese “más allá” donde la realidad cobra su perfecta y definitiva consistencia.

4.- El amor y la vida se identifican. Los más sabios - los santos - son quienes testimonian cómo debe ser asumida la vida. Precisamente la observancia del primer mandamiento se constituye en asunción responsable del don de la vida. El amor y la vida se identifican en Dios y en los hombres. Por algo, en una popular lengua contemporánea, no difieren terminológicamente. Si se quebranta este mandamiento, toda ley queda vulnerada: “Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. (Mateo 22, 38-40) No cabe duda de que la solidaridad y la fraternidad están garantizadas y sustentadas por el amor a Dios. El descuido del primer mandamiento hace imposible el cumplimiento del segundo: “semejante al primero”. El incumplimiento del segundo hace impracticable el primero. El doloroso espectáculo contemporáneo, de odio y delincuencia, constituye la prueba incontrastable de lo poco que cuenta hoy el amor a Dios, Padre y Creador de nuestra vida.+

ARZOBISPO EMERITO SALVADOR CASTAGNA

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