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Mons. Castagna: "La actividad silenciosa de Cristo"

"La insistente exhortación del divino Maestro, a cumplir la voluntad del Padre, incluye la renuncia a todo proyecto de vida que se oponga al Plan de Dios", recordó el arzobispo emérito de Corrientes.

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Castagna, recordó que “la presencia viva de Cristo resucitado representa la solicitud de Dios por la humanidad” y sostuvo: “Ciertamente, gracias a esa presencia, el mundo es recuperable”.

“Las locas travesuras de sus componentes racionales no lograrán destruirlo, porque Cristo es la vid que suministra la Vida Nueva a quienes lo aceptan”, destacó en su sugerencia para la homilía y puntualizó: “Su actividad está hoy significada en la Iglesia, por los sacramentos”.

“El silencio de Dios es un lenguaje angélico, que los hombres deben aprender y adoptar. Es así como Él mismo se expresa y se transmite como Verdad”, subrayó.

El arzobispo señaló que “en un clima social saturado por las más variadas lenguas, como el que se produjo en torno a la torre de Babel, los constructores actuales no lograrán entenderse entre ellos, y abandonarán sus ambiciosos proyectos de ingeniería”.

“Jesús resucitado está presente, para que los hombres se entiendan entre ellos, y logren construir - en sus vidas - la obra de Dios”, indicó. “La insistente exhortación del divino Maestro, a cumplir la voluntad del Padre, incluye la renuncia a todo proyecto de vida que se oponga al Plan de Dios. Nos queda mucho que hacer, en medio de los intentos por imponer las aberraciones que se oponen a dicho Plan”, concluyó.

Texto de la sugerencia

1.- Yo soy la Vid. Las sucesivas imágenes que Jesús utiliza en su predicación, se emulan, entre ellas, por su realismo y capacidad expresiva. San Juan nos habla, una vez más, de la unión con Cristo, Pastor y Pan, ahora con una nueva imagen: la de la vid y sus sarmientos. Él busca la intimidad de todos, para introducir su savia vital y transformar a cada persona en su sarmiento. Parece dirigirse particularmente a los apóstoles, pero su intención llega a todos los bautizados. Él es la vid, generadora de la Vida que mantiene vivos a sus sarmientos, y ofrece los frutos, que logran los mejores vinos. Si se produce una desconexión de los sarmientos de su Vid, inevitablemente los racimos - que penden de ellos - mueren y deben ser arrojados al fuego: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada”. (Juan 15, 5) Magnífica imagen, capaz de expresar la enseñanza sobre la necesidad de la unión con Cristo. San Pablo sabe vivenciar esa enseñanza, ofreciendo su propia experiencia de fe y sus resultados: “Porque para mí la vida es Cristo y morir una ganancia”. (Filipenses 1, 21) La eficacia sobrenatural de su palabra tiene el origen en la unión estrecha con Jesucristo, que el apóstol destaca y cultiva sin cesar. El amor a Cristo hace que florezca la santidad y el mundo se convenza de la divinidad del Señor resucitado. Así lo demuestran Pablo y los Apóstoles. Como ellos, todos los santos sacerdotes, son sarmientos que necesitan la savia que produce la Vid. La Iglesia está viva - todos los bautizados - mientras mantenga su unión con Cristo. El mundo la necesita que, como su Señor, se ponga al servicio de todos, comenzando por los más necesitados de la misericordia y del perdón de Dios. Es preciso promover la santidad, basada en el amor incondicional a Jesús, actualizado mediante la oración y la obediencia. Para ello, se requiere una intensa práctica de la fe, la esperanza y la caridad. La Iglesia abastece de la gracia divina, que hace posible esa vivencia. Es oportuno un examen sincero, centrado en lo esencial. Para lograrlo debemos atender el primer mandamiento: Amar en Cristo a Dios y, como el Señor nos amó, amar a todos los hombres.

2.- El Padre es el viñador que poda los sarmientos. Para que la Vid produzca fruto será preciso que el viñador someta a los sarmientos a una poda oportuna y saludable: “Yo soy la Vid y mi Padre es el viñador. Él corta los sarmientos que en mí no dan fruto; los que dan fruto los poda, para que den aún más”. (Juan 15, 1-2) La espiritualidad cristiana incluye esa poda como causa de nuevo florecimiento. En un mundo hedonista no se entiende el sufrimiento como poda, aprovechada por el Padre para lograr en ella la secreta capacidad para un fruto abundante en santidad. Jesús transforma sus padecimientos en un acontecimiento que redime al hombre del pecado y de la muerte. De la enseñanza de Jesús se desprende que la vida es un aprendizaje. Del mismo se destaca el sufrimiento como “condimento natural de la vida humana” (Mons. Zazpe). Intentar huir del mismo es negarse a vivir. El alcoholismo y la drogadicción constituyen la cobarde huida de todo compromiso con la vida. Es una inconsciente autodestrucción. Asumir el sufrimiento, que viene inevitablemente, es el mayor gesto de responsabilidad. Cabe aquí la expresión de la Carta a los Hebreos, referida a Cristo: “Y aunque era Hijo de Dios, aprendió sufriendo lo que es obedecer, así alcanzó la perfección y llegó a ser para cuantos le obedecen causa de salvación eterna” (5, 8-9). Se deduce que aprendizaje y sufrimiento están vinculados necesariamente. Se relacionan, más allá de los éxitos académicos, y logran la sabiduría en quienes, aunque sean analfabetos, practican las virtudes que los constituyen en “buenas personas”. Los santos canonizados por la Iglesia componen un elenco de buenas personas: grandes intelectuales y simples “pobres de corazón”, de muy diversas edades y niveles sociales. Los contenidos del Evangelio están destinados no a la ilustración sino a la justificación de quienes obedecen al Maestro divino. El sufrimiento, aceptado como inseparable de la vida, se constituye en generador de sabiduría y de paz. Es la poda, que el Padre aplica a los sarmientos pertenecientes a la Vid, que su Hijo Divino encarna. Es entonces cuando se producen los frutos de “Vida eterna”. Ya desde aquí, en tránsito hacia la perfección, se logra la felicidad eterna. Mientras tanto se padece la poda, que el Padre aplica misericordiosamente en los sarmientos. Los santos sueñan con esa perfección.

3.- El valor redentor del sufrimiento. Por ello padecen valerosamente los sufrimientos, hasta el martirio, siguiendo las huellas de Cristo. Más aún, consideran un privilegio padecer “por el Nombre de Jesús” (Hechos 5, 41). Concluimos que el sufrimiento, en la vida temporal, es motivo de natural crecimiento, y no una tragedia a evitar. Cristo transforma su Cruz y muerte en el único medio, querido por su Padre, para redimir a los hombres del pecado y vencer definitivamente la muerte. La Resurrección es la victoria de Cristo sobre la muerte, eliminándola en su raíz, que es el pecado. La vida cristiana, parámetro de la vida humana, consiste en el seguimiento de Cristo por el sendero de la renuncia: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue su cruz y me siga. El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mi causa la conservará”. (Mateo 16, 24-25) Ser cristiano no es un título a exhibir en sociedad, es seguir a Jesús y cargar la cruz de nuestros inevitables sufrimientos como Él cargó la suya: castigo que nosotros hemos merecido por nuestros pecados, de los que Él es, absolutamente inocente. Durante la Semana Santa, hemos celebrado su dolorosa muerte como creadora y transmisora de la Vida divina. La Resurrección es la desembocadura de su inexplicable crucifixión. Siempre es nuestra cruz, aceptada con humilde disponibilidad, la que conduce a la victoria sobre el pecado y la muerte. La Cruz de Cristo da sentido y valoración a nuestras penas y contradicciones. Es preciso que lo recordemos continuamente. Constituye una fuente burbujeante de gracia e inspiración. Para ello, es oportuno contemplar la Cruz del Señor, donde yace su santísimo Cuerpo, horriblemente masacrado por culpa nuestra. Los Santos consideran la Cruz “un libro abierto”, el mejor tratado cristológico. Las horas consumidas, en la contemplación de tanto sufrimiento y amor, conforman la principal revelación del amor de Dios a cada uno de nosotros, pobres pecadores. Somos hijos de la Cruz de Cristo; en ella el Padre nos adoptó y determinó que fuéramos coherederos con su Hijo divino. Es una verdad conclusiva, lamentablemente ignorada por un gran número de los hombres y mujeres contemporáneos. Si llegara a la conciencia de todos ellos, ¡cuán distinta sería la vida que, con poco éxito, procuran llevar adelante! La injusticia, la violencia y el egoísmo quedarían reducidos a nada. No es una utopía, sin asidero en la realidad.

4.- La actividad silenciosa de Cristo. La presencia viva de Cristo resucitado representa la solicitud de Dios por la humanidad. Ciertamente, gracias a esa presencia, el mundo es recuperable. Las locas travesuras de sus componentes racionales no lograrán destruirlo, porque Cristo es la vid que suministra la Vida Nueva a quienes lo aceptan. Su actividad está hoy significada en la Iglesia, por los Sacramentos. El silencio de Dios es un lenguaje angélico, que los hombres deben aprender y adoptar. Es así como Él mismo se expresa y se transmite como Verdad. En un clima social saturado por las más variadas lenguas, como el que se produjo en torno a la torre de Babel, los constructores actuales no lograrán entenderse entre ellos, y abandonarán sus ambiciosos proyectos de ingeniería. Jesús resucitado está presente, para que los hombres se entiendan entre ellos, y logren construir - en sus vidas - la obra de Dios. La insistente exhortación del divino Maestro, a cumplir la voluntad del Padre, incluye la renuncia a todo proyecto de vida que se oponga al Plan de Dios. Nos queda mucho que hacer, en medio de los intentos por imponer las aberraciones que se oponen a dicho Plan.

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HOMILÍA MONS. CASTAGNA

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